Consumismo: un dios caníbal

Si hay algo que nos une hoy a todos los seres humanos, por encima de cualquier diferencia, es nuestra condición de consumidores. Ser individuo hoy es ser un sujeto que consume. En esto, hombres y mujeres, igualitos: consumistas. Todos consumiendo -y aspirando a consumir- lo mismo.

¿Consumistas y anticapitalistas? ¡Imposible! Lo increíble, lo insoslayable, lo impepinable, es que ser consumista no es ya una opción, es una necesidad. Sujetos consumistas: sujetados a la imperiosa necesidad de consumir para sobrevivir.

Consumir no es lo mismo que satisfacer una necesidad cualquiera, sino, sobre todo, satisfacer la necesidad de consumir. ¿Por qué? Porque todos los objetos que la industria capitalista nos ofrece están concebidos y producidos, ante todo, para inducir a ser consumidos. Y consumidos cuanto antes.

Consumidos significa que, después de un uso efímero, se tiren enseguida a la basura y sean reemplazados por otros. Una cadena infernal: un monstruo, un dios caníbal insaciable. Las necesidades biológicas básicas (alimento, vestido, cobijo, compañía) quedan al fondo (el fondo de reserva de los impulsos), y sirven de coartada, hasta el punto de que ya no sabemos distinguir entre necesidad y capricho, entre lo que el cuerpo necesita y lo que el mercado nos impone.

Ya es imposible ignorarlo: esta forma de producir y consumir es insostenible; pero, drogados y adictos, no podemos parar el monstruo, la máquina de producción de toneladas de millones de objetos de consumo, que ya actúa sola, auto-reproduciéndose de modo casi automático en cualquier rincón del mundo. El capitalismo ha muerto (morirá, moriremos) de puro éxito, de exceso, triturando a sus propios consumidores, convertidos ellos mismos en objetos de consumo y, por lo mismo, en residuos. Porque todo objeto de consumo genera un residuo, basura, heces, desechos. Es más difícil ya destruir los residuos que fabricar nuevos objetos.

¿Es posible parar esta aberración, este monstruo de infinitos ojos, brazos, bocas y esfínteres, a cuyo servicio estamos, sin posibilidad alguna de liberarnos de su obsesiva compulsión? Sí, claro, hay muchas fórmulas, desde crear mercados locales autosuficientes de productos sostenibles que satisfagan necesidades no inventadas, ni inducidas, ni “desnaturalizadas”, a despertar el interés y la pasión por objetos y bienes inmateriales, como el conocimiento, el arte, la creatividad en todas sus infinitas formas.

Debería ser un cambio drástico de gustos, necesidades, placeres, aunque se pudiera ir aplicando de manera progresiva, planificando una evolución de la humanidad hacia otro horizonte de expectativas, actividades, relaciones y descubrimientos.

La realidad, sin embargo, va por otro lado. Ahí está China, epítome de lo que digo. Así que lo más probable es que todo siga su curso, y nos iremos adaptando y resignando y apañándolas como podamos. En el camino irán cayendo muchas cosas, destruyéndose muchas seguridades y certezas que hoy damos por hechas, que nos protegen y libran del mal, pero que desaparecerán irreversiblemente. Y los primeros en caer serán quienes peor viven o vivan a la intemperie, porque incluso ellos están obligados a ser consumistas, aunque sólo sea de sobras y residuos.

El suelo ha dejado de ser firme y los seres humanos cada día nos parecemos más a autómatas tambaleantes que necesitamos creer en alguien que nos asegure que, mientras vivamos, podremos seguir consumiendo ansiosa y compulsivamente. Porque la clave está en eso: en generar ansiedad, inquietud, miedo, y ofrecer luego objetos con que calmar la angustia despertada. Objetos que, apenas consumidos, generen de nuevo la necesidad, la compulsión, la insatisfacción.

Lamento el tono apocalíptico al que me han llevado estas precipitadas reflexiones, pero es que, en mi corta vida, he visto cómo he ido pasando de ser un ser bastante humano, incluso “fieramente humano”, a ser un sujeto consumidor, y todo sin apenas darme cuenta, y sin mi permiso, y por obligación, y sin escapatoria.

Y a darme cuenta de que todo el tinglado que hemos montado se apoya en el mismo engaño, el mismo señuelo de felicidad compulsiva que ofrecen los objetos, su posesión y consumo, transformados en necesidad; el saber que estoy atrapado irremediablemente y que soy un pieza más de todo ese engranaje o máquina o monstruo que acabará destruyéndonos y que ha destruido ya lo más valioso: nuestra capacidad de pensar, de imaginar, de descubrir, de sentir y disfrutar de todo lo que no es puramente material, efímero, espejismo de felicidad. Solos y en compañía, no aislados y perdidos, como nos quiere y necesita el consumismo.

Santiago Trancón es uno de los fundadores de dCIDE

no recibe subvenciones de la Generalitat de Catalunya ni de otros organismos públicos.
Si quieres leer nuestras noticias necesitamos tu apoyo.

DONA

Recibe las noticias de elCatalán.es en tu correo