La caída de la tiranía chavista ha dejado al descubierto las vergüenzas de la política catalana y la del resto de España. Mientras Washington ejecutaba una operación necesaria para devolver la dignidad a Venezuela, el separatismo de ERC y el socialismo del PSC y PSOE han vuelto a exhibir su faceta más cínica. Frente a la claridad de quienes exigen libertad, la izquierda catalana se ha refugiado en una equidistancia que, en la práctica, no es más que una alfombra roja para la impunidad de un dictador.
Resulta lamentable observar cómo Esquerra Republicana, siempre tan ávida de reclamar «democracia» para sus intereses particulares, tilda hoy de «abducción» la captura de un presunto narcoterrorista. Su alineamiento con el Grupo de Puebla no es un error de cálculo, sino una declaración de intenciones: prefieren la hermandad con los déspotas de Iberoamérica que el orden internacional basado en la justicia. Para Junqueras y los suyos, el problema no es el hambre del pueblo venezolano, sino que se rompa el tablero de sus aliados ideológicos.
En este escenario, el PSC de Salvador Illa y el Gobierno de Pedro Sánchez vuelven a decepcionar con un llamamiento vacío a la «desescalada«. No se puede pedir moderación cuando se está ante el desmantelamiento de un régimen criminal que ha expulsado a millones de personas de su hogar. La postura socialista, disfrazada de prudencia diplomática, oculta un miedo atroz a que la caída de Maduro airee los trapos sucios que vinculan a ciertos sectores de la izquierda española con los fondos de Miraflores.
Frente a esta tibieza moral, es de justicia reconocer la firmeza mostrada por el Partido Popular y Vox. Ambas formaciones han entendido que con la dictadura no se dialoga, se acaba. Su apoyo explícito a la intervención norteamericana refleja un compromiso real con el Estado de Derecho que trasciende nuestras fronteras. Es la postura que se espera de cualquier demócrata convencido: aplaudir el fin del despotismo y exigir la rendición de cuentas de quienes han cometido crímenes de lesa humanidad.
Llama poderosamente la atención el contraste con Aliança Catalana, que ha sabido leer la situación con una contundencia de la que carecen el resto de fuerzas del arco nacionalista. Mientras ERC y el PSC se pierden en retóricas garantistas para el verdugo, el partido de Silvia Orriols ha marcado distancias con el buenismo imperante, celebrando sin complejos el descabezamiento de un régimen hostil a los valores occidentales. Es una bofetada de realidad para un independentismo de izquierdas que vive en una burbuja de hipocresía.
La intervención de Estados Unidos no es un ataque a Venezuela, sino un acto de liberación para los venezolanos. Resulta cómico escuchar a Gabriel Rufián hablar de «agresión» cuando el régimen al que defiende ha agredido diariamente a su propia población durante décadas. La izquierda radical española parece tener una sensibilidad selectiva: lloran por la detención de un dictador capturado en una operación militar, pero callaron ante las torturas en el Helicoide y la represión en las calles de Caracas.
Es hora de que España recupere su papel de liderazgo en la defensa de la libertad en el continente hermano. No podemos permitir que el seguidismo del Grupo de Puebla dicte nuestra política exterior. El PP y Vox están señalando el camino correcto: el de la alianza con las democracias liberales y el rechazo frontal a los totalitarismos que se disfrazan de justicia social. La caída de Maduro es el primer paso para que los exiliados puedan volver a una tierra que les fue robada.
La reconstrucción de Venezuela necesitará algo más que palabras; requerirá el apoyo decidido de quienes no han dudado en señalar al tirano desde el primer día. Los venezolanos residentes en España saben bien quiénes han estado a su lado y quiénes han preferido las maletas de Delcy Rodríguez. La historia pondrá a cada uno en su lugar, y el lugar de la izquierda catalana hoy es el de la irrelevancia moral y el apoyo al autoritarismo agónico.
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