Este año hemos decidido hacer un cambio de enfoque en las vacaciones de mediados de junio, ese momento que reservamos para hacer nuestra salida romántica y celebrar el aniversario de boda. En esta ocasión, a diferencia de la pauta normalizada de visitar paradores en España, la idea ha sido probar con un crucero en uno de esos mastodontes de veinte plantas que tenemos la suerte de que tengan Barcelona como punto de parada en su recorrido.
Confieso que, inicialmente, no me llegaba a entusiasmar, al decantarme de partida por una mayor libertad de movimiento y hacer visitas con márgenes temporales suficientes para conocer medianamente los destinos, en lugar de esas visitas de entre tres y seis horas que son las que brindan como opción los alojamientos en el formato elegido para este año.
Pese a las reticencias propias de esa idea preconcebida, reconozco que me ha gustado, ha sido divertido, me ha parecido una experiencia interesante y, ahora que no me escucha mi mujer, puede que me brinde a repetirla. Reconozco que me he sentido muy a gusto y me he dejado seducir por esa vida en alta mar que, en realidad, ni te enteras que estás flotando por el Mediterráneo.
Lo de los barcos de crucero es increíble, concentrando todas las versiones de divertimento en un espacio que da de sí con suficiencia y satisfacción para el cliente. Un diseño de espacio que sorprende, al compaginar una bolera, el teatro, spa, gimnasio, casino, bares, terrazas, piscinas y todo lo imaginable -incluida una cancha de fútbol sala y baloncesto-, que permite el disfrute a diario sin la sensación de sentirte, para nada, encerrado. Por supuesto, espero que la sostenibilidad y el cuidado ambiental sea una absoluta prioridad y, siempre que se pueda, invito a probarlo.
La visita a Marsella, con la que iniciamos las excursiones, me hizo sentir que estaba como en casa. Comprendí rápido el interés de la guía para que trasladásemos las bondades de la que es su ciudad de acogida, al ser madrileña de nacimiento. Nos pidió de forma reiterada, sospechosamente, que hablásemos bien de la ciudad porque la fama que arrastra cree que no obedece a la realidad y afecta mucho a su imagen. A este respecto, voy a dejar a criterio del lector la conclusión, dejando constancia de que en las tres horas que duró nuestra visita a la capital de la región de La Provence, solo uno de los veintiséis excursionistas españoles que íbamos en lote “perdió” su móvil, tuvimos escupitajos y abucheos de un grupo de adolescentes con origen evidente del lado sur de la frontera melillense y vimos a lo lejos un lío con una pareja extranjera, al impedir el marido que ese mismo grupo de jóvenes de piel tostada se apropiase del bolso de su acompañante.
Situaciones que, siendo barcelonés y sabiendo el problema que también tenemos de delincuencia en la Ciudad Condal, era como estar en casa. Por algo comparten ambas ciudades el podio del riesgo, haciéndome más comprensivo con lo que sienten y viven muchos cruceristas y turistas al visitar nuestra ciudad.
El resto de visitas fueron muy bien, aunque debe reconocerse el inconveniente que supone la visita a Roma, al tener su puerto a un mínimo de hora y media por carretera, dependiendo de su caótico tráfico. Aún así, la grandeza de su historia y sus impactantes monumentos justifican sobradamente cualquier problema con las conexiones. Tampoco se puede decir nada malo de Génova o de Palermo, una ciudad interesante, con pedigrí y mucho vínculo con nuestro pasado.
Pero, si de algo sirve viajar es para valorar aún más lo que tenemos. Es una pena que España no tenga grandes empresas navieras con rutas de cruceros, pese a nuestra gran historia marítima, pero nadie duda de que ponemos los mejores destinos en cualquier ruta. La parada en Ibiza y la vuelta a casa, puesto que Barcelona será insegura pero también es muy bonita, certifican lo antedicho. No tenemos nada que envidiar y hemos de valorar lo privilegiados que somos por ser españoles y disfrutar de la vida en España.
Eso sí, ya en casa toca reflexionar existencialmente respecto del futuro de la humanidad, al ver la masificación turística y el abuso que muchos hacen de los recursos, sin dejar de lado ese detalle que supone tener las bebidas sin alcohol ilimitadas con el sorprendente límite de quince bebidas alcohólicas al día por persona. Un consumo que, con toda seguridad, no habremos cumplido ni sumando toda nuestra semana de estancia.
Quiero acabar agradeciendo la gestión de la agencia con la que contratamos el viaje. Algo que certifica lo que ya sabíamos de otras veces y nos tiene fidelizados: la fiabilidad, profesionalidad y seriedad de Viajes ECI (la del triángulo verde). ¡Gracias, Amalia!
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