Cataluña. Sobre el dolor innecesario

Cataluña sería hoy un país grotesco si no fuera por el dolor de mucha de su gente. El dolor es un parámetro que hace una realidad más dura. El dolor invade, nos corroe, a veces de manera sutil, otras con brutal urgencia.

Nunca lo evaluamos, no forma parte de ninguna relación de males o perjuicios causados a las personas o a la sociedad. Hablamos de confrontación, de ruptura, de enfrentamientos, enemistades, pero todo parece referirse a algo más cercano a una crítica en los usos y costumbres que a la patología social que nos afecta.

Podemos acudir a los expertos en sociología o en psicología social, podemos en base a citas más o menos acertadas, intentar explicar, reflexionar, plantear motivos, causas o… Es igual, nos dolemos, sufrimos y cuando nos expresamos, aun sea con rabia, explicitamos dolor personal, malestar intimo que nos limita como personas y sobre todo como ciudadanos.

El nacionalismo es una lacra, al menos como en Cataluña se ha expandido y como ha actuado y actúa. Tiene aspecto grotesco en buena medida, es lo que algunos, entre los que me incluyo, observamos para usar la “válvula de escape” del humor o el sarcasmo.

Es una forma de defensa, una forma de sortear el camino directo al odio al que pretenden empujarnos porque ellos ya lo han aceptado y lo practican con nosotros. Un ‘nosotros’ que engloba a todos los que no piensan como ellos.

Estos nacionalistas, aparentemente ufanos, ciegamente sectarios, autocomplacientes con su superioridad como se nos presentan, depositarios de toda bondad, con los sagrados atributos de la democracia, de la libertad, del honor, del pacifismo y del señalamiento divino de elegidos, en única e indivisible propiedad, son los que día a día en Cataluña con su presencia, con sus palabras, con sus actos ofenden, humillan, mancillan a millones de ciudadanos, en Cataluña, en el resto de España y a cualquiera que, en algún punto del mundo, tenga un gesto crítico con ellos.

El dolor tiene límites, desconocidos quizás. La vida nos da ocasiones e incluso castigos innecesarios para tan cruel experiencia. El dolor no lo superamos, pero si podemos luchar contra sus efectos, entre ellos el paralizante. Lo que sí conocemos es el claro deseo de no padecerlo innecesariamente.

Ya fue suficiente, no hay que aguantar más dolor.

¿Alguien antes ha visto tantos hombres y mujeres de expresión pública tan miserable? ¿Alguien ha vivido tanto gregarismo fuera de la dictadura? ¿Alguien asistió alguna vez a tanto odio vertido desde los medios que pagamos y que llamamos “públicos”? ¿Alguien ha tenido que defenderse tanto ante tanta manipulación informativa? ¿Alguien vivió mayor infamia que manipular a los niños como aquí se hace? ¿Alguien podía imaginar ser expoliado por sus mandatarios travestidos de patriotas?

A estas preguntas cabe añadir los hechos vividos, transmitidos en directo, como la vergüenza de las decisiones en el parlamento, el maltrato elocuente de los representantes de los partidos no nacionalistas y los ejemplos vergonzosos de electos riéndose y burlándose públicamente de la legalidad de los poderes judicial, legislativo y de hecho de su propio marco lega, Estatuto incluido. Y medios y periodistas contratados o subvencionados que hacen de la mendacidad oficio y del odio profesión.

No nos insultan, simplemente, según ellos, nos califican cuando nos llaman “fascistas, colonos, inmigrantes, sarnosos, invasores…”. Somos su preocupación prioritaria, no lo es la Sanidad “enferma” por corrupción e incapacidad de gestión, no la preocupación por los más desfavorecidos, con la mentalidad de la caridad más inoperante, no el abandono de las actividades culturales y sí primar a las “raciales”, las celebraciones históricas mentirosas, propias de gañanes, los gestos de banderitas, lazos solidarios, cárceles simuladas, cruces y otra parafernalia en progresión enloquecida.

Hay que repetir y debemos creérnoslo: Ya fue suficiente, no hay que aguantar más dolor. Ni afrentas.

No hay que esperar reacciones serias de algunos partidos, incluidos los que durante años han sido vejados por los nacionalistas y los han llevado a la carrera estúpida por demostrar que son catalanes. Deben decidir si son cómplices o demócratas y entonces recuperan la confianza o la perderán ya irremisiblemente.

No hay que dar soporte a nada que nos divida, exigir acuerdos, pactos, inteligencia y acción. La división nos pudre, nos hace mas débiles y el enfrentamiento nos lleva a la miserabilidad, a ser más cercanos a ellos.

No hay que odiar, pero tampoco contemporizar, hay que trabajar y como en la política bien entendida, todo comienza en el comportamiento individual basado en convencimiento ideológico o en ética y moralidad, o en todo.

No hay que dejarse vencer, no desanimarse, es un camino largo, quizás mas largo por causa de nuestro letargo pues si algo no debemos olvidar es nuestra parte de culpa por contemporizar demasiado con los nacionalistas. Así siendo autocríticos podremos exigir a quienes institucionalmente han transigido también que enmienden, gobierno, partidos, instituciones.

Y reclamarnos ejerciendo como solidarios, demócratas, libres, legales, cosmopolitas y sin fronteras mentales.

José Luis Vergara

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