El catalanismo es un sumidero de odio

Cuando el odio salpica la realidad”. Acabo de leer en este artículo de Miquel Giménez el intento de agresión que padeció el pasado domingo mientras paseaba por la ciudad de Barcelona junto a su mujer. Mejor que lo lean ustedes mismos antes de proseguir con estas líneas.

No se alarmen, no pasó nada irreparable; de hecho, ni siquiera le rompieron las gafas. Así de considerados son nuestros demócratas de la “Llibertat presos polítics”. Todo se quedó en insultos, descalificaciones, amenazas, acusaciones e intentos de agresión deducidos por miradas de odio y ademanes y palabras teñidas de ira. Lo mismo que con el procés. ¿Dónde hubo rebelión, si no hubo violencia?

Miren, es hora de sacar la cabeza del caballo calabrés de las sábanas y arrojarlo sobre la mesa del comedor para mostrar a toda la familia a qué se dedican sus progenitores.

Cuando el odio llega, siempre es demasiado tarde. Miquel Giménez lo vio, lo olió, lo temió, le asustó y lo ha denunciado. Pero no se crean que lo vio, lo olió, o lo temió el pasado domingo por tocarle en suerte un hijo natural de Pujol, solo lo constató. Harto está de advertirlo, de señalar sus causas, de mostrar las cloacas emponzoñadas del catalanismo donde se alimenta cada día. Pero… “laissez faire, laissez passer, le monde va de lui même”. Uno mismo ha advertido en más de una ocasión que estamos en guerra, aunque aún no nos hayamos dado cuenta.

Nadie parece tomar conciencia del odio que se viene larvando desde que Tarradellas fue sustituido por Pujol. ¿O se pensaban que surgió del 1 de octubre, o de la sentencia del Estatut del 2010? No sean ingenuos. Ustedes también son responsables. Por colaborar, por justificar, por callar, incluso, por indignarse, pero no hacer nada. Cuando el odio llega, siempre es demasiado tarde. Y lo pagamos todos.

Hay una distorsión en Cataluña que lo pervierte todo. Si se fijan, cualquier acontecimiento histórico, cualquier personaje que haya servido al catalanismo, sea bueno o el mayor racista, es encumbrado al reconocimiento; y por doquier le levantan estatuas, bautizan calles con su nombre y glorifican su memoria. Sea el golpista Francesc Macià, el golpista y asesino, Lluís Companys, el racista Doctor Robert o el creador del nacionalismo vasco, Sabino Arana. Quim Torra lleva camino de la beatificación. Estamos ante la grada de fanáticos de cualquier equipo deportivo. Su proceder en asuntos nacionales les incapacita para ser neutrales en el juicio o consecuentes con los hechos.

Cuenta Miquel Giménez que lo peor fue la pasividad del centenar de personas que presenciaron el linchamiento. ¿Se imaginan si hubiera sido uno de Vox en lugar de uno de los aguerridos defensores de la no violencia catalana? ¿Se imaginan cuántas portadas y programas de TV3 lo hubieran repetido escandalizados? El hecho sería idéntico, pero la valoración moral completamente distinta. Esas cosas del fet diferencial.

Se apresta rápido el inconsciente colectivo de la nació sense Estat: ¿a qué viene ese facha gordo, feo, viejo i fill de puta de Miquel Giménez a generalizar un hecho aislado a todos los catalanes?

El mal no está en la agresión misma, el mal no está en que fuera una sola persona, el mal está en que el catalanismo no lo ve punible.

Cuando en una sociedad, un oso de peluche como el bueno de Miquel Giménez se confunde con lo peor de la ideología del S.XX, cualquier cosa puede pasar. Y todas malas.

Antonio Robles


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