Lo dice gente bien informada. La paella que este año Pilar Rahola ha cocinado en Waterloo lleva más verduras congeladas que marisco, más colorante artificial que azafrán, más guisantes arrugados que frescos, más agua del grifo que de manantial. Incluso aseguran que el arroz no es el homologado por los entendidos si no que ha echado mano de uno largo, feo y decolorado. Dicen, dicen, dicen al igual que decía el patriarca Pujol cuando lo de Andorra.
Lo cierto es que en el palacete belga de la República Idiota no se prodigaron tanto las visitas de vips y apesebrados como en otras ocasiones. Se desconoce si el motivo de las ausencias es la lejanía de la costa catalana o el temor a la maldición faraónica que cae sobre los convidados a degustar el plato. Y es que, amigos míos, ya nada es como nos lo pintaban los prohombres del ‘procés’. Se acabaron las sonrisas, las camisetas de colorines y el ji ji-ja ja de las performances y el jaroteo patriótico.
Hemos entrado en una fase nueva y despiadada donde una dirigente de la ANC –madame Paluzie- practica el intrusismo profesional y en plan dermatóloga diagnostica piel fina a dirigentes de ERC porque se atreven a contradecirla. Esta señora se atreve a afirmar que un cachalote barbudo como Tardà y un caradura como Rufián tienen problemas en el cutis. Quizás el único problema de piel sea el suyo con ‘la morenita de Antena 3’.
Y así va el país, a trancas y barrancas. Entre paellas de arroz pegado, Cotarelos, Cuevillas y Talegones predicando maravillas. Pero no se desanimen, a Rahola y a los suyos se les ha pasado el arroz.
Joan Ferran
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