Hoy, 18 de enero, se cumple el 89 aniversario del asombroso y sobrecogedor fusilamiento de Manuel Barbal Cosán (Hno. Jaime Hilario). Y ahora que tanto se habla de Memoria Histórica, haciendo únicamente hincapié, de forma maniquea, en lo horrenda que fue la represión franquista, es de justicia dar a conocer algunas de las pavorosas atrocidades cometidas por el Frente Popular en la retaguardia durante la Guerra Civil, que, especialmente en Cataluña y, en particular, en Tarragona, fueron incontables.
Daré solo unas pinceladas sobre la vida y pasión de Manuel Barbal (Jaume Hilari), una historia increíble y, como tantas otras, hoy olvidada y ocultada. Sobre él nadie hará una película o un documental, ni se rememorará en los grandes medios de comunicación su figura, porque no fue una víctima del franquismo; fue, simplemente, un mártir víctima del odio, la crueldad y la deshumanización que practicó el Front Popular contra los religiosos y contra todos aquellos que no compartían su ideario. Recordar que, en la Cataluña presidida por Lluís Companys, entre 1936 y 1939, fueron asesinadas 8.352 personas. De estas, 2.437 eran religiosos (4 obispos). Más del doble de las producidas por la posterior represión franquista.

Manuel Barbal Cosán nació el 2 de enero de 1889 en Enviny, pequeño pueblo del Pirineo leridano, en el seno de una laboriosa familia de payeses, profundamente cristiana. En 1917 (con 19 años) ingresó en el noviciado de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (La Salle), donde concluyó sus estudios y tomó el hábito religioso en Irún, tomando el nombre de hermano como Jaime Hilario.
Se dedicó a partir de entonces a la enseñanza y la catequesis, en Mollerusa, Pibrac (Francia) y Calaf, hasta que su progresiva sordera le impidió continuar su labor educativa. A finales de 1934 fue trasladado a la Casa de Sant Josep de La Salle, en Cambrils (Tarragona), donde pasó a ocuparse, como hortelano, de las tareas del campo. Nada más estallar la Guerra Civil, cuando se dirigía a su pueblo natal, el 23 de julio, en una parada que hizo en Mollerussa (en casa de unos amigos), en plena persecución religiosa, fue visto por unos milicianos, que lo detuvieron y lo condujeron a la prisión de Lérida. En diciembre de 1936, al constar como residente en Cambrils, es enviado a Tarragona y encarcelado en el barco prisión «Mahón».

El 15 de enero de 1937 fue juzgado (tenía 38 años) por el Tribunal Popular de Tarragona, en la sala de actos del Seminario (que había sido confiscado), habilitada para celebrar los juicios de este Tribunal. El juicio se celebró con la sala abarrotada de público (había sido anunciado por el diario «Llibertat, Portanveu del Front Antifeixista»). Y, según consta en las actas, finalizó de esta manera:
– Presidente del Tribunal (Andreu Massó): ¡Ya está! ¿Para qué necesitamos más explicaciones? ¿No habéis oído su declaración?… ¡Estudió latín, y eso basta!
El fiscal (Esteve Escudero), en la misma línea, dirá: «Camaradas, a este hay que matarlo (…). O lo matamos, o ellos nos matarán. Se dedica a la formación de fascistas (…) y ya tiene más agravantes que el otro que hemos condenado a 30 años de cárcel; este ha estudiado latín (…)».
El abogado defensor (F. Montañés) pide que conste en acta su protesta por estas desafortunadas intervenciones. Se producen entonces en la sala gritos de «¡Fuera, fuera!» para el abogado y de «¡Matadlo, matadlo!» para el religioso.

El Tribunal Popular (compuesto por un representante de cada una de las organizaciones del Front Popular: ERC, CNT, FAI, PSUC, UGT, POUM, ACR, UR), después de deliberar apenas un minuto, condena a muerte al procesado y decreta la confiscación de todos sus bienes (tras practicar todas las actuaciones pertinentes, se constató que no tenía ni un solo bien material a su nombre).
Y, aunque seguramente podría haber escapado de esta condena renegando de su condición de religioso, como le aconsejó el abogado que le asignaron, él no quiso ocultar nunca su condición de Hermano de la Salle.
Justo después de ser juzgado, escribirá una breve carta a su familia: «Querido padre y familia (su madre ya había fallecido): he sido juzgado y condenado a muerte. Acepto contento la sentencia. No me han hecho ningún cargo. Solo porque soy religioso he sido condenado. No lloréis; no soy digno de lástima. Moriré por Dios y por mi patria. Adiós, os esperaré en el cielo. Manuel Barbal».
El día siguiente (16 de enero), su abogado viaja a Barcelona y presenta en la Conselleria de Justicia de la Generalitat un escrito solicitando la conmutación de la pena de muerte por 30 años de cárcel, siendo esta petición desestimada.
El 18 de enero, poco antes de las tres de la tarde, es sacado de la prisión de Pilatos y conducido al camino que conduce a la Muntanyeta de l’Oliva (junto al cementerio), donde lo esperaba el joven doctor Miquel Aleu Padreny, médico forense y de la prisión, quien había recibido un oficio de «Ordre Públic de la Generalitat» para que estuviera allí presente «sin excusa ni pretexto» (decir que el Dr. Aleu había sustituido en ese cargo al Dr. J. M. Vives, que había sido asesinado meses antes por una patrulla de milicianos anarquistas, que lo rociaron de gasolina y lo quemaron vivo).
La comitiva se dirige hasta un recodo del camino, donde los milicianos sitúan al hermano Jaime Hilario. Este permanece tranquilo, como en estado de oración, con las manos juntas sobre el pecho. Uno de los guardias le comunica al doctor que el reo está más sordo que una tapia. Cuando el pelotón de fusilamiento le apunta, Jaume Hilari les dice: «Morir para Cristo es vivir, amigos». El jefe del pelotón da la orden de ¡fuego!, produciéndose una fuerte descarga, pero Jaime Hilario apenas se inmuta y permanece en pie mirando al cielo.
El jefe del piquete, visiblemente airado, ordena a un nervioso pelotón cargar otra vez los fusiles, dando nuevamente la orden de ¡fuego!, a la que sigue otra fuerte descarga. La víctima hace un gesto de dolor, pero continúa en pie, en la misma actitud. Los milicianos del pelotón entonces tiran sus fusiles y huyen, ante aquel hecho sin precedentes, espantados entre los pinos. El jefe del piquete, encolerizado y maldiciendo, se acerca al reo y le suelta a bocajarro un disparo en la cabeza, y la víctima cae entonces ensangrentada a sus pies. Y le pregunta al doctor: «Escucha, ¿por qué no caía este podrido?», y el doctor, muy impresionado y sin saber muy bien qué responder, le dice: «Como estaba muy sordo, igual no oía los disparos». Así sencillamente ocurrió, según el Dr. Miquel Aleu, que fue testigo de excepción de todo lo sucedido.
Finalizada la Guerra Civil, continuó durante varios años como médico forense y asistió a los fusilamientos por parte de los franquistas. Y, unos años antes de morir, en una entrevista que le hizo el periodista y escritor Francesc Basco, preguntado por las atrocidades cometidas por ambos bandos en Tarragona, irónicamente dijo: «Aquí els del Front Popular guanyen per golejada». El 21 de noviembre de 1999, Jaume Hilari fue canonizado por Juan Pablo II, junto a los 9 mártires de Turón (Asturias), asesinados en octubre de 1934, siendo los primeros santos de la Guerra Civil.
Por cierto, después de su canonización, la Comunidad de La Salle de Tarragona colocó una placa (un tanto críptica, no sea que alguien se moleste) en el lugar donde fue asesinado, donde solo se lee: «A Sant Jaume Hilari Germà de la Salle 18 gener 1937» (podían, al menos, haber añadido la palabra martirizado). Tanto el pasado año como el presente he consultado la agenda de la Salle de Tarragona y del Arzobispado, sin que conste para esa fecha el más mínimo acto conmemorativo en su recuerdo. Curiosamente, el arzobispo de Tarragona, Joan Planellas, dedica este domingo su carta dominical a: «Els sants màrtirs Fructuós, Auguri i Eulogi», martirizados en el anfiteatro de la Tarraco romana el 21 de enero del año 258 (s. III).
Pero ni una palabra dedica a Sant Jaume Hilari, martirizado hace solo 89 años en la Cataluña presidida por Lluís Companys; para las víctimas causadas por el Front Popular no hay ahora en Cataluña ni memoria histórica, ni reconocimiento, ¡ni nada de nada! Por todo ello, resulta imprescindible seguir dando la batalla contra la desmemoria histórica.
Salvador Caamaño Morado: autor del libro «Tarragona, 1936. Terror en la retaguardia». Exdirigente local del PSUC, del PCC y de CC.OO.
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