Tomás Macsotay es profesor de Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra y ha sido uno de los promotores del Índice de Documentación Audiovisual del Procés (IDAP), que recoge algunos de los excesos más destacados del independentismo en los últimos años.
¿Cómo que a un profesor holandés le dio por elaborar un Índice de Documentación Audiovisual del Procès en Cataluña?
La familia de mi padre vivió durante unos años en un campo de refugiados, y dudaron mucho en retornar a Hungría tras la ocupación soviética. Después de años en el campo se les despachó, junto con cientos de otros refugiados, a un país receptor, que fue Venezuela. De niño estuve rodeado de una colonia húngara en Caracas, pero antes que pudiera comenzar el bachillerato me convertí también en expatriado involuntario, al ir rumbo a los Países Bajos.
Similar al caso de la guerra civil española, en Hungría la guerra desencadenó una horrible historia de fratricidio, exterminio de su población judía, y exilio. También podemos hablar de la llamada diáspora Bolivariana, de venezolanos de todos los estratos sociales que a lo largo de dos décadas huyeron de su país, movidos por el sueño de una vida mejor que la violencia callejera, la crisis económica y la represión política que llegó a padecer su país, dejando atrás patrimonio y a menudo familiares que por su avanzada edad prefirieron quedarse solos en barrios semidesiertos.
Se estima que compartieron este destino en el exilio involuntario nada menos que seis millones de personas. En Venezuela permanece mi primo Carlos Gustavo Macsotay, que viene de cumplir cuatro años encarcelado en prisión militar, y cuya liberación e indemnización ha sido reclamada por el grupo de trabajo de detención arbitraria de la ONU. Demoro mucho en dar una respuesta a tu pregunta, pero tal vez ayude una pregunta retórica: ¿Cuántos catalanes habrán huido a otro país tras la violencia policial del 1-O o los procesos a implicados en los acontecimientos de 2017? ¿Cuántos han emigrado por la muy publicitada represión y persecución política del Estado español? Con lo fácil que es emigrar dentro de nuestra comunidad europea, creo que sería interesante un día comparar esos números como índice de la gravedad de la “represión” en España.
¿En qué consiste dicho índice y como se puede consultar?
Se accede al archivo mediante la página del Foro de Profesores. En su forma actual, es un manual de incidentes que forman parte, de modo directo o indirecto, del horizonte sociopolítico del procés como lluvia torrencial que sonó sobre los techos de todos los catalanes y muchos otros residentes que vivimos aquí. Su enfoque es audiovisual, dedicado en primera instancia a contenidos que han circulado en Twitter o que ya han sido recogidos y procesadas en otros medios digitales.
Su fin es marcar hitos, documentar los «acontecimientos» y establecer coordenadas básicas, completando el recorrido cronológico con los principales informes que documentan la desarticulación de la vida ciudadana, entre los cuales los invaluables informes de Impulso Ciudadano sobre la violencia política en Cataluña.
Es cierto que muchos de estos documentos se pueden encontrar en la red, pero tiene sentido organizarlos en una única herramienta. Además, creo que nuestra memoria queda fatigada ante las oleadas de acontecimientos y el desgaste que producen: ya no sabemos dónde mirar y qué recordar. Pues bien, como historiador pienso que detalles incidentales en noticias y vídeos ya antiguos pueden contener claves importantes para entender algo así como la condición social y humana que causó los acontecimientos, pero también la condición en que nos encontramos colectivamente desde entonces.
Si quieres entender la esquizofrenia que hace que la “revolución de las sonrisas” – que es más que un eslogan, ya que en efecto creo que se implementó con total convicción, y en esa misma clave alegre mientras insensible e intransigente hacia los otros – a la vez pudo dar pie a una enorme ansiedad, ira y confusión colectiva, creo que el archivo te permite hacerte una idea.
Le veo utilidad para observadores extranjeros, que sin embargo deberán tener manejo del castellano y del catalán si quieren poder usarlo bien. Este es un problema práctico estrechamente relacionado con las grandes interrogantes de la gestión de la memoria del reciente episodio independentista: para la prensa de la mayoría de los países que nos rodean, este material primario se hace lingüísticamente denso o inaccesible, y por consiguiente solo la ética profesional les impide asumir perspectivas prefabricadas sobre el asunto, la que mejor les convenga o menos esfuerzo presente en la explicación de un problema atravesado profundamente por la tergiversación de las verdaderas relaciones de poder, la verdaderas marginalizaciones, que conocemos en Cataluña.
Añadimos a eso el abandono del pacto de los grandes partidos nacionales en 2018, y el modo en que la polarización política se dispara y el populismo aumenta. Desaparece por completo la conciencia que 2017 y todo lo que le rodeó fue un acontecimiento traumático, calamitoso y profundamente inmoral. Asistimos la fórmula perfecta para el malentendido permanente y la instrumentalización arbitraria de cualquier voluntad de entender el pasado reciente de Cataluña.
¿Qué es lo más escandaloso que recoge el archivo?
Me alegro de poder haber almacenado más de 500 ficheros, pero lo que más me preocupa es lo que falta. Arde en mi memoria un video que pude ver en YouTube (ahora desaparecido) años antes de comenzar el archivo. Era durante las caceroladas de octubre de 2017. En él se oía la atronadora sensación de los golpes, interrumpida por una especie de pasodoble que suena desde un amplificador que estaba en un balcón. Lo graba un joven que le comenta a su madre, refiriéndose al concierto español a contrapelo: “¿Lo oyes? ¡No estamos solos, mamá!”.
No es particularmente escandaloso este vídeo, pero lo que representa sí lo es: de un modo u otro, el Govern había logrado trasladar a toda la sociedad que la independencia sería un paso conjunto por el que se debía sacrificar todo. Se sostuvo este clima en el que la más leve crítica al procés provocaba únicamente la burla, o un estallido de ira. Lo escandaloso es que una población pudiese estar expuesta a similar propaganda en la radio, la televisión, la cartelería en metros, escuelas, universidades, bibliotecas y cines, casals de barri, esplais de veranos, ayuntamientos, carreteras, playas (recordad los signos proclamando “Municipis per la independencia”), los discursos de sindicatos, colegios y órganos profesionales, los actos en fiestas de barrio, en teatros, en salas de conciertos – prácticamente en todas partes.
En semejante ambiente, ¿qué significa realmente que tantas personas se uniesen a las caceroladas? ¿Lo harían hoy igual? ¿Qué cambió? ¿A qué tipo de estado mental se estaba sumiendo a la totalidad de la sociedad, si no es a un ritual de pasaje extenuante, lleno de exaltación y euforia para el que se una? Y claro, amedrentamiento para el que dude o se resista.
La mayor parte del archivo recoge lo que llamaríamos normalmente violencia, pero que yo prefiero considerar como un acto incivilizado e impropio, una especie de chulería de pandilla callejera o de bullying de pasillo de bachillerato. Resulta sencillamente inquietante que lo protagonizan adultos que en ningún momento se deberían sentir autorizados para atropellar a personas completamente desconocidas, y en su momento no entendí que las autoridades no llamasen con absoluta firmeza al respeto mutuo y el entendimiento siembre plural. Si un legendario guitarrista muy afín a Junts decide que le va a gritar cuatro cosas a una víctima asistiendo al acto de conmemoración de los atentados de 17-A, y a empujarle si no se calla, pues no es algo que deberíamos reducir al igualmente pueril twitteo de “zascas” en detrimento de éste o ése.
Y, claro, para mí es muy interesante pensar sobre la complicidad de las autoridades políticas en este bullying colectivo, que además es más efectivo y feroz cuando ya no genera ninguna imagen “de violencia”: en la aparente tranquilidad de espacios profesionales o en escuelas. Ahora podemos estar aliviados que queden pocos como aquel guitarrista, pero es que hace cinco años fue un regimiento desatado en la calle. Yo tiendo la mano a las personas que se hayan comportado así al enviar sus videos para añadirlos al archivo. No solo por equilibrio, sino más que nada porque tarde o temprano, y justamente gracias al poder del detalle inesperado que albergan los audiovisuales, no van a poder evitar sentir vergüenza. ¿Y qué ocurre cuando son cientos de miles de personas las que combaten y compensan una sensación incipiente de vergüenza?
¿Ha recibido presiones por haber puesto en marcha esta iniciativa?
La cortesía que me he encontrado en los corredores de mi universidad aquí en Cataluña me deja la libertad de asumir la buena voluntad de mis colegas, y a ellos les debo mucho, incluso si en algunos momentos hemos vivido tensiones justamente al tocar estos temas. No es muy habitual sospechar que un holandés errante ha montado un archivo sobre el desequilibrio social y humano causado por el procés, aunque estoy seguro que resulta tan sorpresivo como chocante, y mi ración de “zascas” la tendré que asumir.
A eso debo añadir que creo bastante en el principio de solidaridad, como algo que se debe resguardar sin esperar beneficio personal. Sí que debo constatar que existe esta espada de Damocles sobre profesores llegados de otras partes de España que se quieran “pasar”. También me ha tocado presenciar el aislamiento de catalanoparlantes disconformes con el nacionalismo dominante, razonando desde una experiencia del ser catalán a la que tienen el más pleno derecho. Uno y otro son un espectáculo sumamente desagradable, así como lo es el silencio de muchos extranjeros, gente como yo, que lo ven y hacen como que si no.
Tal vez el entorno universitario es aún de los entornos más equilibrados que existen, pero no cabe negar la cancelación estructural de estas personas, que se ven obligadas a rendir una lucha sostenida de día a día, pasando por algo que en el feminismo han hecho bien en nombrar microagresiones y techos de cristal. Aquí, en la creación de estas marcas diferenciadoras sin razón, ni motivo, desnaturalizando a las personas, opto por la solidaridad.
¿Por qué una entidad como el foro de profesores ha de hacer esta labor que debería hacerla el Gobierno o el Defensor del pueblo?
Las redes de activismo constitucionalista, Foro de Profesores entre ellos, se han improvisado desde el más absoluto desinterés por parte de los consecutivos gobiernos españoles, y vienen a ocupar un espacio que solapa con el de las instituciones que perviven como meros fantasmas. El Foro no puede aspirar a lograr lo que lograrían unas administraciones e instituciones implicadas y activas: no hay manera de contrarrestar la presión de intereses cortoplacistas, que son toda una fuerza centrífuga que nos aleja constantemente de la voluntad de objetividad.
Y el drama está en que sus intentos de asegurar que se pueda recuperar una mirada clara sobre los acontecimientos, susceptible del rigor desinteresado que necesita esta sociedad, y con eso la vía idónea para recuperar un nuevo consenso social, ha empezado a sufrir un desgaste directo o indirecto por parte de los partidos políticos, las instituciones que éstos ocupan y muchos medios que sin rubores les sirven.
Doy un ejemplo más concreto. Se cumplió recientemente el quinquenio desde aquellas jornadas del 6 y 7 de septiembre. Recordemos: el Estatut y la Constitución derogados, la oposición política atropellada, leyes de transición forzadas, y todo con las máscaras sonrientes de los parlamentarios que se preparaban con deleite para la DUI. Los hechos de octubre de 2017, que suponen un acontecimiento único en la historia reciente europea, no cuentan ni siquiera con un documental serio.
Y si tuviéramos un documental, me temo que sería un dragón chino: o bien sería una apoteosis aduladora de los líderes del procés, o bien una descalificación tejida de mantras espesos, con una gala de las caras y nombres más sonados, las celebrities del ámbito constitucionalista. No valen para contar nuestra historia, la más personal, ya que lo que acontece es la pérdida de una perspectiva de cohesión social en Cataluña.
No hay dinero para realizarlo, pero a los catalanes se les debe un buen documental, que se debería adentrar en esta desorientación, la desaparición de un futuro basado en el “o con, o contra España”. Debemos ver lo que han vivido durante el procés personas en varios rincones de la sociedad, y la medida en la que su perspectiva ha podido evolucionar con lo que ha ocurrido desde entonces. En esos momentos creo que veríamos un enorme desencanto – pero no sólo en el independentismo, también y dolorosamente entre aquellos que marcharon el 8 de octubre, y que seguramente ven ahora otro panorama político al que aspiraban, la de un reconocimiento de que Cataluña no es una única figura política con una única voluntad aglutinada en líderes absolutos. Esta esperanza ya no se atisba en el horizonte.
Lo que sí se atisba: más degeneración de la esfera pública, y el uso partidista e interesado de todo lo que afecta nuestras vidas, y en muchos casos con abierto desprecio. También debemos oír de los jóvenes cuya principal experiencia personal coincide con – repito – uno de los más contundentes desencuentros políticos y sociales de las últimas décadas en este continente – y que les ha marcado profundamente.
El Defensor del Pueblo tal vez un día despierte y considere nuestros ruegos, y no es impensable que un día un gobierno de España decida formar un comité de investigación parlamentario para establecer las responsabilidades político-morales (poco que ver con las jurídicas) de los que lideraron y posibilitaron los acontecimientos de 2017, como ha ocurrido en Estados Unidos al ordenar la investigación del caso del asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021. Pero el daño está hecho y uno y otro llegarán tarde. Hay una cultura moral, una práctica de la virtud de la cual dependen las democracias, y en España la veo en subasta con cada telediario.

El coordinador del Foro de Profesores, Carlos Conde, denunciaba en un artículo publicado hace unos días en El Mundo que existía una telaraña independentista a nivel internacional para favorecer los puntos de vista de los partidos secesionistas catalanes. ¿Qué opina al respecto?
No he leído los artículos que comenta Carlos Conde, y tampoco he tenido noticias sobre el desarrollo de esta línea de trabajo. El problema que tenemos muchos aquí es que nos cuesta caer en la sorpresa. La idea de las telarañas se lanzó hace unos años en un estudio muy citado y es sugerente, pero como historiador me preocupa que se pierde de vista que el terreno es, en efecto, más desordenado. Hay que entender que muchos académicos vivimos en burbujas que tienden a ser aislantes y asimilativas, lo que viene a significar que la conglomeración de académicos bajo el signo de ciertas causas políticas pasa de modo más o menos automático.
El reproche muy correcto que ha hecho Carlos es que los investigadores no desvelan conflictos de intereses, y que revistas prestigiosas internacionales no aparentan vigilar esta exigencia de transparencia. Pero sostengo la esperanza que el de revistas académicas, nacionales e internacionales, es un ámbito muy indicado para alcanzar aquel grado de objetividad, justicia y consenso sobre lo acontecido en la última década en Cataluña. Por lo que he entendido de las reacciones en Twitter, los números temáticos que cita Carlos sí cuentan con voces discrepantes o conclusiones no favorables al procés.
Incluso si no fuese así, es un ejercicio fundamental de nuestra profesión leer lo escrito y valorarlo desde los criterios científicos pertinentes. Si bien el tema tiene su explosividad, prefiero que no desanime la investigación, sin el cual no hay debate. De hecho, pienso que es buena cosa que se esté enviando esta investigación a revistas científicas internacionales: es fundamental que se pueda consultar el mejor argumento en pro de la independencia, así como será fundamental que se pueda tener acceso, en inglés también, de las perspectivas más críticas. Me sorprende mucho que no existan más ánimos, en toda España, de conocer más a fondo un episodio que estoy convencido vendrá a cambiar el futuro de todos los españoles.
¿Qué pueden hacer los ciudadanos para ayudarle en su labor para engrosar dicho archivo?
Pueden enviar sus vídeos o testimonios al Foro de Profesores (contactoforodeprofesores@gmail.com), e incluso sugerir en qué categoría las debería introducir. Doy la bienvenida a cualquiera que en absoluto comparta los objetivos del Foro pero que espere, como lo hago yo, que pronto podamos conseguir un relato correcto, adecuadamente incisivo y moralmente justo para todos sobre lo que pasó en Cataluña. Un relato que no solo incluya las euforias, sino también los temores y los hechos que, una vez que se ha dicho todo, pertenezcan a nuestra naturaleza humana, para bien o por mal.
La consejera de universidades Gemma Geis dijo en la UCE que está aumentando la extrema derecha en las universidades catalanas. ¿A quién cree que se refiere? ¿A personajes como Laura Borrás que recientemente ha conseguido plaza en la Universidad de Barcelona?
En mi universidad se ha aprobado un número de documentos que articulan una voluntad de combatir los abusos en las libertades, tanto del personal docente y administrativo como el de estudiantes: hay un protocolo para la resolución de conflictos en materia de acoso moral, y hay un protocolo para la prevención de conflictos en materia de “violencia machista”, así como el acoso de la comunidad LGTBQ+, a las que pertenezco yo mismo. Hay también un código ético, y una “Declaració del Claustre universitari sobre l’exercici de la llibertat d’expressió a la UPF”.
Pese a estos pasos se ha creado un vacío notable. Cuando la comunidad universitaria retornó de dieciocho meses de confinamiento, en septiembre de 2021, el nuevo Govern nos había preparado una serie de tareas y un mantra. El mantra ya viene de mucho antes: el compromiso a combatir la ultraderecha, que cual una serpiente se cuela “entre nosotros”. Las tareas se presenten en forma de un documento acordado entre rectores de universidades catalanas y “el movimiento estudiantil”. En este ‘Compromís’ contra la crisis educativa se acuerdan estos puntos: acceso justo y equitativo a las universidades; eliminación del trabajo precario, en las “prácticas” universitarias; poner freno a la “regresión” que sufre el catalán como lengua, igualdad entre todas las personas en la universidad, y defensa de los derechos fundamentales, en particular de los “injustamente encausados”. Se marca la meta del uso de la “legua propia” en un 80% de asignaturas en todas las facultades, a nivel de grado y máster.
Yo también estoy preocupado por la comunidad de la que formo parte. Este curso los estudiantes me han transmitido muchas de sus dificultades: la adaptación a la vida normal post-Covid, complicaciones en el núcleo familiar, vinculados con depresión y otras aflicciones psicológicas, la diferencia en situación económica que se traduce en una desventaja para estudiantes menos acomodados, que tienen que financiar sus estudios con diversos trabajos.
No hablo de los bajos números de acceso de hispanoamericanos, de africanos y asiáticos en mis aulas, en una Barcelona en que forman una proporción elevada de la clase obrera y menos favorecida. Hace unos meses tuve que añadir al archivo imágenes en las que jóvenes blancos rodeaban, insultaban y agredían a un grupo pequeño de S´Ha Acabat! que incluía a una joven con un apellido catalán y un joven hispanoamericano.
En las fotos y vídeos alguien sostiene una camiseta con el escudo del Moviment Identitari Català (MIC), un grupo xenófobo nacionalista catalán. Yo me uno al ‘Compromís’ en tanto que me comprometo a que la ultraderecha o cualquier grupo contrario a la diversidad democrática no pueda seguir limitando la libertad de manifestación y de expresión de estudiantes, y también defiendo la atención especial en este sentido a mujeres, personas LGTBQ+, personas racializadas, víctimas de discriminación por origen, nivel económico o discapacidad.
Pero me pregunta qué sentido tiene asumir compromisos que permiten de modo tan obvio la estigmatización del castellano y vehiculan tan claramente el nacionalismo como ideología de casa. Es muy transparente que se mantiene una estrategia de refugio para el catalán que luego se utiliza para acosar. En nuestro marco europeo la violencia selectiva a personas que no se asimilen a un perfil nacional, cual sea que sea su estampa, está claramente proscrita: la Comisión Europea firmó el 28 de noviembre de 2008 una decisión marco que insta a luchar contra “determinadas formas y manifestaciones de racismo y xenofobia”, contemplando que los miembros de la Unión adopten en sus códigos penales medidas no solo contra los causantes, sino también a aquellos que los culpables de complicidad o incitación a estos actos.
Es decir, tenemos un derecho a identificarnos nacionalmente, pero es delito imponérselo por la fuerza a otro. No se puede adoptar selectivamente una política de la libertad, seguridad y justicia para proteger a unos y poner bajo sospecha y amenaza a otros. Los abusos de la clase privilegiada, en cualquier rincón del planeta en que mira, se dirigen a cualquiera de las personas perteneciente a grupos vulnerables, o sea, a uno y a todos los que no gozan de pertenencia al grupo privilegiado. Por lo tanto, en ética universitaria, si se asume la parte, se asume el todo. Moralmente, me hago la pregunta: ¿Quién va a condenar estos actos de acoso al diferente de modo tajante y meridiano? Y si no se atajan con rapidez, ¿qué pasa con todos los que los que somos parte, también como extranjeros cómplices, de este sistema de desprotección y desnaturalización del diferente? El tiempo se acaba. Desde luego estaré a disposición de la Señora Geis cuando a ella más le convenga para transmitirle humildemente este parecer.
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