Yo soy uno de los centenares de miles de españoles que escuchaba ‘Polvo de estrellas’, el mítico programa de crítica cinematográfica en Antena3 Radio. Era un chaval que, cuando había fiesta al día siguiente, o las vacaciones escolares lo permitía, me enganchaba a SuperGarcía, para escuchar sus exclusivas sobre los escándalos del deporte español.
Y tras García, que acababa su programa cuando le daba la gana, venía Carlos Pumares, que me enganchó rápidamente con su estilo afilado y su proverbial mala baba con ciertos oyentes. Pumares se quejaba a menudo que ‘Polvo de estrellas’ comenzaba cuando a García le apetecía. Y así era. Pero, al mismo tiempo, el popular ‘Butanito’ le dejaba una legión de oyentes de los que algunos nos enganchábamos a escuchar sus peculiares críticas de cine.
Pumares era impertinente con los oyentes que, en su opinión, decían bobadas sobre tal o cual película. Pero ese tono era tremendamente adictivo y reconozco que cada vez que calificaba una película como «obra maestra» mentalmente tomaba nota. Aunque no era la época del streaming, y lo del cine a la carta se reducía a ir al video club a ver si había suerte, muchas de sus sugerencias las vi.
Crecí, me fui desenganchado de la radio nocturna y cada vez escuchaba menos a Pumares. Con el tiempo se convirtió en un personaje televisivo, una mala caricatura que primaba su carácter impetuoso frente a la sensibilidad musical que tenía o su gran conocimiento del cine clásico. Era un estudioso del séptimo arte, un sabio, y la pequeña pantalla lo convirtió en un friki más. Le perdí la pista durante muchos años. Pero fue muy importante para mí, y siempre he recordado con cariño aquellas madrugadas escuchando opiniones sobre películas y temas musicales inolvidables.
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