El coladero del Constitucional está dejando el barrizal político español en su peor nivel de credibilidad. Lo que vivimos en la actualidad es un desbarajuste absoluto y un mayúsculo insulto a la lógica institucional. Ese Tribunal, un órgano ajeno a la Justicia, se involucra en las decisiones judiciales corrigiendo los fallos tomados dentro del ámbito jurídico para seguir una pauta establecida y acorde a intereses de partido. Se permiten el lujo de contradecir lo que todos entendemos, sin ser juristas, saltándose la coherencia y los intereses del Estado con el objetivo de dar oxígeno tergiversador al sanchismo.
Aunque España es un país serio y con instituciones válidas, todo se puede poner en duda con este Gobierno sanchista. Un poder político que está, esperemos, dando sus últimas bocanadas. Su obsesión por controlar los órganos de decisión y el afán por aplicar la ingeniería electoral con los nietos, bisnietos o tataranietos, como veremos, nos lleva al descrédito absoluto de una Justicia que se ve supeditada al comodín del Constitucional.
El empeño por revertir las decisiones supremas de los tribunales de Justicia, aplicando el rodillo del contubernio presidido por el súbdito Conde-Pumpido, desanima y desmotiva a una sociedad que se siente desprotegida. En este sentido, puedo certificar lo anterior tras todo lo luchado para intentar que se castigue como merece, sin indultos ni amnistía, al golpismo de 2017. El futuro inmediato debe solventar este error en el funcionamiento del Sistema, al ver como el marco constitucional se aplica al gusto y disfrute del que manda en la política y sufriendo un nivel de intrusismo avasallador que ha alcanzado el cénit con el sanchismo.
Lo sucedido con los golpistas catalanes tras el bochorno de 2017 no tiene perdón. Me río del argumento de la convivencia. La fractura social no se ha limado ni corregido en absoluto. Lo único que se ha conseguido es que el teórico constitucionalismo, tapándome la nariz para seguir metiendo en ese lote al PSC que ha engañado a su electorado y que no considero dentro de dicho ámbito, haya asumido ilusionadamente todas las exigencias del separatismo.
No entiendo que hayamos podido resistir toda una legislatura sin presupuestos, pero la presión sí fructificara para permitir la claudicación y aceptación de los cambios en la configuración del Tribunal Constitucional, provocando algo que se sabía que iba a suceder. La entrega del TC al sanchismo debe ser algo que merece una profunda reflexión por parte de los que la hicieron factible.
Lo supremo, por definición, es algo que está en el grado más alto de la jerarquía, sin nada superior en su clase y que posee una cualidad en su nivel máximo. Vivimos una vergüenza que debería solucionarse con el nombramiento de integrantes del TC, que no tienen porqué ser jueces al no ser un órgano judicial, comprometidos con la objetividad y plenamente distanciados del criterio político. El uso indigno del TC del que somos testigos debe servir para poner el punto final a este abuso desesperado que vivimos antes del deseado fin del sanchismo.
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