Nadie en su sano juicio, conociendo la realidad presupuestaria y deportiva de este RCD Espanyol, le iba a exigir a Manolo González y a sus jugadores una victoria obligatoria en el Camp Nou. El derbi es, por definición, un partido de máxima dificultad donde la diferencia de recursos suele dictar sentencia. Perder entra dentro de la lógica, pero lo que ya no admite más excusas es la mochila de plomo que arrastra el equipo: 14 jornadas consecutivas sin conocer la victoria.
Es cierto que el técnico gallego ha dotado al grupo de una identidad y una capacidad de resistencia que nos permitió soñar con cotas más altas durante la primera vuelta. Sin embargo, el fútbol vive del presente, y el presente dice que el Espanyol no gana un partido desde que comenzó el 2026. Hemos pasado de mirar a Europa de reojo a empezar a contar los puntos que nos separan del abismo.
Llevar más de un trimestre en blanco no es un bache, es una crisis estructural de resultados. La autocrítica de Fernando Calero, calificando esta segunda vuelta como «una mierda», es el reflejo de un vestuario que sabe que el margen de error se ha agotado. El balance: solo 5 puntos de los últimos 42 posibles. La realidad: el colchón con el descenso aún existe (7 puntos), pero se desinfla a un ritmo alarmante. El problema: se compite, se llega, se lucha, pero los errores infantiles en áreas propias y la falta de colmillo en las ajenas están condenando al equipo.
Manolo González cuenta con el respeto de la grada por su honestidad y su sentimiento perico. Pero el profesionalismo exige victorias. No se puede normalizar el hecho de no ganar. El mensaje de «los detalles nos matan» se agota cuando esos detalles se repiten durante 14 fines de semana seguidos.
El derbi ya es historia. Ahora vienen las finales de verdad contra rivales de «nuestra liga». Ganar al Barça era un sueño; ganar el próximo partido contra el Rayo es, simplemente, una obligación institucional. El Espanyol no puede permitirse seguir siendo el equipo que «compite bien pero siempre pierde». Por respeto al escudo y a una afición que sigue ahí a pesar de todo, esta racha debe morir ya.
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