
El Ayuntamiento de Barcelona, bajo la batuta de Jaume Collboni (PSC), ha decidido que la neutralidad de las instituciones educativas debe dar un paso atrás frente a las presiones religiosas de la comunidad musulmana. A través de un documento elaborado por la Oficina de Asuntos Religiosos y el Programa BCN Interculturalidad, el consistorio lanza una serie de «orientaciones» para el Ramadán que, en la práctica, suponen una injerencia en la autonomía de los centros y una presión añadida para el profesorado.
VOX ha denunciado este hecho, y su jefe de filas municipal, Gonzalo de Oro, asegura que «Collboni se ha entregado al Islam a pelo. Con todo. Ha perdido el norte». La guía, lejos de limitarse a informar, recomienda a los colegios a adaptar la práctica educativa, los contenidos y el calendario a las necesidades de esta festividad.
Uno de los puntos más polémicos es la gestión del ayuno en menores. El documento reconoce que, aunque el ayuno es prescriptivo desde la pubertad, muchos niños pequeños lo practican como «entrenamiento», a veces incluso a espaldas de sus padres. Ante esto, la recomendación de Collboni es que las escuelas no pueden obligar a comer ni beber a un niño, salvo riesgo inmediato para su salud, lo que traslada una responsabilidad jurídica y médica asfixiante a los docentes.
La organización de los comedores escolares también se ve alterada. Según las directrices municipales, los alumnos que hagan el ayuno tienen derecho a permanecer en el espacio del mediodía, pero se recomienda apartarlos de sus compañeros mientras estos comen. Esta segregación temporal, justificada en aras del respeto, rompe con la convivencia natural en el comedor y genera una logística compleja para los centros que ya operan al límite de su capacidad.
En el ámbito estrictamente académico, la guía del Ayuntamiento abre la puerta a que los alumnos se ausenten de determinadas materias como música o gimnasia si lo consideran «no adecuado» por motivos espirituales. Aunque admite que no existe normativa que los exima, recomienda al profesorado tener «sensibilidad» y ofrecer alternativas, lo que de facto crea un currículum a la carta basado en convicciones religiosas particulares.
La flexibilidad llega también a la asistencia obligatoria. El consistorio recuerda que el alumnado tiene derecho a faltar a clase los viernes por la tarde para la oración y durante los tres días que dura la fiesta del final del Ramadán. Además, se «aconseja» no programar exámenes, salidas o actividades relevantes en estas fechas, hipotecando el calendario del resto de la clase a las festividades de una sola comunidad.
El documento de Collboni no escatima en términos como «islamofobia» e «imaginarios occidentales» para justificar esta transformación de la escuela pública. Se percibe un tono paternalista que parece más preocupado por no ofender que por garantizar la igualdad de todos los alumnos ante la ley y el currículum común. La escuela, que debería ser el espacio de lo común, se convierte así en un tablero de reconocimiento identitario.
Resulta llamativo que se pida a los centros facilitar espacios para la «oración y el recogimiento», lo que choca frontalmente con el carácter laico que debería imperar en la educación pública. Mientras otras tradiciones son relegadas al ámbito privado, la administración barcelonesa promueve una visibilización activa y una adaptación estructural para el Ramadán que no tiene precedentes en su intensidad.
Esta deriva del PSC barcelonés es un guiño evidente a ciertos sectores del electorado, pero lo hace a costa de la cohesión del sistema educativo. Al fragmentar las normas y los tiempos escolares según la creencia de cada familia, se debilita la función integradora de la escuela y se fomenta una visión de la sociedad como una suma de guetos culturales en lugar de una ciudadanía unida.
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