En estas fechas no se está conmemorando, pero se está celebrando, el décimo aniversario del 15-M, que abarcó concentraciones en las principales ciudades de España, especialmente en la Puerta del Sol de Madrid y en la plaza de Cataluña en Barcelona.
Recuerdo de aquellos días la espontaneidad y la diversidad social de las personas que acudían a esas manifestaciones: desempleados, desahuciados de sus viviendas, estudiantes sin futuro laboral, mileuristas, trabajadores autónomos, y miles de personas que no veían claro su futuro, y que abominaban de los bancos y la clase política española y catalana, que les había llevado a esa situación de una desesperanza que se había convertido en indignación. Por ello en aquel momento el apelativo que ellos mismos se otorgaron fue el de «los indignados».
Aunque articulado desde asociaciones cívicas, el movimiento social del 15-M fue tan necesario como popular y espontáneo, pero como ocurre siempre con las cosas bellas, aparecen los perroflautas de la lata de cerveza y grupos políticos que se quieren apropiar del éxito conseguido, y como no podía ser de otra forma, recuerdo que durante los primeros días, algunos grupos portando banderas esteladas fueron expulsados del recinto de tiendas de campaña y estructuras de madera que se había montado en plaza Cataluña. Enseguida políticos independentistas se quejaron públicamente de que en las asambleas que se realizaban al aire libre los oradores y el público solo se expresaban en castellano, y se había llegado a abuchear a alguno que quiso hablar en catalán. A partir de ese momento los partidos políticos independentistas se desligaron de ese movimiento de indignados, precisamente porque una gran parte de esa indignación estaba dirigida contra la clase política catalana, como se evidenció poco tiempo después con el asedio al Parlament de Cataluña.
Desde el Gobierno central presidido entonces por Mariano Rajoy, y desde los medios de difusión social afines al poder, sin querer profundizar en las causas del 15-M, se simplificó puerilmente la cuestión afirmando que solo eran unos perroflautas, sin percatarse que se trataba de ciudadanos que ansiaban un cambio profundo del sistema que les había llevado a una situación de pobreza. Sin embargo algunos profesores universitarios marxistas, eventuales a tiempo parcial, como Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero o Íñigo Errejón, aprovecharon hábilmente ese descontento para crear el partido político Unidos Podemos, que pretendía acabar con la casta política y con las puertas giratorias.
Cuando irrumpieron en el escenario electoral de las elecciones generales de 2015, se convirtieron en cuarta fuerza política en España, y en las de 2016 en tercera fuerza por detrás del PP y del PSOE, pero con el paso de los años sus votantes, muchos de ellos provenientes del 15-M, vieron como sus líderes se convirtieron en casta política, haciendo gala algunos de ellos de las famosas puertas giratorias, y poco a poco les empezaron a darles la espalda con un desplome electoral de esta formación, que se plasmó con mayor evidencia en las últimas elecciones generales de noviembre de 2019.
Utilizando una metáfora atlética se podría decir que si los procesos electorales cuatrienales son como los relevos de una carrera, y el pueblo español entregó el testigo del 15-M a Podemos, este corredor, en vez de entregarlo en el siguiente relevo, lo dejó caer al suelo, corriendo por su cuenta pero ya sin ese testigo popular. Pero ha sido un nuevo partido como VOX el que ha recogido el testigo abandonado por la izquierda, y gran parte del pueblo español ha sabido interpretar esta realidad convirtiendo a VOX en la tercera fuerza política en el Congreso de los Diputados.
Una constatación de éste fenómeno lo hemos visto en las pasadas elecciones autonómicas madrileñas del pasado 4 de mayo de 2021, en las que VOX perdió un 45% de voto propio por el efecto Ayuso, en los barrios más acomodados de la capital -voto que sin duda regresará a VOX en las próximas elecciones generales- mientras que ha subido espectacularmente en Vallecas, Leganés, Getafe, y en todos los pueblos y barrios de clase trabajadora. Por lo que respecta a Barcelona, no es óbice recordar que uno de los sitios donde la formación de Abascal tiene más apoyo electoral es en Nou Barris.
A diferencia de los partidos de izquierdas que no supieron diagnosticar las causas de los males que aquejaban a aquella España de hace diez años y a la de ahora, y que se limitaron a culpar a las élites económicas, a los bancos y a las grandes empresas, VOX sabe perfectamente que lo que funciona mal es el Estado de las autonomías, la inmigración descontrolada y el despilfarro del dinero público, que en vez de revertir en el pueblo, los políticos se lo reparten entre ellos y entre sus chiringuitos.
Hemos cogido ese testigo abandonado, convirtiéndolo en un testigo del orgullo nacional de sentirnos españoles, y cuando tengamos parcelas de poder, vamos a desarrollar unas políticas sociales enfocadas en los más necesitados que jamás soñó la izquierda. Solo queda VOX.
Juan Carlos Segura Just. Diputado en el Congreso
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