En defensa de la política

En los dos últimos siglos la justificación ética de la política  se basó en el contenido humanitario de las ideologías, hoy los ciudadanos pasan de la política no porque reprueben sus contenidos, sino porque detestan la “forma” de ejercerla. ¿Serán “las formas” la próxima revolución política?

El descrédito de la política en España aumenta a la velocidad de la abstención. Cataluña y en particular Barcelona, llega ya al 50%.

“Todos los políticos son iguales”, “no me vuelvo a fiar de las promesas de un político”, “la política es una mierda”…

A menudo sentimos o caemos nosotros mismos en aquello de “no somos políticos profesionales, sólo gente corriente, de la calle”. Recuerdo alguna vez haberlo dicho. Cómo si los demás políticos fueran extraterrestres.

Sin darnos cuenta abonamos el desprecio por la política, inconscientes de que no es ella sino nosotros los que la hacemos detestable. Confundimos así la herramienta con que organizamos la sociedad (la política) con la utilización que hacemos de la herramienta (la práctica política concreta). Y en la confusión respaldamos estúpidamente a quienes detestan la herramienta y están dispuestos a acabar con ella. Un ejercicio peligroso en tiempos ociosos y vacíos.

Ir a las fuentes de donde surgen los pilares de nuestra civilización, casi siempre nos refresca el valor perdido de las causas que la hicieron deseable. Intentémoslo con la “Política”.

La polis griega, equivalente a la “civitas” latina era la ciudad, ámbito del Estado, espacio donde los hombres se organizaban socialmente, participaban de la cosa pública. Ciudad, Estado y Sociedad eran así la misma cosa y por tanto, todos los asuntos del Estado eran, por lo mismo, de todos los ciudadanos. Así y allí nació la democracia. Y así y allí los griegos consideraron a estos asuntos de Estado “politikoi” (de todos), en oposición a aquellos intereses personales fuera del ámbito del bien común a los que se les denominaba “idióticos” (privados).

Con el pasar del tiempo,  los individuos que se desentendían de los asuntos concernientes a la polis se les conocía como “ἰδιώτες”, idiotes (ciudadanos privados), Parecería por tanto, que quienes se excluían de la política, lo hacían de una actividad responsable y respetable. Paradojas del destino, ahora, a juzgar por el descrédito de la práctica política, los únicos “idiotas” parecen ser los que con más ahínco se decidan “a lo suyo”, o sea, los propios políticos. Si así fuera, habríamos pervertido el sentido primero que los griegos dieron a la política: la búsqueda del bien común. Es tanta la identificación del ciudadano griego con ella, que cuando a Sócrates le dan la oportunidad de huir de la cárcel condenado injustamente a muerte, declina el ofrecimiento porque prefiere morir injustamente condenado, que incumplir las leyes de su ciudad, es decir, del Estado.

A la otra orilla de la épica ética de Sócrates, sobrevive a duras penas la política como herramienta de poder.

Durante los dos últimos siglos, fueron los contenidos ideológicos los que dieron justificación ética tanto a la acción política como a los fines perseguidos. Grave error. Amparados en ideologías humanitarias, se llegaron a justificar infinitos horrores. Tenían tanta confianza en la bondad de su contenido que no llegaron a sospechar que donde radicaba el mal no era en los contenidos sino en “la forma” para imponerlo.

Si en los contenidos las diferencias entre partidos de izquierdas y de derechas se han reducido, “en las formas” son idénticos. Unos y otros están prestos a alcanzar el poder cuando no se tiene y a conservarlo cuando se posee. “Como sea”, Zapatero dixit.

La política se ha llenado de individuos que se reconocen y se promocionan mutuamente con una simple mirada, es la mirada del poder. Frente a éstos, están en peligro de extinción aquellos otros que además de querer ejercer el poder necesitan tener una disculpa ética para alcanzarlo. Están en desventaja. Para los primeros lo importante es el fin, o sea el poder a secas, no los medios. Para los segundos no todo vale. Estos tienen ideales y principios, los primeros, ambición.

Proyectos de plastilina, víctimas del terrorismo convertidas en carnaza electoral, Principios y normas adaptables a las coyunturas, discursos a la carta, etarras transformados en coartadas para forzar la imposición de ideales que violentan el orden constitucional, información amañada para ocultar una promesa incumplida, pactos que calculan la cilindrada del coche oficial y esa cara de gilipollas que te queda cuando te da la mano alguien que jamás te la daría si no estuviera en campaña electoral,  sonrisas calculadas, frases sobadas, zancadillas, navajadas, insidias envenenadas para intoxicar al común y destruir al rival, ambiciones simuladas y la envidia convertida en rencor como preámbulo del ajuste de cuentas; ni rastro de lealtad, de coherencia, de objetividad ante las reglas no escritas, un vacío inmenso para el bien común. Una cloaca insoportable.

Son “las formas” de los políticos lo que detestan las gentes. Los ciudadanos necesitan creer en las personas y, los políticos son, antes que nada, personas. ¿Podría ser la reivindicación de la decencia en las “formas”, la próxima revolución política?

P.D. Quien detesta la política y practica su fiscalización en nombre del desprecio por ella, es el peor enemigo de la democracia. Quien se jacta de no hacer política suele utilizar su rechazo como coartada, para monopolizar su ejercicio. Política es todo, desde la crítica social, a la entrega humanitaria, desde la pertenencia a una asociación cívica, a un partido político… Nunca seremos perfectos, pero la política y su ejercicio nos garantiza la civilización.

Antonio Robles.

Artículo publicado por primera vez el 13 de julio de 2006 en El Mundo.

 

 

 

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