‼️Intentan boicotear y agredir a cargos y miembros de VOX en Barcelona.
No nos van a amedrentar. pic.twitter.com/eO00PsEYVb
— VOX Barcelona Ciudad (@vox_bcnciudad) April 9, 2026
Barcelona se ha convertido en un escenario de impunidad donde la libertad política depende del carné que lleves en la cartera. Los actos de VOX en la capital catalana ya no son eventos democráticos, sino batallas campales permitidas por la desidia institucional. El derecho de reunión es hoy una quimera para miles de catalanes. Sea en Horta, Gracia, Sants o Nou Barris, radicales escrachan las carpas de esta formación sin que los violentos paguen por su acoso.
El acoso sistemático, los insultos y el lanzamiento de objetos se han normalizado en nuestra rutina urbana. No son protestas espontáneas, sino escraches organizados con el objetivo de silenciar a una parte del electorado. Ante esto, la respuesta de las autoridades se limita a una gestión de mínimos que nunca llega a la condena firme.
El PSC, que hoy lidera las instituciones, parece haber olvidado que la democracia consiste en proteger a quien piensa diferente. Salvador Illa mantiene un silencio sepulcral cada vez que una carpa informativa de VOX es asaltada en los barrios de Barcelona. Esa indiferencia no es neutralidad; es una forma de validación política.
Los socialistas han decidido que hay víctimas de primera y de segunda categoría. Si el acoso fuera contra sus siglas, hablarían de «alerta democrática» y de ataques al Estado de derecho. Al tratarse de VOX, el manual del PSOE dicta mirar hacia otro lado mientras la violencia callejera hace el trabajo sucio.
La Consejería de Interior gestiona los dispositivos policiales con una timidez que roza la negligencia política. Abunda la pasividad cuando grupos de ultraizquierda rompan los cordones de seguridad y hostiguen a ciudadanos que solo desean escuchar una propuesta política. La seguridad ciudadana se ha convertido en una herramienta de conveniencia partidista.
Esta estrategia de pasividad ante el hostigamiento busca expulsar a la derecha del espacio público catalán. El mensaje enviado es claro: si no eres nacionalista o socialista, tu integridad física en la calle no es una prioridad para el Govern. Es la degradación absoluta de las libertades civiles en pleno siglo XXI.
La pasividad de los socialistas ante los escraches es un cálculo electoral cínico y peligroso. Creen que el desgaste físico y psicológico de sus rivales les beneficia en las urnas. Sin embargo, lo que están logrando es que Cataluña sea percibida como una región donde la disidencia se paga con miedo.
Barcelona merece recuperar la libertad de expresión para todos, sin excepciones ni cordones sanitarios que amparen la violencia. La democracia no se defiende con comunicados vacíos, sino garantizando que cualquier partido pueda instalar una mesa informativa sin ser apedreado. La responsabilidad recae directamente sobre el despacho de San Jaume.
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