El bucle melancólico separatista se desgasta

Cuando apareció “El bucle melancólico” de Jon Juaristi, se abrió una primera brecha en la psique profunda de todo nacionalismo y no sólo en el vasco. Salvando las diferencias entre el nacionalismo vasco y el catalán, ciertas claves de esta obra nos sirven para entender hacia dónde vamos. El nacionalismo catalán -siempre he defendido- está enfermo de melancolía. La melancolía es fruto de un deseo que se percibe como alcanzable, pero que se deshace cuando los dedos ya rozan el objeto deseado. Lo peor es que nadie se engaña y todos saben que esa hipotética realidad nunca se concretará tal y como se anhela. La melancolía, por ello, genera bucles ciclotímicos de euforia y depresión. Euforia ante el ensueño y la frustración ante la realidad.

Cuando en 2012 se inició el último bucle del separatismo, Diada tras Diada, la espiral ascendente parecía imparable. Ítaca era avistada por los más visionarios y las masas remaban ciegas pero entusiastas. En la Diada de este año, el bucle ya no ha podido disimular un bajón iniciado hace dos años que denota cansancio, desgaste y depresión melancólica ante la realidad que se impone, como el arrecife que embarranca el barco de Ulises. Incluso la performance a la que nos tenían habituados en las Diadas (signo de un infantilismo inconsciente que rememora los esplais parroquiales donde se sembraba el catalanismo) este año ha sido caótico y deslucido. A ello se suma una significativa disminución de la participación.

Hay que tener un instinto muy fino para entender la psicología de los catalanes. Y este instinto sus líderes lo han perdido. Una parte del nacionalismo soberanista se sustenta en esas familias benestants de los pueblos, aquellas familias que hace 60 años eran franquistas y luego fueron pujolistas; que en las jornadas dominicales, tras cumplir el precepto dominical, iban a votar a CiU. En definitiva, nunca han dejado de ser gent d´ordre. Es verdad que cada vez son menos: las iglesias de la Cataluña profunda se vacían, como las arcas de la Generalitat, y los nietos dejan de hacer la confirmación para iniciarse en Arran.

No obstante esta base demográfica, envejecida, pero real, es la que Puigdemont ha espantado. Las confrontaciones parlamentarias vividas estos días, las imágenes de la Guardia Civil registrando honorables periódicos comarcales subvencionados, los postureos agresivos de la CUP, o las interminables imputaciones a políticos nacionalistas han destruido el “constructo imaginario” de la revolución de las “sonrisas”. Y, como hemos dicho, el catalán es melancólico, y un sector del nacionalismo preferirá volver a encerrarse en su casa y l´hortet para lamerse las heridas de un sueño revocado el próximo 1 de octubre. Sabemos que aquí no acaba la historia, pues tarde o temprano el bucle melancólico volverá a activarse en modo eufórico. Nos queda mucho por ver, pero todo escenario político se regirá bajo esta estructura psicológica colectiva.

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