Un presidente de un gobierno democrático no puede dedicarse a desafiar al Estado de derecho, a incitar a incumplir las leyes democráticas o a animar a los que practican algaradas a que sigan cortando carreteras, ocupando edificios públicos y obstaculizando la vida económica de todos los catalanes.
Quim Torra comenzó su presidencia con el estigma de unos artículos y unos mensajes en twitter que, siendo generosos, solo rozaban el supremacismo. Y desde que inició su mandato no ha atemperado su discurso, sino que lo ha ido radicalizando, colaborando en el relato que los autodenominados CDR, grupos que se dedican a la agitación callejera, representan el “auténtico espíritu” de la “voluntad” del “pueblo catalán”.
Poco le importa a Torra que para millones de catalanes los CDR son, simplemente, unos agitadores que dificultan la buena marcha de nuestra sociedad y que acosan a aquellos ciudadanos que no son secesionistas. Y ha llevado esta complicidad a darles apoyo público en diversos actos institucionales.
Los millones de catalanes no secesionistas no han de aguantar más desplantes y humillaciones. No merecemos tener un presidente que degrada la convivencia y ha convertido las instituciones catalanas en un chiringuito al servicio de unos pocos.
Comentario editorial de elCatalán.es
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