El “nuevo país” que la CUP soñaba construir a golpe de pancarta y dogma anticapitalista se desmorona desde dentro. La dimisión de Laia Estrada como diputada en el Parlament ha sido la prueba más evidente de que la izquierda radical catalana no atraviesa su mejor momento. Ni siquiera ellos se entienden entre sí. Estrada tuvo su último momento de gloria tras romper hace unos días una foto de Felipe VI desde la tribuna del Parlament, hecho que no fue reprobado por la Mesa de la Cámara.
Uno de los puntos calientes de la crisis ha sido el entreguismo político de Laure Vega, la diputada que está dispuesta a pactar con los comunes y el PSC sin apenas disimulo. Mientras Estrada intentaba mantener el radicalismo anticapitalista de la CUP, Vega abría la puerta a acuerdos con las fuerzas que representan precisamente aquello contra lo que la CUP decía luchar. Resultado: más confusión y más fractura.
Lo cierto es que no sorprende a nadie. Desde hace meses, el partido estaba en un caos total, con luchas intestinas, purgas ideológicas y debates eternos sobre el sexo de los ángeles. Mientras el separatismo institucional buscaba pactos en Bruselas y en Madrid, la CUP seguía encerrada en su eterno congreso asambleario, donde hablar se considera hacer política.
El llamado ‘Proceso de Garbí’ marcó un nuevo rumbo dentro de la CUP: debían abrirse, poco a poco, a otros partidos para no ser una fuerza marginal. A cambio, por supuesto, de su teórica ‘pureza’ ideológica. De ahí el reciente acuerdo en materia de vivienda con el Govern de Salvador Illa, que es el primero de otros muchos que vendrán. Laure Vega fue quién lo cerró.
La marcha de Estrada ha dejado al descubierto algo que muchos sospechaban: la CUP ha perdido el norte. Ni independencia, ni procés, ni lucha de clases. Ahora la pelea es entre los que quieren radicalidad por la radicalidad misma y los que, como Estrada, intentaban mantener cierta conexión con el mundo real. Resultado: otra diputada menos, y una sigla cada vez más irrelevante. Vega también ha recibido un ‘aviso’, por querer ir demasiado deprisa en su unidad de acción con socialistas y Comunes, pero sigue con su escaño.
Con solo cuatro diputados en el Parlament y sin presencia en el Congreso, la CUP atraviesa su mayor crisis desde que entró en las instituciones. Su discurso suena agotado, sus líderes se marchan por la puerta de atrás y sus bases están más preocupadas por el lenguaje inclusivo que por la independencia de Cataluña.
La dimisión de Laia Estrada no es solo una renuncia personal: es el síntoma de un proyecto político que se ha quedado sin narrativa, sin fuerza y sin brújula. La CUP ya no incomoda al sistema, solo busca cerrar acuerdos para colocar a los suyos en las instituciones. Se está convirtiendo en el ala izquierda del PSC o de los Comunes, sin ninguna voluntad rupturista. Ya tienen secretario general y están reproduciendo el esquema de un partido típico de la izquierda catalana, y el asamblearismo, poco a poco, pasará a formar parte del pasado.
NOTA: En estos momentos de crisis y de hundimiento de publicidad, elCatalán.es necesita ayuda para poder seguir con nuestra labor de apoyo al constitucionalismo. Si pueden, sea 2, 5, 10, 20 euros o lo que deseen hagan un donativo aquí).
necesita tu apoyo económico para defender la españolidad de Cataluña y la igualdad de todos los españoles ante la ley.




















