El pasado jueves, con la inestimable aquiescencia del presidente del FC Barcelona, Joan Laporta, y de su junta directiva, el Camp Nou se llenó de esteladas (símbolo por excelencia del separatismo catalán) al grito de «¡Puta España!» y «¡Puta Selección!». Hay que recordar que este tipo de aquelarres independentistas fueron muy habituales en el Camp Nou, especialmente durante el *procés* separatista (2012-2019).
Todo ello se ha producido con la excusa del incidente acaecido el pasado fin de semana en Elche por la actuación policial contra un exaltado aficionado (uno) del Barça, al que la Policía arrebató la estelada que portaba y cuya actuación se está investigando.
El hecho es que el independentista Laporta y su junta decidieron sustituir el, para ellos y los independentistas, tan incómodo homenaje a los campeones del mundo con la selección española (8 jugadores del Barça y 3 del Athletic de Bilbao), tal y como se ha realizado en otros estadios de fútbol españoles, por un acto de exaltación de la estelada, con lo cual daban «oxígeno» al movimiento separatista catalán, que en los últimos años atraviesa un claro declive y cuenta con una capacidad de movilización cada vez más mermada. La entidad separatista ANC (que atraviesa sus horas más bajas) repartió entre los asistentes al partido, en las entradas del Camp Nou, 10.000 esteladas. Y, como curiosidad, muchos aficionados extranjeros las cogieron y las ondeaban sin tener ni idea de su significado.
Con un Camp Nou teñido de esteladas, lo siguiente fue escuchar, por parte de una parte significativa de los asistentes, reiterados gritos de «¡Puta España!», «¡Puta Selección!», así como «¡In-inde-independència!». Ayer leí en algunos medios la sorpresa de algunos periodistas por la decisión tomada por Joan Laporta. Al respecto, algunos parecen haber caído ahora del guindo.
Hay que decir que Joan Laporta tiene un largo historial independentista. Ya en 1996 participó activamente, junto a Àngel Colom y Pilar Rahola, en la creación del Partit per la Independència (PI), una formación que defendía abiertamente la independencia de Cataluña. En 2009, por ejemplo, encabezó la manifestación de la Diada bajo el lema «Volem un Estat propi». En el año 2010 saltó a la política: al terminar su primera etapa como presidente del Barcelona, fundó Democràcia Catalana y, junto a Alfons López Tena y Uriel Bertran, impulsó Solidaritat Catalana per la Independència (SI). El objetivo era concurrir a las elecciones catalanas con una candidatura independentista transversal y promover la declaración de independencia. Fue elegido diputado del Parlament de Catalunya por este partido. Después se alejó de su actividad política partidista y volvió a centrarse en el Barça. Pero nunca ha dejado de identificarse públicamente con el independentismo catalán.
Parece importarle poco que, en Cataluña, según el último Barómetro del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO), publicado en julio de 2026, el 51 % de los catalanes se declare contrario a la independencia, frente al 45 % que estaría a favor, y, además, que el FC Barcelona cuente con una afición extendida por todos los rincones de España.
¿Cómo encajan LaLiga y la Real Federación Española de Fútbol lo sucedido? ¿No ven en ello un más que sancionable delito de odio? ¿No castiga el artículo 543 del Código Penal las ofensas o ultrajes de palabra, por escrito o de hecho contra España o sus símbolos, cuando se realizan públicamente, con una multa de 7 a 12 meses? Ante acciones tan despreciables y humillantes para España como estas, ¿debería abandonar el FC Barcelona la Liga española? ¿No sería, tal vez, oportuno que el Barcelona, dadas las coincidencias, pidiera a Mohamed VI participar en la liga de fútbol de Marruecos?
Salvador Caamaño Morado. Presidente de la Coordinadora de la Resistencia Cívica
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