Este escrito fue remitido por la Asociación por la Tolerancia al director del diario El País. Como este medio ha ignorado el texto, la entidad nos lo ha remitido para que le demos difusión:
Sr. Director de “El País”:
Ateniéndonos al derecho de réplica, le hacemos llegar estas reflexiones a propósito del artículo publicado el 18 de los corrientes en su rotativo, por Joan Burdeus, titulado El grosor de la inmersión. El único nombre propio que aparece en el texto es el del grupo Ciudadanos, pero se refiere en general a los antinacionalistas y, por el contexto, cabe interpretar que con ese desafortunado y malintencionado apelativo quiere aludir a los contrarios a la inmersión a la catalana, entre los cuales nuestra asociación es una de las más veteranas.
El grosor de la inmersión / La delgadez de un razonamiento
El pasado día 18 de mayo, Joan Burdeus publicó en sus páginas un artículo titulado El grosor de la inmersión. El autor abre el artículo afirmando trágicamente que la inmersión está muriendo, con un enlace que lleva a la noticia de las dificultades para llegar a un acuerdo entre las principales fuerzas políticas secesionistas y el PSC, a propósito de cómo proceder ante el requerimiento del TSJC para implementar en todos los centros escolares de Cataluña un 25% de materias impartidas en español.
La inmersión está muy lejos de encontrarse en peligro de muerte. El método de aprendizaje de una segunda lengua, más allá de la materna, desarrollado por primera vez en Quebec en los años 1965-1968, goza de una excelente salud, extendido por todo el mundo como un procedimiento pedagógico muy eficaz. Pero parece claro que el autor no se refiere a esa inmersión.
Lo que los fundamentalistas de la lengua consideran seriamente amenazado es la versión catalana de la inmersión. Esta variante del método se caracteriza por imponer el catalán a toda la población escolar que tenga una lengua materna distinta del catalán, ignorando las condiciones, sobradamente probadas, que hacen del método pedagógico una herramienta de éxito: que no se imponga de forma precoz, que sea voluntario y que se dé en un entorno en el que la lengua del aprendiz esté prestigiada. Ninguna de estas condiciones – que sí constituyen la ciencia de la inmersión – se da en la inmersión a la catalana, cuyo objetivo es esencialmente político: no se trata de aprender una lengua, sino de poner en práctica un experimento de sustitución lingüística -inédito en el mundo- aplicado sobre la mayoría de la población, para hacer crecer de forma artificial el número de catalanohablantes. Y no por amor a la lengua, sino con la esperanza de engrosar las filas de los partidarios de la secesión.
El resto de los argumentos que esgrime el autor es inconsistente. El objetivo de la escuela es la formación de las personas a través de la adquisición de destrezas y conocimientos y la lengua es el vehículo de transmisión indispensable de los mismos. Ya en 1953, la UNESCO afirmaba que la mejor forma de escolarizar a un niño es a través de su lengua materna y este principio fue defendido con uñas y dientes por todas las fuerzas políticas en la Cataluña de la Transición.
Si a los niños de habla catalana se les facilita la comprensión enseñándoles en su lengua materna, ¿qué clase de lógica, qué clase de ética puede justificar que no se haga lo mismo con los que tienen el español como lengua materna? Esta sencilla pregunta pone de relieve el verdadero carácter político del asunto. La sociedad catalana es una sociedad mixta en términos lingüísticos y eso desagrada a los visionarios de una Cataluña independiente, porque les recuerda la historia y los vínculos que nos unen al resto de la nación española.
La alusión al liberalismo y la comparación del problema lingüístico con el sistema impositivo es sumamente falaz. Independientemente de si se habla más o menos catalán en Cataluña, no hay ninguna duda de que es la lengua de las clases dirigentes, del poder y de las instituciones políticas y sociales.
La sublimación de los consensos es una ilusión. El consenso se produjo cuando la persecución del catalán por el franquismo (amplificada hasta el paroxismo por el nacionalismo) podía justificar una especial protección y herramientas de recuperación de la lengua, pero han transcurrido tantos años como duró la dictadura y la situación es hoy completamente distinta. En la actualidad el “consenso” se debilita porque es evidente que el estado anormal del catalán no se debe a un intento deliberado de exterminarlo, sino a la dinámica de poblaciones.
El catalán gozó de prestigio en el pasado. Ha sido el abuso de las artimañas para estimular artificialmente su crecimiento el que ha producido, tal vez, un cansancio que podría explicar la disminución del número de hablantes.
En cuanto a la idea de “ligar la lengua al territorio y no a los individuos”, se califica por sí sola. ¿Desde cuándo se impone una lengua a los árboles, los ríos o las montañas?, ¿desde cuándo es la lengua sujeto de derecho y no los ciudadanos? Y, lo que es peor, ¿por qué motivo ello implica que los “individuos” deban someterse sin discusión a esa lengua territorial, aparcando los derechos que les son reconocidos por la Constitución y por numerosas sentencias judiciales?
Asociación por la Tolerancia, 20/05/2022
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