Ada Colau ha vuelto al centro del tablero político barcelonés. La exalcaldesa insiste en que no quiere ser candidata en las próximas municipales, pero sus palabras llegan apenas unas semanas después de que su partido, los comunes, modificara su código ético para eliminar el límite de doce años en cargos públicos. Un cambio aparentemente técnico que, en la práctica, abre la puerta a su regreso al Ayuntamiento.
La maniobra no ha pasado desapercibida. Durante años, ese límite temporal fue uno de los emblemas de la regeneración política que Colau decía abanderar. Su eliminación, aprobada con discreción y sin grandes titulares, ha despertado la sospecha de que la exalcaldesa prepara el terreno para una vuelta cuidadosamente planificada.
La publicidad que consiguió gracias a la operación propagandística de la flotilla de Gaza la ha vuelto a situar en el centro del espacio político a la izquierda del PSOE en un momento de turbulencias y faltas de liderazgo. Colau, que mantiene una notable influencia en su partido, asegura que ahora su prioridad es el ámbito internacional y las redes municipalistas. Sin embargo, pocos en el entorno político catalán creen en su retiro. Su figura sigue siendo la más reconocible y mediática de los comunes, y su nombre continúa pesando en todas las quinielas.
Dentro del propio espacio morado, la versión oficial de que “no está en sus planes” se recibe con escepticismo. Dirigentes y antiguos colaboradores reconocen en privado que nadie en los comunes tiene hoy el peso electoral de Colau, y que sin ella el proyecto se diluye en la fragmentación del bloque ‘progresista’ barcelonés.
Su negativa pública es una operación para marcar los tiempos. Colau no necesita anunciar nada: le basta con dejar que el partido se reorganice en torno a su posible regreso, mientras ella mide los movimientos desde la distancia. Es, en definitiva, la estrategia de quien quiere controlar el relato sin moverse un milímetro.
Su credibilidad tampoco juega a su favor. En política, las negativas rotundas suelen tener fecha de caducidad, y Colau ha demostrado en el pasado una notable habilidad para rectificar cuando el contexto lo exige. El desgaste de los actuales referentes de los comunes en Barcelona refuerza esa hipótesis. La exalcaldesa ha sabido mantenerse visible —con intervenciones medidas y una agenda internacional que le da proyección—, pero sin asumir el desgaste del día a día municipal. Una táctica que recuerda más a una precampaña encubierta que a un auténtico retiro.
A falta de un año y medio para las elecciones municipales, el tablero barcelonés vuelve a girar en torno a su figura. Colau niega querer volver, pero todo a su alrededor apunta a lo contrario. Y si algo ha dejado claro en su trayectoria política, es que no suele dar un paso atrás sin tener previsto el siguiente.
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