Con la celebración del Mundial de Fútbol de este verano y el extraordinario resultado que obtuvimos, alzándose España con el triunfo y bordando la segunda estrella sobre el escudo de la camiseta del equipo nacional, llegué a modular en cierto modo y con carácter extraordinario mi pensamiento acerca del Barcelona.
Tanta gente llenando las calles celebrando todos los éxitos de España y su fútbol, sabiendo que muchos de los presentes en los emotivos momentos eran simpatizantes y socios del Fútbol Club Barcelona, me llevó a pensar que algo cambiaba y que esa inquina manifiesta, que no oculto, contra el club que fue mi equipo de muy jovencito, hasta que la conciencia y la cordura tomó partido en mi pensamiento, podría modularse y adecuarse aparcando la hostilidad que siento al ver la simbología de ese politizado club.
Saber que el equipo ganador del Mundial estaba plagado de jugadores que visten la camiseta del Barcelona en las competiciones de clubes, viendo el grado de implicación de éstos al llevar la vestimenta de nuestra selección, me ablandó el corazón y albergó cierta expectativa de reconciliación con lo que es y simboliza el Barça, pensando que se podían haber curado y que la paranoia que les caracteriza, al menos a los que van al campo, se pudo disipar definitivamente.
Esta esperanza se intensificó tras ver a su símbolo presidencial, el fanático separatista Laporta, presente en partidos de España y haber manifestado públicamente su preferencia por el éxito de nuestro equipo. Algo parecía que cambiaba y, quizás, era el momento de brindar una oportunidad reconciliadora, esperanzado en que habían recobrado el sentido común y aparcado la paranoia separatista, tras convertirse y ser utilizados como el gran emblema de ésta… menudo fallo de interpretación cometí.
Aunque nunca abandonaré mi sentimiento españolista y madridista, que centra mi posicionamiento en lo deportivo, reconozco que ablandarse ante los acontecimientos mundialistas ha sido algo muy temporal, tras comprobar que lo de Laporta era solo interés por la revalorización de sus activos, que evidentemente son más valiosos con la segunda estrella ganada, y tras conocer las decisiones de última hora adoptadas por el club.
En este sentido, la no celebración y reconocimiento de los jugadores mundialistas que volvieron de Nueva York como campeones, obviando algo tan relevante como es esa circunstancia que debía aplaudir a un grupo muy numeroso de sus jugadores, junto a la exaltación que organizaron de la estelada en el partido que celebraron en casa frente al equipo de Bilbao, vuelve a sintonizar correctamente mi dial y los devuelve a la escoria que son.
No puedo disculpar a todos esos familiares, conocidos y amigos, muchos del resto de España, que siguen apostando por el Barcelona y son fanáticos irrecuperables de dicho equipo, apelando a Cruyff o a épocas que quizás ni hayan compartido en vida. Puede que lo del separatismo no lo compartan, pero conviven sin problema con ese eterno engaño y, sinceramente, no lo entiendo.
Tampoco es comprensible ese interés de algunos jugadores por llevar la camiseta azulgrana, pudiendo haber elegido otras menos contaminadas por el fanatismo politizado. Es verdad, querido lector, me siento defraudado con un jugador como Rodri, el mejor jugador del pasado Mundial, que solo querré que gane cuando vista la camiseta de España y que siempre pensé que acabaría ocupando el eje del Real Madrid, sin importar la apuesta económica encima de la mesa. Una decisión que apelaba a la dignidad y no al mercadeo. Me equivoqué.
Cuando un equipo copa con exagerado protagonismo la participación de jugadores en la criba final que debe competir con la elástica española, con el deseo de que siga siendo convocado Cucurella ahora que viste la vetada camiseta del Real Madrid, el club titular de esos jugadores debería asumir como propio un gesto de reconocimiento en su favor, a pesar del sufrimiento que pueda crear en los socios que pagan silla en el Camp Nou y que no duermen al ver a sus activos luchando por los éxitos de lo que aborrecen. Ese debería ser un mínimo respetuoso y exigible. Algo propio de buena gente y agradecida.
Ya sabemos que, desde la perspectiva pública, el veto es total. Estando la Generalitat en manos del separatismo del PSC era evidente que no tendría lugar una posible audiencia como detalle hacia los barceloneses que han vuelto como ganadores. Pero un club de fútbol, que debería estar centrado en lo deportivo y no en lo político, debería haber satisfecho ese gesto para ensalzar a esos jugadores que ahora valen más dinero que antes de irse a las Américas, el detalle prioritario y que puede motivar a los fanáticos “de la pela” y del azulgranismo estelado.
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