
Después de la sublevación del 18 de julio de 1936 contra el republicano Gobierno del Frente Popular, que desencadenó la Guerra Civil. En la Cataluña presidida por Lluís Companys, entre 19 de julio de 1936 y mayo de 1937 el poder real en la gran mayoría de poblaciones de Cataluña, con el beneplácito de la Generalitat, estuvo en manos de siniestros grupos de milicianos que formaban parte de las llamadas Patrullas de Control (hubo centenares) que actuaban como «policía revolucionaria» y dependían inicialmente del Comité Central de Milicias Antifascistas que fue creado el 21 de julio de 1936 por iniciativa de Companys.
En dicho organismo, integrado por representantes de las principales fuerzas políticas del Front Popular (CNT, FAI, ERC, POUM, PSUC, UGT, Unió de Rabassaires), tuvieron un papel preponderante los anarquistas, dado que la CNT era la fuerza obrera claramente hegemónica (tenía en 1936 unos 130.000 afiliados) y además, eran los que en realidad habían provocado el 19 y 20 de julio, con su lucha en la calle, el fracaso de la sublevación militar en Barcelona. En este sentido hay que recordar que los anarquistas, en los hechos del 6 de octubre de 1934 (proclamación del “Estat Català” por Lluís Companys que no secundaron la CNT-FAI) se habían adueñado de gran cantidad de armas que habían abandonado los separatistas en su acobardada huida ante los primeros cañonazos del ejercito en Barcelona.
Volviendo al 20 de julio de 1936, el último reducto de los sublevados en caer fue el Regimiento de Santiago que muy maltrecho por los enfrentamientos se había atrincherado (unos 130 hombres) en el convento de Carmelitas de la Diagonal de Barcelona comandados por el Coronel Lacasa. Estos fueron rodeados por casi un millar de Guardias de Asalto y una turba de varios miles de anarquistas, el coronel Escobar pacto con los sublevados su rendición, pero cuando empezaron a salir los soldados desarmados, la muchedumbre revolucionaria enloqueció y se lanzó sobre ellos, no dejando ni a uno solo vivo, incluso asesinaron a doce carmelitas que se encontraban en el convento; un miliciano le cortó la cabeza al capitán Domingo de Ibarra, la ensartaron en una bayoneta y la pasearon por la Diagonal. Esto parecía presagiar la locura que vendría luego.
Tras derrotar al ejército en Barcelona los comités de la CNT habían conquistado y saqueado sus cuarteles y arsenales, haciéndose con cerca de 30.000 fusiles y todo tipo de armas que fueron repartiendo entre los militantes obreros y los jóvenes que se iban sumando a la revuelta. El día 20 de julio, se calcula que unos 25.000 milicianos anarquistas y casi 10.000 del resto de partidos y organizaciones que integraban el Front Popular, la gran mayoría armados, campaban a sus anchas por las calles de Barcelona, autodenominándose «el pueblo», habían puesto en marcha su delirante revolución. Los anarquistas se apoderan y saquean además, los principales edificios y casas de la burguesía y la patronal catalana, entre ellos los emblemáticos edificios de Foment del Treball y la casa de Francesc Cambó (exministro y fundador de la Lliga Regionalista) en el corazón de la Via Laietana, que luego convertirían en sedes de la CNT-FAI..
Lluís Companys sigue los acontecimientos desde su despacho con los consejeros Ventura Gassol y el social-comunista Joan Comorera, entre otros, cuando recibe la llamada por teléfono del conseller de Governació de la Generalitat Josep M. España Sirat, para comunicar al president que las bandas de milicianos estaban cometiendo asesinatos y saqueos en casas particulares. – Bien – responde Companys- ; por ahora no podemos hacer nada. Además, los que caen son enemigos nuestros, y no es cosa de que lo lamentemos demasiado. El pueblo sabe muy bien lo que hace. Te prohíbo – le dice a él y a Escofet (comisario de Orden Público) – que emplees la fuerza pública. Hay que dejar hacer, hasta que pase la riada. Esa fue su política. Pero la riada lejos de pasar, se fue extendiendo por toda Cataluña. Y Companys, que temía mucho a los anarquistas, acabó sometido al nuevo orden revolucionario perdiendo en la práctica el timón del barco.
Companys llamó, entonces, al Comité regional de la CNT de Cataluña para rogar que una delegación de la CNT-FAI se entrevistase con él. Poco después, una comisión con los máximos dirigentes anarquistas llegan al Palau de la Generalitat. De varios coches descienden pertrechados de pistolas y ametralladoras, Durruti, Joan García Oliver, Joaquín Ascaso (su hermano Francisco había muerto durante el asalto al cuartel de Atarazanas, el día 20), Ricardo Sanz y Antonio Ortiz (representantes del sector más radical del anarquismo); Companys sale a su encuentro con los brazos abiertos y empieza a abrazarse uno tras otro, pero Durruti, le retira el brazo con un gesto arisco, cortando repentinamente la escena.
– Nosotros venimos a imponer nuestras condiciones- dice sin ningún rodeo. El pueblo se ha batido por algo (cerca de cuatrocientos anarcosindicalistas habían muerto en las calles de Barcelona). El triunfo total ha sido nuestro, no creáis que ahora vais a llevaros vosotros la victoria. – Pero ¿dudas de mí? ¿Dudas de un viejo amigo que siempre estuvo a vuestro lado ? – le dijo Companys. – No nos fiamos de nadie . De lo que nos acordamos es del 6 de octubre y de las persecuciones de Dencàs.
– Yo un día fui de los vuestros (dice Companys) pero me vi forzado a enfrentarme a vosotros, con gran pesar por mi parte. Habéis vencido, (añade Companys) sois los dueños de la ciudad y de Cataluña porque sólo vosotros habéis vencido a los fascistas, todo está en vuestro poder. Y les dice que está dispuesto a acatar lo que ellos decidan. Durruti tomó otra vez la palabra: – Bien. Si estas dispuesto a no estorbarnos el paso, nuestra ayuda no te faltará. Nosotros no queremos el Poder, los anarquistas lo detestamos. Pero no vamos a renunciar a la acción directa contra la sociedad capitalista, y no toleraremos que nadie se nos cruce en este camino. La victoria nos ha costado mucha sangre. Gobierna tú, si puedes, pero no se te ocurra volver a traicionarnos. Companys salió del paso con una frase un tanto demagógica y hueca: – Ahora todos somos una misma cosa: el pueblo-.
El mismo día 21 de julio, Companys decide crear el Comité Central de Milicias Antifascistas, y ofrece a los anarquistas tener el control sobre el mismo, cosa que aceptaron los anarquistas convencidos que desde allí podrían imponer un nuevo orden revolucionario. Dicho organismo, estuvo además integrado por representantes de las principales fuerzas políticas del Front Popular (CNT, FAI, ERC, POUM, PSUC y UGT). La CNT además, de lo ya señalado era la fuerza obrera claramente hegemónica (tenía en 1936 unos 130.000 afiliados). Así pues, los responsables de la dirección de las Patrullas de Control fueron los anarquistas Josep Asens Giol, Dionisio Eroles Batlló (que sería jefe de servicios de la Comisaría General de Orden Público ) y Manuel Escorza.
Josep Asens, dirá: «somos una policía obrera, revolucionaria, una garantía para todos los trabajadores, de que la contrarrevolución no levantará cabeza en la retaguardia, y de que la revolución caminará hacia adelante”. Respecto a Escorza, en sus memorias, “El eco de los pasos”, el propio Joan García Oliver dirá «aquel tullido lamentable, tanto de cuerpo como de alma, al que hicieron responsable de la Comisión Regional de Investigación».
Pero, García Oliver en una larga entrevista realizada en París el 29 de junio de 1977, dirá: “Toda revolución social produce la rotura de todos los frenos y eso a veces marcha hacia la locura, (…). Sin rotura de frenos no hay revolución”. Y más adelante añadirá: “Había que hacer la revolución total, había que actuar con el espíritu de la gimnasia revolucionaria”. Es decir, el compromiso con los ideales revolucionarios y los caminos para llevarlos a cabo, como en el aguafuerte de Goya (“El sueño de la razón produce monstruos”) acaba produciendo monstruos.

Volviendo al Comité Central de Milicias Antifascistas, como decíamos todos los partidos del Front Popular formaron parte de las Patrullas de Control; en Barcelona llegó a haber más de 1300 patrulleros y tenían la ciudad dividida y perfectamente ordenada en 11 secciones, cada una con sus respectivos delegados responsables.
Dichas patrullas se dedicaron en la retaguardia a la caza de presuntos fascistas y ejercieron un férreo servicio de vigilancia armada, en los puntos estratégicos de las ciudades y los pueblos. Cualquiera que levantara una mínima sospecha era detenido y solía acabar en cualquier checa y posteriormente asesinado. Una espiral de violencia y de sangre se extendió por Cataluña.
La CNT, la FAI, el POUM, el PSOE, la UGT, el PSUC, ERC o Estat Catalá gestionaron sus propias chekas, que eran centros de detención y tortura que se habían utilizado con anterioridad en la Unión Soviética, Una de las chekas mas terrible fue la de San Elías (situada en el confiscado convento de San Elías en la calla Mallorca 291), donde prácticamente nadie salía con vida. En esta cheka actuaba como jefe un anarquista apodado el ‘jorobado’ que cebaba los cerdos con carne humana. Allí fue descuartizada viva la religiosa Apolonia Lizárraga y sus restos fueron echados a comer a los cerdos. Se dice que algunos milicianos luego anunciaban por la calle “tenemos chorizos de monja”.
Aunque se suele descaradamente ocultar, el hecho es que en la Cataluña republicana presidida por Lluís Companys (entre 1936 y 1939) las personas asesinadas por la represión del Front Popular fueron al menos, según reconoce actualmente la propia Generalitat, 8.352 personas. Y de estas 2.437 eran religiosos y 4 obispos. Por no hablar de los miles de templos devastados y de las decenas de miles de casas y propiedades confiscadas (robadas) . O de los terribles y muy poco conocidos, 6 campos de trabajo (con sus respectivas extensiones) creados en Cataluña en 1938 por el Front Popular, que seguían el modelo de los “gulag” soviéticos.
Salvador Caamaño Morado (autor del libro “Tarragona 1936. Terror en la retaguardia”)
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