Artículo cuadragésimo octavo: la rana hervida

En mi artículo 16º, sobre propaganda política, traté de los once clásicos principios de Goebbels. Recientemente, he leído de Noam Chomsky que ha resumido -en diez tipos- las estrategias más utilizadas para la manipulación de masas. Como pretendo no aburrirle a usted y ya he hablado suficientemente del recurso a las emociones, de las mentiras y  falsas soluciones a problemas reales o ficticios, de mantener al pueblo en la ignorancia y neutralizar su sentido crítico, etc., hoy sólo voy a referirme a la forma que él llama gradualidad y que, en resumidas cuentas, consiste en actuar de modo paulatino para que a la masa le resulte aceptable lo que, de modo súbito, le parecería inaceptable. Me ha recordado la conocida fábula de la rana hervida, muy útil para enseñar a reaccionar a tiempo ante determinadas situaciones de la vida que hoy parecen normales y mañana acaban en problemáticas. Es vieja pero, precisamente estos días, ha circulado mucho por whatsapp una versión de ella, y no viene mal pues añadirá alguna sinergia al artículo que ya tenía listo.

Una rana cayó un día a una olla que contenía agua hirviendo. Al notar el intenso calor, sus patas reaccionaron enseguida y saltó fuera de la olla nada más tocar el agua, como repelida. Su instinto de supervivencia le salvó la vida, claro está. Otro día, otra rana saltó dentro de esa misma olla; esa vez con agua fría. No tuvo ningún problema y nadó feliz en ella. Pero alguien encendió una llama debajo y se fue calentando el agua de la olla poco a poco. No sabemos si la rana notó que el agua se templaba, pero sí que se acostumbró y siguió nadando como si nada. Cuando la temperatura siguió subiendo y se acercó a la del caso anterior, comenzó a sufrir pero sin darse cuenta de lo que ocurría ni saber ponerle remedio; se quedó quieta hasta que murió.

Y es que hay un umbral de percepción de los cambios que ocurren en la realidad (cosa cierta a ambos lados de la famosa sima entre Fraga y Alcarràs); y podemos incluso morir si llega la desgracia final habiéndonos aproximado a ella con cambios sucesivos que estaban por debajo de ese umbral. Aquellos de mis paisanos que no notan cómo una mano negra ha puesto la olla al fuego, ya no perciben la realidad y aceptan su sufrimiento como cosa anormal pero inevitable mientras siga siendo así el que llaman “antidemocrático comportamiento del Estado español”. Pero es que lo mismo está pasando al otro lado de la sima, donde ningún dislate secesionista o inaceptable declaración pública de responsable político parece tener importancia definitiva ni suficiente para hacer algo… hasta que un día la tenga… o sea: nos estamos acostumbrando mientras sigue subiendo la temperatura; ¡no pasa nada, hombre; más diálogo es lo que hace falta!.

Por cierto: TV3 utiliza preferentemente eso del “Estado español” para evitar decir “España”. Hay ocasiones en las que es correcto, claro, pero hay otras muchas en las que la incorrección sobrepasa el ridículo, por ejemplo cuando se dice que “han llegado turistas del Estado español” (parece que son funcionarios todos ellos), o que una determinada cantante va a actuar por vez primera “en el Estado español” (salvo que lo haga en el patio de un ministerio), o que se han recogido de media más de 60 litros de agua de lluvia por metro cuadrado “en el Estado español” (será por culpa de enormes goteras en despachos, hospitales o cuarteles). En fin: muy cómico si no fuera por lo que duele la intencionalidad y la estupidez que están detrás. Cuando les interesa, bien que dicen “España”; un día igual explico cuándo ocurre.

Durante la guerra de la independencia y, al menos, en las dos siguientes décadas, muchas ranas que vivían “en el Estado español” (a ver si así me entienden) felices por haber expulsado al francés, no se percataban de la existencia de proyectos muy distintos de organización política interna; liberalismo y tradicionalismo más que distintos, eran opuestos y tan incompatibles que acabaron generando guerras civiles que, además, se hicieron recurrentes. Pues bien, la unidad de España y la independencia de Cataluña son conceptos aún más opuestos si cabe (de magnitud tal que, dice Sandrine Morel, es comprensible que levanten verdaderas pasiones en ambos lados). Todavía habrá ranas (“granotes”) que no vean ningún peligro cuando vayan a votar la próxima vez.

Algunas de esas ranas sólo ven justificadas sus propias pasiones. Decía Schopenhauer en un libro póstumo (1864), que nada hay tan frustrante como discutir con otro en base a razones y explicaciones, tratar de convencerle dirigiéndose sólo a su inteligencia, para terminar descubriendo que el interlocutor no quiere entender, que hay que dirigirse también a su voluntad, cerrada a cal y canto. Lo resumía en una sola frase: “Razones y pruebas son, contra la voluntad, como un fantasma de sombra golpeando una roca”.

Ése me parece que es el caso cuando pretendemos “enraonar” (razonar, dialogar) con un supremacista catalán que desea la secesión de España a toda costa, aunque sepa que no es viable, aunque sepa que –de serlo- saldría perdiendo, aunque sepa que ha empezado a quedarse solo y el agua de la olla va tomando temperatura. No quiere, no quiere pensar más allá de repetirse a sí mismo lo que se le repite desde el Palau/ANC/ÒC, no quiere examinar más parte que la suya (escribió Abraham Lincoln que no es intelectualmente honrado quien no examina las dos partes de una cuestión). Tampoco quiere pensar quien tiene responsabilidades “de Estado” (esta vez sí es correcto) y se decanta por el inmovilismo o por el diálogo; ambas son, en el fondo y en la práctica, inacción; digo yo que algo habrá que hacer, que plantear, que explicar, que ofrecer… mientras sube la temperatura, que ya quema, ¡jolín!

Según Savater, “se filosofa no para salir de dudas, sino para entrar en ellas”; me permito añadir: “…y resolverlas y actuar…”. Si no se hace, el problema se resolverá “cuando las ranas críen pelo”, que en inglés se dice “cuando los cerdos vuelen” (por el aire o “por los aires”, claro).

Por Ángel Mazo


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