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Artículo cuadragésimo: par de apriete

Por Ángel Mazo
miércoles, 8 de agosto de 2018
en Opinión
7 mins read
 

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Un tornillo es un elemento mecánico roscado que se usa para fijar una pieza a otra mediante un agujero practicado en la que sirve de base; éste debe estar roscado de igual modo o, si no, traspasarla para que una tuerca al otro lado se encargue de hacer la fuerza que ha de fijar el conjunto.

No sé bien qué piezas son las que trata de unir el President Torra pues él mismo dice, con otras palabras, que en su ánimo está más bien separar. Pero, como sus predecesores (aún no ha inventado nada por sí mismo, que yo sepa), se dedica a apretar y apretar mientras, supongo, espera que el resto de los problemas de mis paisanos se resuelvan una vez lograda la república, o sea: nunca.

Juega a “apretar” al Jefe del Estado, al Presidente del Gobierno de España, a los muy queridos jueces que le estarán escuchando, etc., tal vez por ver si así les inmoviliza y continúa el procés a su aire, libremente, sin nuevos y mayores contratiempos (“sin cortapisas”, fue la expresión de moda tres semanas atrás), y sin arriesgarse a ir a la cárcel o huir de la justicia al extranjero (por asumido que lo tenga, dada su edad y la de sus hijos, que eso ya se ha encargado de decírnoslo aunque no sabemos si en tono de resignación o de amenaza).

Las cabezas (las de los tornillos, no las cabezas de los que los aprietan) son de varios tipos: plana, fresada, redondeada, tipo Allen, Phillips, Torx, etc. entre las más conocidas en cualquier ferretería. Las cabezas de los que atornillan el procés ya saben ustedes por mis artículos que responden sólo a dos tipos: la vacía “con eco”, y la llena de “pájaros”. Con semejante silencio o ruido, según el caso, es fácil comprender que no sepan bien lo que es el par de apriete.

Se denomina “par de apriete” al par de fuerzas con el que se debe apretar un tornillo o tuerca, y se expresa en unidades de fuerza multiplicada por la distancia o brazo de la herramienta. Una llave dinamométrica puede regular el apriete para no pasar del par máximo que admite el conjunto, y es que no saben estos supremacistas independentistas que hay uno, no un conjunto sino un máximo, ni saben que detrás del máximo hay siempre un par, no de apriete, sino de algo muy diverso y común (el mío, por ejemplo).

Es la tensión en el tornillo lo que sujeta las piezas, pero entran en juego la métrica del tornillo, su dureza, el material de las arandelas y la viscosidad del lubricante, cuando lo hay. Cuando se rebasa el máximo par de apriete, a todos nos ha pasado alguna vez, decimos que “hemos pasado de rosca” el tornillo y ya no aprieta como debía.

Acostumbrado Torra al ritmo de inacabable monserga del independentismo, mucho más rentable que la independencia en sí como ya he explicado más de una vez y como siguen sin entender los responsables de los principales partidos políticos estatales, tal vez crea estar tranquilamente apretando un tornillo “sinfín”, que también existen y así se llaman, y es una cosa para él preciosa porque no acaba nunca (y no para otros aunque a la rueda dentada se le suela llamar “corona”).

Pero no. El 1-O, el secesionismo pasó de rosca un tornillo y la pieza quedó coja en una situación técnicamente conocida como “155”, ahora se dispone a apretar otro tornillo a ver si con éste basta. Pero no. El máximo par de apriete de éste es independiente del par de apriete del tornillo anterior, cada uno tiene el suyo. Es lo que tiene.

Torra no resuelve nada, ni siquiera para el propio independentismo; prácticamente todo lo que hace no es más que apretar sin que nada se mueva. Pondré ejemplos: es apretar apresurarse, nada más ser investido, a poner un gran lazo amarillo y la correspondiente pancarta en el balcón del Palau de la Generalitat y a decir que es Puigdemont quien debería estar en su sitio. Es apretar afirmar a continuación que sólo obedecerá las leyes que salgan del Parlament y que internacionalizará el “conflicto”.

Es apretar dar a entender que puede no asistir junto al Rey a la inauguración de unos juegos y no confirmarlo hasta el último momento, y encabezar justo antes una manifestación contra su presencia en la ciudad, y acabar avisando de que no se va a invitar a Su Majestad a los actos que organice la Generalitat ni a asistir a los que él presida. Y añadir, esta última semana, que “ya no es el rey de los catalanes” (como hacen siempre: pretende hablar por todos nosotros sin permiso).

Es apretar presentarse en el Palacio de la Moncloa con un lazo amarillo en la solapa que viene a decir que en la nación, cuyo Gobierno preside quien no objeta recibirle así, existen presos políticos, no hay verdadera democracia ni justicia, etc. Es apretar pretender no hablar más que de autodeterminación (erre que erre), y convocar una inmediata rueda de prensa para decir una o dos veces por minuto que todo consiste en resolver políticamente lo que es un problema político y que eso se hace votando en un nuevo referéndum.

Es apretar amenazar con aprobar una Constitución para Cataluña, decir que no renuncia a nada, que desgranará una nueva hoja de ruta para el independentismo (hoja que aclarará, ¡cómo no!, precisamente en otoño, alrededor de la diada y el primer aniversario del referéndum), que quiere se retiren los recursos a las leyes del Parlament que no pasaron el filtro constitucional y aplicar el mandato del 1-O y el 27-D (del mandato del 6-E no ha dicho aún nada pero, por la fecha, tuvo que haber uno también).

Es apretar afirmar que las decisiones que toma un juez con respecto a diputados delincuentes –en prisión o huidos- son un ataque a la soberanía del Parlament y que hay que votar si se cumplen o no las sentencias. Habría callado, digo yo, semejante estupidez en Washington, donde montó  un numerito y luego arremetió contra la impecable reacción del embajador Morenés (¿esperaba que le saliera gratis el insulto a España ante el embajador de España?).

Es apretar también difundir a todos los vientos que “la justicia europea” ha dicho que no ha existido delito de rebelión en la actuación de Puigdemont (la realidad no es ésa, sino que ha dicho un juez alemán que no le va a extraditar por ese delito sino por otro dadas las diferencias entre códigos penales –el asunto de la “violencia suficiente”-) y añade Torra que eso desprestigia una vez más a la justicia española; todo ello ocultando que  sí ha reconocido el de malversación y que en España se respetan absolutamente las garantías procesales y que aquí no hay presos políticos.

Es apretar, añadir que tampoco hubo malversación, y que si no se reconoce allí rebelión, los políticos presos (él lo dice al revés) no deberían permanecer en las cárceles españolas “ni un minuto más”; este hombre no sabe lo que es una duda, al parecer. ¡Ea, que no hubo nada de nada. Ellos a casa y nosotros a la calle a festejarlo, pero ya!. (En fin, de esto ya hablé en su día). Con respecto a lo de los presos políticos, no va a querer cambiar su discurso –ya imagino- pero podría aprovechar para hacer él un gesto, no sólo exigírselos al Gobierno, y no llevar ya el molesto lacito amarillo “ni sesenta segundos más”, tic-tac, tic-tac…

Aprieta con las palabras (ha visto en cabeza ajena adónde conducen los hechos), las escoge y juega con ellas (cada palabra esconde un discurso) y las repite constantemente (con la esperanza de que, al llegar a mil, se produzca el milagro de que se conviertan las mentiras en verdades).

Torra aprieta pero es que a él también se le aprieta; lógicamente, no es el actual Gobierno de España quien lo hace, sino Puigdemont -su jefe huido -y su propio partido con algunas exigencias concretas; (un poquito) ERC y (algo más) la CUP, ANC y CDR’s que le piden “república o dimisión”.

El líder de la CUP amenaza a Torra con “sacarle la tarjeta roja”… lo que quiere decir que a la autoridad del sátrapa de Bruselas/Berlín/Bruselas hay que sumarle ésta: vamos, que en realidad no manda ni aprieta Torra, sino otros, otros que no son los responsables ante un juez. Y ya se sabe que si el que manda no es el responsable, se hace más audaz y el resultado puede ser muy trágico. Sabemos cómo ha llegado Torra a escena, pero no por dónde hará su mutis, que lo hará… Él dice estar preparado y que no tiene nada que perder. Pues ¡nada!, bien mirado…

Al final, la cuestión más crítica de este repaso de tornillería es la del máximo del par de apriete: o se gestiona bien o se pasan de rosca otra vez y no sirve de nada. Claro está que siempre les quedará la posibilidad de buscar un nuevo tornillo que apretar y una nueva mano que lo haga; con mucha astucia e innegable determinación, lo que se llama “quedar bien” (“quedar bien en casa”, porque fuera de ella lo que queda es sólo la imagen del típico apretón, sin más, y de apretones hay más clases que de cabezas de tornillos…; me recuerdan al pato argentino del chiste: cada paso un “apretón”).

Por Ángel Mazo


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