¿Y ahora qué?

Reconozco que daba por supuesto que al final, con la prórroga superada y en el último lanzamiento de pena máxima, nos iban a meter el gol definitivo.

La escenificación interesada del te quiero pero no te deseo, con los innumerables dimes y diretes que hemos ido sumando en estos meses, parecía solo una estrategia de distracción para acabar colándonos a ambos Picapiedra en un gobierno de coalición.

A la postre, con la excusa electoralista de no vender al país valiéndose también del apoyo separatista, aunque todos sabemos que la decisión está relacionada con las previsiones favorables que auguran las encuestas, le debemos agradecer al presidente en funciones, salvando la imagen y el sobrecoste que genera tal decisión, que hayamos llegado a este momento. Un nuevo día de la marmota que nos devuelve a la casilla de salida.

Tenemos a la vista una nueva oportunidad en la que la apuesta constitucionalista debe ser lo más integrada posible, para que el resultado clarifique la España, unida e incuestionable, que necesitamos.

Debe tenerse muy en cuenta al Senado, muy importante en decisiones que suponen poner en solfa al separatismo, como es la puesta en marcha de algo tan necesario, urgente y prioritario como es aplicar el 155 en Cataluña de una forma creíble y desacomplejada.

No creo necesario mencionar a los que deben ponerse de acuerdo para consolidar un proyecto acumulativo que garantice el arrinconamiento de aquellos que pretenden romper España, ya sea de cara o con maquillaje. Pero sería ideal sumar en un pacto global a todos los defensores del constitucionalismo de forma transversal, algo coherente si se actuase en base a los intereses de la nación.

El enemigo de todos es el mismo y, con la legalidad por bandera, debe anularse políticamente a los que quieren romper España. Con valor y la mayoría aplastante de los que realmente la quieren deben tomarse decisiones importantes, evitando pasar la patata caliente a los que gobiernen dentro de unos años, cuyo margen de maniobra disminuirá en caso de no hacer nada y seguir todo igual.

En este sentido, además de evitar la relevancia de las minorías separatistas con una ley electoral que deje de ser su salvaguarda, poniendo un mínimo porcentual para tener cabida en el Parlamento, debe actuarse de raíz con ciertas competencias. El ejemplo más urgente es la educación. Toda la docencia del país debe compartir la misma historia, los mismos contenidos, la misma lengua vehicular -sin menoscabo de usar las propias de cada comunidad en equidad con la común-, y los criterios docentes y académicos deben seguir unas directrices iguales en toda España.

Complementariamente, para evitar el adoctrinamiento y la abducción de mentes, los medios de comunicación, si quieren seguir existiendo, deben ser objetivos y realistas, prohibiéndose la divulgación amarilleada y tergiversadora. Actuándose definitivamente y sin contemplaciones en caso de incumplimiento, con el consiguiente beneficio para las arcas públicas y muchas conciencias.

Los egos, matices, dineros, intereses o amigos pueden ser condicionantes importantes para unificar posturas e integrar listas pero, si de verdad uno es político para defender los intereses de los españoles y al país, esto se debería entender a la primera.

Por Javier Megino


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