Cuando la identidad es la defensa de la libertad

  1. Treinta kilómetros es la máxima velocidad a la que se puede ir en algunos carriles de las vías urbanas en lo que se supone, serán usados, principalmente por bicicletas.
  2. Las manifestaciones de la izquierda pueden agrupar a las personas a menos de dos metros de distancia.
  3. Los funerales de los “santos laicos” de la política española, pueden congregar a decenas de personas para que se despidan de él en una capilla ardiente que rinde homenaje a un féretro adornado con la bandera de la URSS, ese viejo paraíso en la tierra.
  4. La derecha española se sitúa fuera del constitucionalismo.
  5. Los que se manifiestan y critican al gobierno son todos ricos. Impresiona esta última noticia, dado el volumen tan elevado de fortunas que se presupone que hay en España y sorprende aún mas, que la Revista Forbes, no escriba un artículo. Con tanto rico en todas las ciudades y barrios, es absurdo acudir al MEDE y casi tiene razón el único vicepresidente varón del gobierno con su impuesto a los del “millón” de euros.
  6. Los partidos nacionalistas y los separatistas que apoyan al gobierno buscan el bien común.
  7. En el gobierno hay diferentes sensibilidades.
  8. La mascarilla se debe usar o no usar en función de los días y los espacios.
  9. Unidas Podemos sigue de asamblea, aunque ahora lleguen en coche oficial.
  10. El gobierno tiene un plan.

Hace ya muchos años, demasiados, en el país que hoy es la locomotora de Europa comenzó a fraguarse la constitución de un gran engaño sobre la base de rencores, medias verdades y el poder de la prensa sobre las masas. La motivación que agrupó a los alemanes fue la emoción. La más pueril y burda emoción nacionalista y regeneradora que puso en jaque la libertad y expulsó de la sociedad a lo mejor de la misma. Hoy, en 2020 y rodeados de amenazas víricas y populistas ¿qué hacer?

Desde luego, lo primero que hay que plantearse es no caminar por el carril de velocidad lenta; de este modo, desecharemos el resto de los mantras que hemos enumerado en los anteriores 10 puntos. La soberanía popular, que debería residir en el Parlamento, parece ahora usurpada por algunos que se declararon comunistas en sede parlamentaria. Nada que objetar, salvo reivindicar la memoria de los miles de muertos que hubo en los países que sufrieron tal pandemia. El anonimato de sus vidas y el devastador silencio, que aún hoy campa sobre ese fenómeno, es altamente significativo.

Pero volvamos al presente. Desde el pasado 9 de enero de 2020, España tiene un gobierno legítimo y legitimado en las urnas y apoyado en la lógica parlamentaria. Se trataba, inicialmente, de un gobierno progresista que congregaba en su seno al “orgulloso” comunista y al “resistente” Pedro Sánchez y estaba compuesto por un número tan elevado de ministerios, que su simple enumeración ocuparía el espacio de este periódico.

La formación intelectual de los miembros del gobierno era tan heterogénea como la que se puede encontrar en el bar de moda de Malasaña o el barrio de Gracia; un conglomerado de títulos universitarios y lecturas trufadas de posibilismo, oportunismo y posmodernidad al ritmo de RAP o de la melodía de canta-autores. Las consecuencias de esta amalgama ideológica y de la unción que Iván Redondo les da y los medios de comunicación corroboran es un caviar anciano que casa mal con la dieta necesaria para el año de la Peste y que pareciera más el año del putsch.

Como un corcel desabrido el gobierno y sus terminales de opinión han iniciado un camino hacia la desconexión con la libertad de los ciudadanos, ¿se acuerdan de la otra desconexión amarilla que invadió Cataluña? Pues esta es semejante; es más guay, porque la hacen ellos -los legítimos propietarios de la superioridad moral-, pero es altamente infamante e inflamable. La paradoja de todo es que, para “garantizar” la libertad, se recurre a su vulneración mediante la petición de nuevas prórrogas en el Estado de Alarma o alerta – qué uno ya no sabe dónde vive- y que sólo de ese modo, se podrá superar.

El gobierno espera que los ciudadanos comprendan la necesidad de aceptar este hecho, este dogma y que lo haga, sabiendo, además, que será asimétrico y asintomático; puesto que todo el mundo sabe que en determinadas comunidades autónomas el virus ya no se manifiesta con la misma virulencia que lo hace en Madrid, donde, seguro, que habita el oro de las banderas que los “ricos”, “riquísimos” vecinos de Fuenlabrada, ondean y pasean en sus manifestaciones-paseo de las tardes.

Parece obvio que desde determinados sectores se quiere desconectar el Estado de Derecho y la libertad. Añoran dar paso a un Estado de excepcionalidad que permita al Gobierno moverse siempre en el marasmo del conflicto y la amenaza del caos. Para ello, no dudan en aniquilar el principio de identidad que vincula a las personas de una democracia y que no es otro que el de la libertad. Ese es el factor aglutinante entre las manifestaciones del Barrio de Salamanca en Madrid, las de Logroño y hasta las colas en los bancos de alimentos y en las activas asociaciones vecinales que han recuperado el pulso que la sociedad civil siempre ha tenido.

Es la libertad una identidad que todos comparten y su defensa, un compromiso realmente transversal. El poder actual, siempre vil en sus destinos, no busca la comprensión de los “otros”, apenas quiere el acatamiento de su deseo amparándose en la “buena” conciencia que mueve sus acciones. Sin embargo, la gente percibe que hay algo de desgobierno en estos momentos. Mucho de improvisación de algunos y más aún de oportunismo estratégico de otros. Una forma de sedición desde dentro, que pretende, cada vez con menos disimulo, iniciar un proceso de destrucción a partir de una legalidad sui generis como la que se congrega bajo la extensión del Estado de Alarma, como han señalado algunos constitucionalistas.

Afirman desde el gobierno que la derecha convoca a la desobediencia civil; que tal presidenta quiere “derribar” al gobierno – ¡qué maldad esta! sería la primera vez en la historia que tal cosa ocurriera -, nunca el PSOE ni UP lo han hecho, ni tan siquiera cuando el único vicepresidente del gobierno, y en una de sus “inocentes” primeras intervenciones en el Congreso de los Diputados, señaló al PSOE como heredero de la “cal viva”. No, ha sido la derecha la primera que lo ha hecho en la historia; del mismo modo que fue Ciudadanos quien obligó a Artur Mas a abrazar sensualmente el becerro de la independencia.

Como decíamos, la libertad, como realidad consustancial a nuestro sistema político y de valores, requiere del compromiso de defensa de su frágil existencia. En un shock como el que vivimos y dentro de un horizonte de paz y aparente seguridad en el mundo, sería pertinente que la batalla del lenguaje y del mal llamado relato no hurtara a los ciudadanos la libertad y los órganos de representación de la soberanía, porque no se puede poner en cuarentena. Siempre surgen, en tiempos de pánico real o inducido, ateos de la libre circulación de personas, bienes e ideas. Siempre aparecen los que recuerdan la “servidumbre”voluntaria y la moral del “esclavo” que somete sus derechos a la voluntad, supuestamente angélica de poder. Hace demasiado que Hegel, puerta de tantas ideas funestas, teorizó sobre el ser social del hombre desde el binomio amo-esclavo. Hoy, la retórica social de los medios de comunicación está estableciendo una dialéctica entre “buenos” y “malos” ciudadanos en función del grado de implicación de unos y otros en el cumplimiento de las normas de distancia social, profilaxis y disciplina.

La esencia de la comunicación política y del modo en el que los ciudadanos la perciben se basa en destacar las debilidades del otro y obligarle a tomar partido. Se toma la ausencia de la segunda, como muestra de acatamiento. Pero ahora, algunas personas que quieren trabajar, vivir y consumir libremente parece que han optado por tomar partido, que no a un partido, como forma de expresar su queja, hartazgo y cabreo con lo que están viviendo. Ello ha generado, inmediatamente, en la aparición de la clásica tensión entre libertad-sumisión que tanto gusta al poder. La extravagancia es que se sitúa lo racional en la sumisión. Se dice que hay razones objetivas para evitar que la gente muestre su malestar al gobierno – ya habrá tiempo para ello- ¿cuándo?  Se anula por esta vía la posibilidad de decir NO, lo que llevaría a considerar a todo el que lo haga como a un irracional: ¿paradoja?, sin duda que se trata de una tautología: libre para ser libre o libre para ser esclavo.

Retomemos el inicio, de los diez puntos que expuse al inicio, ¿cuál es más falso? No importa, puesto que, salvo el primero, todos son opinativos, pero una pregunta final nos debe ocupar ¿es la libertad (positiva y negativa) la única identidad que debemos defender en este momento?

Heraldo Baldi

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