Dos visiones del Museo de Historia de Cataluña (2). Un museo al servicio del ‘procés’

Al día siguiente del referéndum del 1-O, el alcalde de Sant Julià de Ramis recibió una llamada del Museo de Historia de Cataluña para que no tirase la puerta del pabellón municipal destrozada por la Guardia Civil.

Su intención, le contaron, era exhibirla en un futuro. Esta anécdota no sorprenderá a quién haya visitado el museo en cuestión, un centro fuertemente ideologizado cuyo principal objetivo, más que divulgar la historia de la comunidad, parece ser respaldar la causa nacionalista.

Y es que, al acceder a la galería, lo primero que advierte el visitante son los numerosos carteles soberanistas que cuelgan en el mostrador de información.

Se trata de una colección de citas célebres que, de un modo u otro, aluden casualmente a la “libertad de los pueblos”.

Así, pueden leerse frases como “Hablar de democracia y al mismo tiempo hacer callar al pueblo es una farsa” (Ovidio), “La desobediencia es el fundamento de la libertad” (Thoreau) o “La independencia no nos da miedo” (Salvador Seguí).

Una vez se visita la exposición en sí, que muestra la evolución de Cataluña desde la prehistoria hasta la actualidad, queda patente su voluntad de ensalzar las virtudes de la patria catalana frente a una España dibujada siempre con tintes siniestros.

Por ejemplo, en el apartado El nacimiento de una nación se asegura que la capacidad de los catalanes para el “diálogo y el consenso” se manifiesta ya en los siglos XIII y XIV.

Por el contrario, en cuanto aparece Castilla en el relato, se pone el acento en las “actuaciones poco loables” que caracterizan el reinado de Fernando VII, como la “restauración de la Inquisición y la exclusión de los judíos”.

En la misma línea se describe la relación de Cataluña y España bajo el reinado de los Austrias entre los siglos XVI y XVII: “Cataluña contrapone al autoritarismo de la monarquía los proyectos constitucionales de sus instituciones propias, que se insertan en las corrientes más abiertas del pensamiento moderno”.

En este sentido, se remarca que los catalanes siguieron profundizando en su “tradición pactista” a pesar de la “política autoritaria” castellana.

Llegados al surgimiento del Estado español, la exposición no olvida destacar que éste se construyó a partir de una “concepción centralizada que beneficiaba a los sectores poderosos y no contemplaba el sufragio universal”.

Como contrapartida, los paneles informativos abundan en el carácter “reformista”, “industrializador” y “moderno” del pueblo catalán. Finalmente, el resto de la colección se ocupa sobre todo de la Guerra dels Segadors, rememorada en clave heroica, y de la dictadura franquista, etapa que es recreada con profusión de textos, esculturas y piezas audiovisuales.

De este último periodo, llama la atención el tratamiento que recibe la inmigración proveniente del resto de España, a la que se considera extranjera: “Miles de inmigrantes andaluces, extremeños y murcianos llegan con la necesidad de encontrar trabajo y con la dificultad de adaptarse a un nuevo país”.

El texto nos recuerda que la “sociedad catalana los acoge a pesar de la imposibilidad de expresarse social, cultural y políticamente”. No obstante, los inmigrantes españoles “pronto se identificarán con el país” y “contribuirán al futuro común”.

El centro, que recibe unos 200.000 visitantes al año, fue creado por la Generalitat en 1996 con el objetivo de “preservar la memoria” y “fortalecer la identidad nacional”. Para el historiador José Álvarez Junco, su sesgo nacionalista es una prueba más de que “parte de los historiadores catalanes han dado un giro hacia el independentismo y la simpleza”.

A su juicio, ofrecen una versión de la historia “dicotómica” y “maniquea” en la que “Cataluña es siempre una victima sufriente y España una perversa madrastra empeña en cercenar su libertad”.

“La historia”, explica Álvarez Junco, “puede tener dos funciones: conocer el pasado o construir identidades”. Lamentablemente, añade, “muchos optan por la segunda opción, tal vez porque conocer el pasado implica reconocer su complejidad”.

Por Óscar Benítez

(No se pierdan la otra parte de esta serie dedicada a este museo. Aquí la pueden leer)


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