La cotidianeidad en Cataluña discurre entre la inquietud creciente por la delincuencia y la desatención institucional. Los ciudadanos observan con estupefacción cómo el incremento de la criminalidad y la proliferación de bandas organizadas apenas reciben respuesta por parte de la administración. Quienes sostienen el sistema con sus impuestos ven minada su paz social, mientras los gestores públicos desvían la mirada ante una crisis de seguridad insostenible.
A esta degradación se suma el vertiginoso deterioro del panorama social y económico. Fenómenos que se creían superados, como el chabolismo y la presencia masiva de personas durmiendo en la vía pública, han reaparecido con fuerza en los municipios catalanes. Al mismo tiempo, acceder a un alquiler digno es ya una misión imposible para las familias trabajadoras, asfixiadas por una presión fiscal desmedida y unos sueldos reales en constante pérdida de poder adquisitivo.
El abandono de los servicios públicos fundamentales es especialmente sangrante en la red de transportes. La autopista AP-7 se transforma a diario en un cuello de botella impracticable, mientras que la red de Cercanías se ha convertido en un servicio absolutamente impredecible e ineficiente. Este colapso diario perjudica de forma directa a miles de usuarios que pagan por unas infraestructuras tercermundistas sin que la clase política asuma responsabilidad alguna.
Frente a esta batería de problemas reales, las prioridades del pacto entre el socialismo y el independentismo avanzan en una dirección opuesta. La única meta coordinada parece ser el acorralamiento progresivo del castellano en la vida pública, comercial y educativa de la comunidad. En lugar de resolver el caos cotidiano, las instituciones destinan recursos y energías a erradicar la pluralidad lingüística de la sociedad catalana.
El esperpento alcanza niveles insólitos en la escena internacional, donde la fijación identitaria roza lo ridículo. Exigir al Santo Padre que utilizara en su reciente visita exclusivamente el catalán en sus homilías, formulando la petición en inglés o italiano por pura aversión al español, retrata a la perfección las dinámicas de estos dirigentes. Una muestra inequívoca de hispanofobia que evidencia cómo el sectarismo ideológico ha dejado en el olvido el bienestar de los catalanes.
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