Artículo noveno: que trata de grados de libertad

Si usted acude a la Wikipedia para consultar sobre “grados de libertad” se encontrará con que deberá antes decidir si lo que le interesa se refiere a las matemáticas, a la estadística, a la física o a la geomorfología fluvial… todo ello con definiciones cuya comprensión implica cierta dificultad. Yo recuerdo que cuando estudiaba en el colegio, los grados de libertad que contemplábamos eran más fáciles porque sólo estaban relacionados con las dimensiones (una, dos o tres) en las que un objeto podía moverse, respectivamente: a lo largo de una recta, o sobre un plano, o en el espacio.

Cuando llegaba la hora de la asignatura de religión, estudiábamos que los pecados podían ser contra Dios, el prójimo o uno mismo; o agruparse en espirituales y carnales; o ser de pensamiento, palabra u obra (u omisión). Esta última clasificación siempre me hacía pensar en los grados de libertad del párrafo anterior; imaginaba que había una correlación entre las tres dimensiones de la física o las matemáticas, y las posibilidades del hombre para moverse en el terreno del pensamiento (las ideas), de la comunicación (las palabras) y de la acción (obras u omisiones).

En consecuencia, deberían existir unos “grados de libertad” que se correspondiesen con ellos: una libertad de pensamiento, otra que lo fuera de expresión y, finalmente, libertad de acción. ¿Y por qué digo “grados de libertad” y no “libertades”?, pues porque considero que van de menos a más en ese mismo orden: ideas-palabras-acciones (no hay más que ver las consecuencias; así, las de las ideas suelen ser otras ideas o argumentos de mayor o menor inocuidad; las de las palabras pueden ir desde el elogio al insulto y, por tanto, generar sentimientos y algún problema; las de las acciones, en cambio, pueden variar desde la caridad más sublime a la catástrofe más lamentable).

Así piensa también un buen amigo mío que, hace poco, con motivo de los encarcelamientos preventivos de determinados independentistas (no por sus ideas, sino por sus acciones) se dirigió a mí para hacerme partícipe de estos pensamientos. Me decía que, en línea con esta misma gradación de libertades, está fenomenalmente bien que la sociedad actual, avanzada y democrática, conceda una libertad de pensamiento absoluta, una libertad de expresión limitada y una libertad de acción restringida. Me alegré al oírlo porque de algún modo esta última consideración completa mis pensamientos anteriores y puede resultar verdaderamente útil para las mentes de quienes no tengan esto claro. Pero amigo… nada de esto es novedad: todo está en la Constitución Española de 1978, así es hoy la sociedad en España; y… ¡oigan!: en toda ella, mal que les pese a unos cuantos miopes de una de sus más queridas partes (y la cuna de mi amigo, y la mía).

La libertad de pensamiento, o de conciencia, concede al individuo su derecho a no ser sancionado ni perseguido por sus ideas, opiniones o credo religioso. Es un derecho con carácter absoluto que no debe ser regulado en forma alguna, sino respetado tanto por los poderes públicos como por los individuos. La Constitución Española lo garantiza (art. 16) sin más limitación que la de mantener el orden público (que ella misma ha de proteger también) en las manifestaciones que se hagan; y nadie puede ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias ni ser discriminado por razón de opinión (art. 14). Es un derecho absoluto, sin límites, que permite incluso ideologías contrarias a la propia Constitución y a la democracia…, que ya es decir ¿no cree?; no le sorprendan, pues, determinadas resoluciones del Tribunal Constitucional con respecto a los partidos independentistas (cosa muy distinta es la legalidad de la vía que siguen para alcanzar sus objetivos).

La libertad de expresión (art. 20) permite expresar y difundir cualquier pensamiento, idea u opinión por cualquier medio, sin censura previa, etc…, pero se trata ya de un derecho relativo pues a la limitación citada hay que añadir alguna otra, como las relativas a la veracidad de la información y el respeto a otros derechos reconocidos en la propia Constitución y otras leyes que la desarrollan, entre los que figuran el del honor, la intimidad, la propia imagen, la protección de la juventud y la infancia…

En cuanto a lo que he denominado “libertad de acción (u omisión)”, solo a efectos de este artículo pues creo que no es un término jurídico, la Constitución (art. 25) remite a la legislación vigente al establecer que nadie puede ser condenado o sancionado por acciones u omisiones que en el momento de producirse no constituyan delito, falta o infracción administrativa (una mente sensata entiende bien que lo contrario sí, que si constituye algo de eso puede y debe ser haber sanción). Es obvio pues que en este caso ya no cabe hablar de alguna limitación sino de un conjunto amplio de importantes restricciones recogidas en toda clase de leyes.

No parece que este sencillo esquema mental presida las mentes de los independentistas, cuando protestan por la detención y las medidas cautelares tomadas contra algunos de sus líderes, alegando que el Estado vulnera con ello un derecho fundamental como es el de la libertad de pensamiento.

Como dije la semana pasada, no están presos por sus ideas políticas. No son presos políticos sino políticos para los que (con todas las garantías) se ha acordado “prisión provisional comunicada y sin fianza” como medida cautelar por unos hechos concretos, en lugares, fechas y horas concretas que figuran reflejadas en las resoluciones correspondientes… y no voy a entrar en ellas ni a repetir las cuestiones que deberían plantearse muchos para entender todo esto. Sí añadiré que, como sugirió el acertado comentario que me hizo a continuación otro amigo, no hay en España “diputados presos” sino “presos que desde la cárcel han podido legalmente presentarse y obtener un escaño del Parlament”…; bueno, pues ya verá usted cómo el tiempo que tardan en tergiversar esto es exactamente igual al tiempo que tarde el primero de esos diputados en recoger su acta. (Un tercer querido amigo mío me dice que estos artículos sirven para “destergiversar”).

Yo creo que para la generalidad de la gente es fácil de entender y, por tanto, innecesaria tanta repetición; sí puede ser conveniente, en cambio, para los independentistas habida cuenta de que fue, precisamente, con machacona repetición como llegaron a calar en sus obtusas cabezas los absurdos que aún les duran.

Si serán obtusas sus cabezas que no ven siquiera que sus propios líderes sí tienen claro que son los hechos delictivos y no las ideas las que les llevan a estar entre rejas. ¡Ah!, ¿le sorprende a usted lo que estoy diciendo?, no le sorprenda…; lo repito: los líderes (y sus abogados) sí saben bien eso. Lo que mejor lo prueba es la gran diferencia que existe en sus actitudes cuando se enfrentan a la multitud que les sigue y cuando se enfrentan al juez: con aquéllos presumen –se jactan-, de desobedecer las resoluciones del Tribunal Constitucional, por ejemplo, mientras que ante el juez dicen no ser conscientes de haber desobedecido ninguna de ellas; hablando a aquéllos resulta que han proclamado la República Catalana, al juez le dicen que no tenía ningún valor jurídico sino simbólico ya que no era más que una mera exposición de motivos; ante la multitud enardecida, o la multitud a enardecer, se presentan como muy valientes y patriotas guerreros que sufren las consecuencias de una persecución puramente política, pero saben que están aún en el terreno de las ideas y que por tenerlas y exponerlas sin alteración grave del orden público nada les va a pasar porque les protege la –odiada- Constitución Española, quizás sea por ello por lo que piden tanto civismo…

Los líderes sí saben que son los hechos los que pueden juzgarse como delictivos y no las ideas. Juegan a este juego, y pretenden que no nos demos cuenta: se sienten halagados cuando la masa les llama presos políticos y hasta lo fomentan…, pero saben que no es así y, por tanto, su juego no es un juego limpio. Bueno, déjeme que lo diga bien: es un juego sucio.

Aquí el enlace al artículo octavo. En unos días, volveré con usted para hablar de seres insaciables.

Por Ángel Mazo

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