Con cierta ligereza hablamos de temas de “imagen”, en especial referidos a los gobernantes y muy especialmente en todo este embrollo de gobernanza que la pandemia nos ha deparado, o facilitado.
La brutal utilización de alocuciones con la que nos abruman el presidente y sus ministros, unas veces como aparente ejercicio de información y otras como ejercicio discursivo, son siempre intentos de dotarse de buena imagen o consolidarla ante quienes así ya la aprecian.
Cuando aparece Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o el dúo Illa y Simón nunca improvisan, manejan muchos más datos que nosotros, saben mucho más del tema. Otra cosa es como los usen y su capacidad de expresión oral y corporal o la intención que llevan a tratar el tema, el que sea. Otra cosa son las apariciones de algunos ministros, Montero una y otra, Calvo, Celaá, Díaz, Marlaska, Duque o Ábalos, más complejas de entender, si aceptamos que son algo más que comparsas.
En estas apariciones, con especial querencia por la televisión, cualquiera de ellas está convenientemente planificada y tratada de la manera que se acuerda. Y esto está en manos de asesores que les dicen cómo actuar. Muchas veces cómo vestir, cómo gesticular y sobre todo cómo usar frases hechas que coyunturalmente se creen oportunas, “mensajes” o “ideas fuerza”, cualquier definición vale.
La creación de imagen no obstante es mucho más compleja que todo esto que parece más pensado para artistas del espectáculo que para gobernantes. Los políticos desde hace muchos años se decantaron por esta modalidad que tiene más que ver con la publicidad que con la búsqueda de una percepción positiva y reflexionada de sus seguidores o posibles votantes. Pretenden seducir más que interesar o convencer. Y encima le llaman a esto «comunicarse».
La imagen que nos hacemos de alguien viene dada por lo que hace, lo que nos dice o lo que nos dicen de él. Cuando es una persona de claro posicionamiento moral o ideológico y huye de las vanidades fútiles y se revela como decidido y con capacidad de liderazgo, eso nos llega de forma directa, confirmando o desacreditando lo que los intermediarios interesados, los medios sectarios, nos digan de él.
La forma de actuar de Pedro Sánchez se ha visto muy “trabajada” en función de su buen físico hasta el punto de la banalidad cuando no la ridiculez, las fotos con gafas de sol en el avión presidencial son un ejemplo. En cuanto a gestualidad, la puesta en escena tan forzadamente de humildad moviéndose como si los brazos estuviesen pegados a la cintura por sus codos y perorando como un cura postconciliar, en puesta al día, acaban haciéndose difíciles de soportar si no eres amigo paciente o seguidor acrítico, más cuando se le escucha un discurso vacío, falto de emociones y escaso de mensajes con carácter.
Esta puesta en escena chirria desagradablemente cuando está en el parlamento y la cámara lo enfoca mientras alguien, de la oposición normalmente, tiene la palabra. Entonces el no mirar, mover la cabeza, tensar la facciones, risitas bobas y mohines varios, simulando mirar papeles, no es parte de la “puesta en escena”, son las simplezas del personaje. Eso lo hace especialmente desagradable, ya que otros cuando se quejan le ponen humor, algunos y algarabía otros, pero no son tan desagradables como él lo es hasta el punto que si sigues un debate, estos gestos parece tienen más importancia que cuando sube a la tribuna o toma la palabra. Aparece como un maleducado, un niño malcriado.
La imagen buena o mala se hace en función de la actuación general. Si, como ahora, afrontas una crisis grave por los aspectos sanitarios y económicos que nos llevan a una situación de imprevisible dureza (por la crisis y por la gobernanza de Sánchez), hay que hacer política, hay que liderar y hay que gobernar. Anteponer a ello frenar el descontento que aparece por doquier, mediante pagos a medios de información amigos, hacer clientelismos con medidas reales o ficticias, prometer un día lo que al siguiente niegas, cambiar de opinión, contradecirse en una intervención, no dominar el discurso manifestando incapacidad, no aceptar críticas, no disculparse por errores, no asumir ninguna responsabilidad, cargar a los otros la culpa de todo, no reaccionar con empatía ante los miles de muertos y tanto dolor, no es un problema de corbata negra o no, es que los sentimientos infiltren los mensajes y se perciba sensibilidad y decencia. Ya es tarde, los tics, gestitos de niño enfadado y despreciativo con el postre, son parte de la construcción de su imagen, de la nadería vanidosa.
José Luis Vergara. Mayo 2020
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