¿Democracia sin demócratas?

Pensar y pesar tienen la misma raíz etimológica, del latín “pensare”, que a su vez proviene de “pendere”, que significa pender, colgar. La balanza y la romana eran instrumentos en los que se colocaba o colgaba aquello que había que pesar. El peso lo marcaba el “fiel de la balanza”. De niño, casi todo cuanto se compraba se pesaba con balanzas y romanas. Son para mí piezas entrañables, evocadoras de olores en tiendas de ultramarinos. Su desaparición indica que el mundo ha cambiado, y nosotros con él. El otro sentido de pesar (tristeza, abatimiento) es un derivado metafórico que une el pensar y el pesar: el mucho pensar puede producir pesar, decaimiento, ese carecer de fuerza para elevarnos y luchar contra la gravedad de la vida.

Si escribir en España, en tiempos de Larra, era llorar, hoy pensar (y escribir lo que se piensa) es también un pesar, un aceptar el peso de lo pensado, hasta llegar a veces al abatimiento. Porque pensar, verdaderamente, es siempre pensar de modo diferente, o sea, no repetir el pensamiento de los otros. Tenemos la mente secuestrada por el pensamiento de los otros. En cuanto pensamos algo distinto buscamos enseguida la aprobación de los demás. Pero repetir lo que otros han pensado no es pensar. Si así fuera no habríamos salido nunca de la manada, la tribu, el clan. Pensar es liberarse de la presión mental de los otros.

La democracia exige ciudadanos que piensen, por eso es tan frágil e inestable. Por eso no hay que darla nunca por sentada. Por eso es tan importante estimar y estimular el pensamiento libre, sin el cual es imposible ser demócrata. Porque existe una estrecha relación entre democracia y pensar. Ser demócrata no es tener una idea fija y preconcebida de todo aquello que debe proponerse, decidirse o realizarse, sino el ser capaz de pensar, sopesar y ponderar en cada momento lo más apropiado, lo que más interesa al bien común  y el interés de todos.

Pensar democráticamente es encontrar un equilibrio, un balance entre el interés particular y el general, entre lo que me conviene a mí y lo que conviene a la mayoría. La democracia, como el pensamiento, es sopesar y elegir: entre propuestas, entre proyectos, entre partidos, entre candidatos. Allí donde los ciudadanos renuncian a pensar por sí mismos, allí empieza la democracia a tambalearse. La democracia moderna comenzó con la Ilustración, o sea, con el pensamiento libre. Renunciar a pensar es renunciar a la democracia.

Piensen ahora en Cataluña o en Venezuela, por poner los dos ejemplos de mayor actualidad. Piensen en eso del pensamiento único y entenderán que es incompatible con la democracia. Porque la democracia no es vencer, sino convencer a la mayoría. Y para convencer hay que razonar, ponderar, equilibrar el peso de un pensamiento con el de otro, los intereses de unos con los intereses de otros.

Me produce pesar el comprobar que hoy los partidos han sustituido el pensamiento, no ya por la ideología o las creencias, sino por un no pensar, por carecer, no ya de ideas propias, sino simplemente de ideas. La democracia, o sea, el pensamiento libre, ha desaparecido de su vida. Pensemos en Podemos, en el PSOE o en VOX, por no citar al resto, especialmente a los partidos separatistas, absortos en una sola idea, un único pensamiento. Lo peor es que todos lo partidos creen que lo importante es conseguir “seguidores”, votantes “fieles”, para lo cual basta con difundir ideas simples, cuanto más vacías, cuanto menos obliguen a pensar, mejor.

Pero repitámoslo: no puede haber democracia sin demócratas, y no hay demócratas allí donde no hay ciudadanos que piensan, que asumen el peso y el pesar de pensar libremente. Sólo las ideas convencen. Los partidos, en una democracia, no pueden ser meros instrumentos de manipulación y propaganda con el único propósito de vencer, anulando el pensamiento.

En época de crisis como la que vivimos, de incertidumbre y confusión, muchos creen que lo mejor es no pensar, renunciar al pensamiento libre, acomodarse al grupo, protegerse en el refugio de la manada, tenga las siglas que tenga. Pero esto es suicida. No tenemos otra salida que la democracia, y no hay democracia allí donde no hay demócratas, o sea, ciudadanos que piensan por sí mismos y confían en su pensamiento. A su pesar, y a pesar de los pesares.

Santiago Trancón Pérez


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