Este domingo se cumplió el 50º aniversario de la fundación de uno de los negocios más lucrativos de la Cataluña contemporánea: la Convergencia Democrática de Cataluña de Jordi Pujol, que se gestó durante una reunión de peñas del Barça en el monasterio de Montserrat. Allá, unos cuantos prohombres del nacionalismo planificaron el que fue el partido hegemónico en Cataluña durante los 23 años de presidencia de Pujol, y no solo eso, porque también dio otro inquilino del Palau de la Generalitat, Artur Mas, y que fue el creador del ‘procés’.
Carles Puigdemont y Quim Torra, los otros inquilinos del Palau de ese espacio político, eran otra cosa, ya que representaban la mutación más fanática de una Convergència que nació para seducir a amplias capas medias del electorado catalán, desde los castellanoparlantes de orden que querían evitar un triunfo de la izquierda en la Generalitat – voto dual, en las generales PP o UCD y CiU en las autonómicas -, hasta los que soñaban, a largo plazo y siempre que no pusiera en peligro el ‘negoci’, con una Cataluña independiente.
Convergència fue un gran negocio para unos pocos. Sus dirigentes, mientras presumían de ‘fer país’ construyendo una Cataluña en miniatura reflejo de la visión tribalista e hispanófoba de Jordi Pujol – recuerden su teoría del andaluz como ‘hombre destruído’ -, se dedicaron a hacer grandes negocios. Algunos legales – aunque de una moralidad cuestionable – y otros no tanto, ahí están las condenas judiciales. Cuando los casos de corrupción acosaron a Convergència, Artur Mas se sacó el ‘procés’ de la manga para desviar la atención.
La sociedad catalana ya estaba rota antes del procés, con dos Cataluñas totalmente separadas, cada una a lo suyo: la nacionalista que exigía el dominio del catalán como única manera de poder aspirar a formar parte de la ‘catalanidad’ y la no nacionalista, cuya mayoría se limitaba a pensar que los soberanistas nunca irían tan lejos como para romper España mientras unos pocos clamaban en el desierto – Antonio Robles, Santiago Trancón y otros – avisando lo que iba a venir.
Artur Mas solo hizo evidente lo que ya era una realidad: la Cataluña nacionalista quería ejercer el dominio sobre la Cataluña no nacionalista sin ningún tipo de cortapisas, sin ninguna Constitución española que ejerciera de freno. Querían millones de súbditos sin voz y voto que aceptaran el yugo económico y social de los separatistas. «Trabaja, paga impuestos y no te quejes. Si no te gusta nuestra Cataluña, coge la maleta y vete a tu España», este era el plan de los nacionalistas para los discrepantes. Y fue Convergència la que inició este camino. 50 años de Convergència, 50 años de desprecio a los disidentes.
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