El separatismo catalán insiste en transitar por caminos alejados de la moderación y la legalidad. La asamblea general ordinaria de Òmnium Cultural ha escenificado este fin de semana la continuidad de una hoja de ruta marcada por la confrontación y la división social. El Casino de la Aliança del Poblenou, en Barcelona, fue el escenario de una renovación previsible y carente de debate interno.
Xavier Antich mantendrá las riendas de la organización nacionalista hasta el año 2030. Su propuesta fue la única que se presentó formalmente el pasado mes de abril, lo que evidencia la falta de pluralidad o de corrientes alternativas dentro de la entidad. El proceso electoral, lejos de ser un revulsivo, ha funcionado como un mero trámite administrativo para consolidar el control de la actual dirección.
La movilización de las bases no ha alcanzado las cotas de los momentos más álgidos del desafío separatista. Poco más de diez mil afiliados – en 2024 había cerca de 175.000 inscritos – participaron en una votación que se prolongó durante semanas a través de canales digitales. El aval obtenido por Antich demuestra que la entidad prefiere refugiarse en las viejas consignas antes que abrir un periodo de reflexión institucional.
Nada más confirmar su permanencia en el cargo, el reelegido presidente optó por activar un discurso cargado de victimismo y tintes beligerantes. Antich advirtió a los suyos sobre la llegada de un escenario político adverso, al que definió de manera llamativa como un ciclo electoral diabólico. Esta retórica busca, de forma evidente, mantener en alerta a un soberanismo visiblemente fatigado tras los últimos reveses en las urnas.
La receta del dirigente catalán consiste en elevar la presión y optimizar las estrategias de agitación social. Bajo el pretexto de avanzar en lo que denominan aspiraciones nacionales, la entidad se prepara para un nuevo periodo de hostilidad institucional. En lugar de buscar puntos de encuentro, la plataforma radical prefiere insistir en las fórmulas que ya fracturaron a la sociedad catalana: el famoso «Ho tornarem a fer» que defiende Òmnium.
El discurso de Antich demostró que Òmnium mantiene una visión profundamente intervencionista de la realidad social catalana. El presidente afirmó que su organización posee una brújula precisa para guiar el camino de la desobediencia. Su concepto de construcción nacional aspira a colonizar espacios fundamentales como la educación, la lengua, la cultura y los movimientos juveniles.
La obsesión por controlar la escuela y moldear a las nuevas generaciones sigue siendo prioritaria para el nacionalismo. A través de este control social, la entidad pretende reactivar un proyecto político que ha perdido empuje en los últimos tiempos. La instrumentalización de las instituciones culturales como herramientas puramente políticas desvirtúa el verdadero sentido de la sociedad civil.
La hoja de ruta planteada por la dirección reelegida no oculta sus objetivos máximos y sus aspiraciones de máximos. El horizonte fijado por Antich vuelve a ser la ruptura unilateral con el resto de España y la consecución de la independencia de Cataluña. La insistencia en estos postulados ignora el marco constitucional y el sentir de la mayoría de los ciudadanos que rechazan la fractura.
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