Confinamiento generacional

Brutal ha sido el impacto del coronavirus en la economía española, perjudicando de una forma lineal a todos los sectores sociales y productivos. Evidentemente nuestro sistema económico no está preparado para un cese total de la actividad durante dos meses o incluso más tiempo. Si estos efectos del confinamiento general fuesen únicos y anecdóticos, la economía nacional tarde o temprano podrá regenerarse, pero tratándose de virus gripales que tienen la capacidad de mutar su propia cepa, es más que probable que tengamos nuevos brotes en los próximos años.

Muchos están siendo los estudios económicos que valoran el daño producido por la pandemia de la gripe china, pero hasta ahora no se ha valorado lo que yo denomino su “efecto disuasorio”, que va referido a aquellos empresarios que no se atreverán a abrir un negocio de cualquier tipo, como por ejemplo un gimnasio, un bar restaurante, un comercio o cualquier otra actividad mercantil, sabiendo que después de invertir un capital considerable en la apertura del negocio, presumiblemente tendrán que enfrentarse en el futuro a sucesivos cierres anuales de dos o tres meses. Evidentemente con esa perspectiva será muy difícil amortizar el capital invertido, y evidentemente cualquier tipo de beneficio mercantil quedará descartado.

Si partimos del concepto que la gripe china o covid 19, salvo en casos muy excepcionales no afecta a los niños, y a personas entre los 15 a 65 años se traduce en una gripe leve, al margen de algunos casos en que también es mortal. Donde sí que la enfermedad reviste muchos casos de letalidad, es entre personas mayores de 65 años, y aquellos que tienen factores de riesgo relacionados con dolencias previas de tipo pulmonar.

Ante este panorama los gobiernos y las autoridades sanitarias, han optado por confinar en cuarentena domiciliaria a toda la población de cualquier edad. A partir de esta aplicación generalizada de un confinamiento de tabla rasa, por mi parte propondría un sistema alternativo, mucho más beneficioso para la economía y para la sociedad, que consistiría en no aplicar el confinamiento ni a los niños ni a las personas menores de 65 años, que podrían discurrir libremente, aunque con las medidas necesarias de protección como los guantes, mascarillas, pantallas protectoras, geles hidroalcoholicos, etc, por sus empresas y escuelas.

Evidentemente todas estas personas y los padres en representación de sus hijos, asumirían por su cuenta y riesgo el contagio de la enfermedad, y las consecuencias de la misma, exonerando de cualquier responsabilidad al Gobierno por no haber aplicado un estado de alarma.

Por lo que respecta al colectivo de mayores de 65 años y los denominados de factores de riesgo, cuando se tuviese noticia del avance de la enfermedad por otros países, antes de que llegase aquí, serían sometidos a una estricta cuarentena hasta la total erradicación de la epidemia. Por poner un ejemplo, en toda España las residencias de la tercera edad regentadas por religiosas, que se han confinado a sus residentes semanas antes de la propagación oficial de la epidemia, prácticamente no han tenido infectados.

Evidentemente con esta medida de confinamiento generacional, el número de afectados sería mucho más elevado en comparación con el actual modelo de confinamiento general, pero el número de muertos, que en realidad es lo único que importa, sería muchísimo menor porque las personas mayores podrían eludir los contagios. Además hemos de tener en cuenta que en la historia de las epidemias, se ha demostrado que al final la enfermedad remite, incluso aquellas que no tienen cura. También se ha de considerar que con esta propuesta, grandes sectores de la población al quedar infectados de forma leve, quedarían inmunizados.

El Estado tiene la ineludible obligación de preservar la vida de sus ciudadanos -por eso estamos obligados a llevar casco en las motos y cinturón de seguridad en los coches- y por ello se deberían de poner todos los medios a favor de ese colectivo social, para el cumplimiento efectivo de una cuarentena radical. Esto incluiría además del confinamiento domiciliario, reservorios que podrían ser pabellones feriales o deportivos con asistencia médica, dependencias militares, hoteles incautados temporalmente, dependencias municipales, etc…

Para el estricto control del confinamiento de este sector de la población, las autoridades policiales y sanitarias lo podrían comprobar simplemente con la fecha de nacimiento en el DNI, y los afectados por factores de riesgo, deberían de estar incluidos en un fichero informático elaborado por el Instituto Nacional de Seguridad Social, al que podrían tener acceso las fuerzas de seguridad del Estado. La adopción de esta medida apenas afectaría al conjunto de la economía nacional, porque estas personas son pensionistas o están rondando la edad de jubilación, siendo prácticamente nula su presencia en las plantillas de las empresas, y en el caso de los trabajadores por cuenta propia o los autónomos, siempre se podría plantear algún tipo de sustitución laboral.

Evidentemente en la disyuntiva entre salud y economía, siempre debe de prevalecer indubitativamente la primera, pero analizando los catastróficos efectos de la gripe china, en la que millones de personas no han contraído la enfermedad, pero han sufrido los efectos que el estado de alarma les ha ocasionado en sus vidas, con despidos laborales y cierres de empresas, habría que sopesar si compensa tomar medidas tan radicales como la aplicación del estado de alarma.

Los efectos destructivos de la propagación de una enfermedad, se asemejan a la devastación de un incendio. Cuando se produce un incendio ineludiblemente acuden los bomberos para apagarlo, y esto me recuerda un pequeño incendio que aconteció en la fábrica de puntos textiles de mi padre, que afectó tan solo a dos máquinas. Mi padre que enseguida llamó a los bomberos, se quedó horrorizado cuando vio que ante una puerta cerrada, los bomberos en vez de pedirle las llaves, la derribaban a hachazos, y si una máquina se interponía en su camino, en vez de rodearla, la volcaban para pasar por encima. Cuando se apagaron las llamas y se fueron los bomberos, los daños provocados por los bomberos fueron muy superiores a los del mismo incendio.

Esperemos que no surjan futuros brotes, pero si es así, los gobiernos y las autoridades sanitarias deberán de empezar a plantearse soluciones para compaginar salud y economía, por el bien de la sociedad.

Juan Carlos Segura Just

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