Si la grada perica repite año tras año “con salvarnos tenemos suficiente”, “firmo no pasar apuros”, “me conformo si ganamos un derbi, sobre todo el de casa” y “sólo pido no sufrir”, al final los jugadores y el cuerpo técnico toman nota y luchan lo justo para seguir en Primera. No se trata de vender humo, ni de soñar con triunfos imposibles, ni de estirar más el brazo que la manga. Se trata de tener claro que por presupuesto y número de aficionados hemos de jugar en Europa de cada diez temporadas, tres o cuatro. Y jugar una final, de Copa o de Europa League, al menos cada quince años.
Mi generación perica no se puede quejar, porque durante el mandato de Daniel Sánchez Llibre hemos podido ir a tres finales, y hemos ganado dos, la de Valencia y la del Bernabéu, y perdimos la de Glasgow en 2007. Pero entre 1958 y 1999 sólo jugamos una, la que perdimos en Leverkusen. Y nada nos asegura que en el futuro no podamos repetir esta racha negativa si no hacemos bien las cosas. De momento, ya llevamos dos décadas de sequía.
Si no creemos en nuestras posibilidades, no llegaremos a ningún sitio. Hemos de saber “vendernos” mejor. Somos un club con historia, con una masa social amplia y fiel, con un potencial de crecimiento notable y tarde o temprano acabaremos dejando atrás la terrible crisis económica que hemos vivido.
El “somos el Espanyol” no ha de significar “nos hemos de conformar con poco, porque somos modestos”, ha de ser sinónimo de “somos ambiciosos, a veces saldrán las cosas bien, y otras no, pero vamos a por todas”. Si un jugador o un técnico no lo tienen claro, lo mejor que pueden hacer es coger las maletas.
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