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Artículo cuadragésimo tercero: dementes de mentes maquiavélicas

Por Ángel Mazo
miércoles, 29 de agosto de 2018
en Opinión
6 mins read
 

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El Institut Nova Història (INH), al que pertenece el muy meritorio, inefable y muy comentado Víctor Cucurull, viene diciendo -al menos desde 2013 y sin que nada pase- que Cervantes era catalán, como Colón, Pizarro, Hernán Cortés, Santa Teresa de Ávila, Americo Vespuccio, y tantos otros. Afirma que, dado el parecido de las montañas del fondo del retrato de la Gioconda con las de Montserrat (mírelo usted, pero tómese tiempo) y algunas similaridades entre no sé qué escudos nobiliarios, Leonardo da Vinci habría nacido cerca de allí: en Manresa, Vic  o La Garriga. Van bien éstos…

Nos cuentan que a Cataluña se le ha robado hasta la historia; que el Cervantes catalán se llamaba, en realidad, Servent y cuando escribió “El Quijote”, lo hizo en su lengua; usted comprenderá enseguida que esto es algo muy lógico. También comprenderá enseguida que “Nova Història” es un nombre muy bien puesto para este instituto.

A partir de ¡pruebas documentales! sobre la presencia de catalanes en la empresa del descubrimiento y colonización de América (pues claro que hubo, ¡y conquenses!), se habla de la “contribución catalana” (como tal) a la magna empresa, en un ensayo que no tienen empacho en titular así: “Descubrimiento y conquista catalana de América”. Pues ya ve usted; de igual modo, la obra catalana sobre el ingenioso hidalgo de La Mancha se la apropió Castilla (ignoro si Castilla la Nueva o Castilla la Malvada) y ahora ha podido descubrirse todo a través de los errores lingüísticos de lo que dicen que no es más que “una mala traducción” del original catalán al castellano. Van bien éstos…

Las capacidades de los lingüistas son asombrosas, pero estos lingüistas metidos a historiadores perfectamente polarizados van a acabar dejando en nada la investigación sobre la piedra de Rosetta. Decía Sartre que “incluso el pasado puede modificarse, como demuestran los historiadores”, y el barcelonés Noel Clarasó que “si retornase el pasado, comprobaríamos que nada es como nos lo contaron”.

Por otra parte, con libros como el del Quijote nos suele pasar como con “El Príncipe”, de Maquiavelo: todos tenemos una idea de sus contenidos, pero nadie los ha leído más que en parte, o ni siquiera eso. Así es que nos pueden contar lo que sea, y nos lo tragamos… Mire usted por dónde, en el caso de Maquiavelo yo estaría más dispuesto a creer que fue, no ya paisano mío sino un independentista catalán, un “responsable intelectual del procés”. No me baso yo en errores lingüísticos sino en ciertos elementos de su vida y obras, de su pensamiento, convertidos en indicios de mi investigación. Tampoco me baso, aunque ganas no me faltan, en que el adjetivo “maquiavélico” tiene hoy una connotación peyorativa, por indicar manifiesta mala fe.

Me baso en elementos como su invención de la razón de Estado; su idea de que el fin justifica los medios; su concepto de la bondad de la religión sólo cuando resulta útil para el propósito perseguido; su noción del arte de gobernar como algo independiente de la ética; de que el hombre se mueve por pasiones, deseos y ambiciones; la  preeminencia del “salvapatrias” sobre el hombre justo; la importancia del sentido de la oportunidad para aprovechar las ocasiones que uno ve abrirse; la mayor confianza en la fuerza de los ciudadanos que en la de los mercenarios; el relativismo moral que hace iguales a todos los que tengan una opinión cualquiera que sea el valor de ésta… Si me ayuda usted, estoy seguro de que encontraremos más indicios.

Me baso también en que, desde Rousseau, se interpreta que el autor florentino era más republicano que monárquico, como parece ser que demuestra su obra sobre Tito Livio frente a lo que pone en El Príncipe, que he sabido que tiene ahora carácter irónico (tal vez estuviera dispuesto a servir a cualquier amo). ¿Voy mal orientado?. Sugiero que a la portada de la próxima edición del libro se le añada una estelada; Mussolini decía que esta obra era un vademécum para estadistas, y tal vez ordenaría poner en su portada un haz de lictores.

Maquiavelo, diríamos hoy, “lo tiene claro” y aconseja al Príncipe, con desfachatez, que use procedimientos despiadados si se requieren (cap XII), presume de duro aunque no le respalda la realidad tanto como parece (cap XV). Se sentía patriota y buen servidor del Estado (en este caso, dicen, “el próximo de Europa”), y no de una facción (en este caso, cualquier facción contraria al independentismo no se tiene en cuenta, y punto); confiaba en conservar su puesto pero fue destituido (¡cuán odiosas resultan las comparaciones!). Condenado a una especie de exilio y, desde luego, al ocio forzoso, su puso a diseñar el Consell de la República; ¡huy, perdón, que me he ido de madre!: quería decir que se puso a escribir sus obras.

En El Príncipe, refleja la maldad de los que detentan u ostentan el poder, sus pasiones y ansias por conservar el puesto (caps III, IX, XI, XII, XVIII y XIX), los principios perversos que les guían. No es necesario que tengan virtudes, basta con que las aparenten (lo primero hasta puede ser perjudicial, lo segundo es siempre útil… caps I y  XVIII); el vulgo y nada más que el vulgo es lo que importa. Para triunfar, hay que simular, mentir, faltar a la palabra dada. Todo vale para conquistar el poder, ejercerlo y conservarlo; hay que aprovechar cada momento de debilidad del enemigo para atacarlo. Los príncipes exitosos han sido los que han embaucado a los hombres con su astucia, más éxito han tenido que los que han actuado con lealtad (cap XVIII). ¿Sigo?

Cuando se pierde el poder, el príncipe tendrá como enemigos a los que ofendió cuando ocupaba el principado, y no podrá conservar como amigos a algunos de los que le apoyaron (cap III).

La responsabilidad del príncipe es tanto mayor cuanto menor ha sido su esfuerzo por obtener el principado (distingue aquí Maquiavelo a los que lo alcanzan por su virtud o por la suerte, no podía imaginar lo enrevesado de la política catalana). El príncipe que confía por completo en la suerte, fracasa en cuanto la suerte cambia (cap XXV).

Le guarda de los aduladores hacerles comprender que no le falta al respeto quien le dice la verdad pero, si todos se la pueden decir, acaban por perderle el respeto (cap XXIII).

Los fundamentos principales de todos los Estados, son las buenas leyes y los buenos ejércitos, puesto que no puede haber las unas sin los otros, y donde hay buenos ejércitos conviene que haya buenas leyes (cap XII). (De esto, de buenas leyes y buenos ejércitos, deberían saber más en el Parlament…).

Hay que conseguir la felicidad del pueblo, empezando por asegurar la propia permanencia en el poder, cosa ésta esencial (cap XXVI). Como las gentes son volubles, es difícil mantenerles mucho tiempo en la misma convicción, así es que hay que tener preparada la forma de superar el desencanto y encontrar la forma de obligar a creer cuando no crea (cap VI); adelantado aparato propagandístico que seguramente hizo las delicias de Goebbels. Pero, es bien conocida la frase de Abraham Lincoln: “Se puede engañar a una parte del pueblo todo el tiempo, o a todo el pueblo una parte del tiempo; pero no puede engañarse a todo el pueblo todo el tiempo”. (Ahí lo dejo ya, pero termino preguntándome si bastaría con engañar a los que fueren suficientes para obtener la mitad de los diputados más uno, contando con la ley d’Hondt).

En cierta ocasión dijo el poeta Ramón de Campoamor en unos versos a su interlocutor:

“Tengo un consuelo fatal / en medio de mi dolor: / que estando todo tan mal / ya no podrá estar peor”.

El interlocutor, más “prosaico” (por la falta de métrica y rima, pero también de idealidad) le contestó que “Toda situación, por mala que sea, es siempre susceptible de empeorar”; creo que se llamaba Jordi, Jordi Murphy…


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Etiquetas: Ángel Mazo
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