La vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz, atraviesa un momento político delicado tras constatar que su apuesta por acercar posiciones con Carles Puigdemont no ha dado los frutos esperados. Díaz fue la primera dirigente destacada de los partidos en el Gobierno en reunirse con el líder de Junts en Bruselas, en un gesto que generó controversia en su momento y que pretendía abrir vías de diálogo con la formación separatista catalana. Luego vinieron otros como Santos Cerdán o Salvador Illa. Sin embargo, ese intento de blanquear la imagen de Puigdemont no ha derivado en apoyos concretos para las iniciativas de Sumar en el Congreso.
El último episodio que evidencia este distanciamiento ha sido el rechazo de Junts a la propuesta de Sumar para reducir la jornada laboral. La medida, considerada una de las banderas políticas de Díaz, buscaba fijar un máximo de 37,5 horas semanales con vistas a avanzar hacia las 35 horas en el medio plazo. Junts decidió no respaldarla, dejando a Sumar sin los apoyos necesarios y evidenciando la fragilidad de sus alianzas parlamentarias.
Este revés supone un golpe simbólico para los dirigentes de Sumar, que habían apostado por ejercer un papel de mediadores entre el Gobierno central y las fuerzas independentistas. La reunión de Díaz con Puigdemont en Bruselas fue interpretada por algunos sectores como un intento de normalizar la figura del expresidente catalán, todavía pendiente de resolver su situación judicial en España. Pese a la polémica que generó, Díaz defendió aquella cita como un ejercicio de “responsabilidad política”.
El fracaso en sacar adelante la reducción de la jornada laboral deja a Díaz expuesta ante sus socios y adversarios políticos. Desde el PSOE se observa con cautela la deriva de las negociaciones y algunos dirigentes socialistas han dejado entrever su incomodidad ante el exceso de protagonismo de Díaz en el diálogo con Junts. La vicepresidenta, sin embargo, insiste en que su objetivo sigue siendo lograr acuerdos que mejoren las condiciones de los trabajadores.
En el seno de Sumar también surgen voces preocupadas por el desgaste que este episodio puede generar. La coalición, que ya atraviesa tensiones internas, ve cómo uno de sus proyectos más emblemáticos queda bloqueado en el Congreso sin visos de salir adelante a corto plazo. La negativa de Junts demuestra que el apoyo puntual de la formación independentista no está garantizado y que sus decisiones responden a cálculos propios ajenos a las estrategias de Díaz.
El distanciamiento de Junts también pone en cuestión la viabilidad de futuras reformas impulsadas por Sumar. Si Díaz no logra recomponer puentes con los socios necesarios, el margen de acción de su espacio político podría reducirse notablemente en lo que resta de legislatura. La imagen de interlocutora fiable que intentó proyectar con su viaje a Bruselas se ha debilitado y sus adversarios ya utilizan este fracaso como argumento para cuestionar su liderazgo.
Mientras tanto, Puigdemont ha mantenido un perfil calculadamente ambiguo, evitando comprometerse con iniciativas que no encajen con su agenda política. Su negativa a respaldar la reducción de jornada se interpreta como un aviso de que Junts solo apoyará medidas que le resulten estratégicamente rentables. De este modo, la apuesta personal de Díaz por normalizar las relaciones con el expresident se percibe ahora como un riesgo que no ha producido beneficios tangibles.
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