El nacionalismo es reaccionario por definición tanto en sus vertientes derechistas como izquierdistas. Defiende privilegios por lugar de nacimiento, por lengua o por cuestiones económicas, siendo éstas las razones más miserables en cuanto se limita o se anula directamente la redistribución de la riqueza en orden a los privilegios antes mencionados.
La derecha española estaría más cerca del nacionalismo catalán y también del vasco pero el anti-franquismo de ambos, dicho esto con toda la prudencia, en País Vasco y Cataluña había muchos franquistas, especialmente entre sus élites, les unió a la izquierda y la cautivó. Si derecha e izquierda han pactado con los nacionalistas, la izquierda además ha comprado parte de sus discurso victimista y lo ha extendido por España, en sus círculos y en parte del mundo universitario.
Este fenómeno se incrementa con Podemos (izquierda reaccionaria según Félix Ovejero) que no solo adopta dicho discurso sino que lo comparte y lo apoya incluso en sus vertientes más extremas, recuérdese las palabras de Pablo Iglesias sobre Herri Batasuna y ETA.
Institucionalmente el nacionalismo ha sido privilegiado. Se han aceptado gran parte de sus reivindicaciones, ha sido cómplice de ellas o no se ha opuesto suficientemente. La ausencia de una ley electoral en Cataluña, pero también una ley electoral española injusta, permite al nacionalismo contar con un número importante de diputados para poder presionar en Madrid. Una ley racional, como la del Parlamento europeo, no les daría más de 5 diputados a lo sumo. Sus chantajes no serían efectivos.
La característica reaccionaria básica del nacionalismo puede observarse en sus escasos apoyos exteriores: la extrema derecha flamenca, la Liga Norte italiana, los pro-Brexit más extremistas…La negativa a levantar la inmunidad parlamentaria de los políticos fugados en la votación que tuvo lugar en la Eurocámara refleja estos apoyos, un conglomerado de populismos de derecha e izquierda, otros diputados que se encuentran en procesos similares y tratan de evitarlos por cualquier motivo y algunos parlamentarios del Este de Europa que todavía unen nacionalismo a liberalismo en una lucha que viene de sus movimientos de independencia del Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Turco.
Su concepción de la Historia es mítica y refuerza esa característica reaccionaria en cuanto buscan los orígenes de su nación en épocas pasadas no democráticas o en instituciones feudales. El caso catalán es significativo, la reivindicación de un estatus anterior a 1714 es ridícula y mueve a la comicidad si no fuera por la peligrosidad de mantener estas ideas y propagarlas por medios de comunicación y la educación, las dos grandes armas de todo secesionismo.
Los nacionalismos deberían ser los adversarios de cualquier ideología democrática y no circunstanciales aliados o cómplices de políticas reaccionarias. Mientras la izquierda española no asuma en todos los territorios, para todos los ciudadanos, las máximas de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, el problema no tiene solución, se enquistará y se hará más extenso. En sus manos, las de la auténtica izquierda, está dar ese paso definitivo por la democracia y la justicia social. Y una última cuestión, hay que ganar la batalla del lenguaje, los nacionalismos son reaccionarios y así hay que calificarlos.
Daniel Rubio Ruiz es profesor-tutor de Historia Económica en la UNED-Cervera
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