Un instituto en Cataluña

Un instituto es un centro público de enseñanza en el que el Estado regula los estudios de secundaria y da a los alumnos los conocimientos que considera necesarios para su formación y su integración social. No puede ni debe haber manipulación política, sí, por supuesto, información. La información, naturalmente, está sujeta a la capacidad e inteligencia de los profesores, que han sido convenientemente evaluados mediante una compleja oposición, y no al dictado de los libros de texto, cuya finalidad ha de ser meramente consultiva y, en cierto modo, han de servir para mantener un eje ordenado de saberes.

En España esta función está transferida a las comunidades autónomas. Sin embargo, en Cataluña no se cumplen las premisas anteriormente expuestas.

Un instituto en Cataluña es un lugar donde se obliga a estudiar y a convivir con una lengua que es muchas veces ajena y donde también muchas veces la española (la de la gran mayoría en la zona metropolitana) es devaluada, excluida y proscrita de libros, comunicaciones y charlas a padres y alumnos.

Y todo ello haciendo caso omiso de sentencias y fallos de jueces y tribunales que jamás se llegan a cumplir. La inmersión lingüística o, mejor dicho, el apartheid lingüístico, se ha impuesto por supremacismo y con la férrea voluntad de dañar y ofender. No existe ningún interés en cohesionar nada, como arguye el catecismo separatista en vano intento de presentar sus razones como admisibles. La inmersión es simplemente una venganza, y venganza llevada a cabo sobre uno de los eslabones más débiles de la cadena social: los niños y los jóvenes.

Además, una parte no desdeñable del profesorado, que gracias a la obligatoriedad del catalán procede del interinaje de Cataluña y en gran medida de la comunidad autónoma de Valencia (de donde llegan  profesores solo del ámbito lingüístico valenciano y que, no pocas veces, comulgan políticamente con el separatismo o, al menos, con el pancatalanismo), no tiene ninguna clase de obstáculo en difundir su ideario político de forma explícita, luciendo lazos amarillos, pequeñas flores amarillas o brazaletes con indicaciones separatistas.

En Cataluña, además se dan dos circunstancias: primera, el impedimento lingüístico hace que la inmersión sea un hecho constatable, roto únicamente cuando el adolescente entra en verdadera crisis y hay que tratarlo con urgencia, entonces aparece el español, in extremis, y en el patio, donde cada cual habla como quiere y con quien quiere, unos en español, otros en catalán y otros en árabe; segundo, y muy importante, la degradación en la formación y en el conocimiento de bastantes de los profesores interinos es, a ojos vista, terrible.

Como no hay competencia y como no ha habido previa selección mediante oposición, y dado que nadie vendrá del resto de España, cada vez los profesores son menos (de ahí el recurso al interinaje), y cada vez peor formados, pura consecuencia de la permanencia en un listado o gracias al reclamo de un director. Se produce en este caso algo tremendo: dada la considerable incompetencia de los profesores, los manuales se convierten en principales agentes de información y de actualización poco o nada discutidos y, como conclusión, los profesores se ciñen a ellos sin albergar la menor sombra de duda. Aparece, entonces, la medievalización de la enseñanza: no se discute la letra impresa y la autoridad intelectual recae en el autor del libro que, por supuesto, ha de tener la sanción del legislador catalán.

Esto trae, en definitiva, una educación maquinal y administrativa, perfectamente manipulada (pues el legislador sólo sanciona aquellos textos que son de su cuerda: se puede aprender matemáticas contando esteladas, desde luego) y con alguna contribución de la Wikipedia, en atención a los tiempos, y poco más. Incluso algunas editoriales presentan el examen ya redactado a los profesores, de manera que estos se limitan a leer el texto en clase y a corroborar posteriormente los aciertos de los alumnos.

Por si fuera poco, en Cataluña se han eliminado los números en las notas, de tal manera que un 0 o un 4,9 suponen la misma nota: NA, no assoleix. Un aprobado puede ser 5 o 6,9, assoleix suficientment. El notable va desde el 7 al 8,9, y la excelencia se consigue con el intervalo entre 9 y 10. A la hora de trazar medias, el sistema suma los picos altos y, además, se permite pasar con dos asignaturas suspendidas a los alumnos medianamente preparados. A los de escaso rendimiento se les confiere a los grupos de refuerzo, donde el aprobado es ganado con escasísimo trabajo, imposibilitando que el alumno rezagado pueda superarse de manera objetiva. Finalmente, a los alumnos problemáticos se les pasa con todo o gran parte del currículo suspendido con la esperanza de que salgan del sistema educativo lo más pronto posible. Tal situación permite cocinar resultados de cara a futuras estadísticas, pero deja a los padres al albur del discurrir de sus hijos.

Sin embargo, el melancólico mantra de los políticos sigue diciendo que se trata de la generación mejor preparada de la historia. Y a ello se añaden las nuevas ideas del estamento didáctico, psicopedagogos y otros agentes: ante la absoluta ineficacia del estudiantado pretenden crear conocimiento suprimiendo las asignaturas y enseñando por proyectos, esto es, investigando en grupo acerca de un tema concreto. Por ejemplo, Francia: historia, geografía, matemáticas (dimensiones, kilómetros, distancias, altura de la torre Eiffel), lengua, deportistas, química (Lavoisier), etc.

Semejante pedagogía descansa en varias cuestiones que conviene aclarar:

  1. Cree que el saber humano se logra a través de la colaboración sistémica entre gente desigual, esto es, ignora que hay personas con altas capacidades y otras que no poseen esos dones, con lo que las homogeniza a todas. Obviamente en la creación del grupo de trabajo hay una responsabilidad crucial, por eso se mezclan alumnos de diversas tipologías: uno bueno, dos medianos, otro rezagado y algún problemático. Se supone que la bondad de los primeros hará que los últimos se estimulen, además no los vamos a dejar clavados en una silla: tendrán que rotar por el aula y hasta levantarse y acudir a otras clases para recabar datos, un mapa, un rotulador, etc. Así se evita la tensión y el estrés que supuestamente genera estar atendo y sentado unos cincuenta minutos (lo que viene siendo una clase en secundaria) frente a un profesor.
  2. Cree que el saber humano no depende del estudio particular, conciso y constante, sino de un colaboracionismo desigual, por no decir antagónico.
  3. Cree que la estimulación para el estudio surge por el interés hacia un tema concreto e ignora que la secundaria supone un menú de asignaturas básicas a través del que los alumnos llegan adquirir algún tipo de vínculo, escogiendo unas u otras disciplinas para proyectar su futuro en virtud de sus gustos, intereses o alicientes.
  4. Destruye cualquier tipo de valoración objetiva, convirtiendo el modelo evaluativo en una especie de apreciación subjetiva generalizada y extendiendo los valores a todos los miembros más o menos por igual, salvo excepciones.
  5. Depende de la motivación e interés de los alumnos, a los que asigna por igual tales circunstancias, ignorando que esa es una de las grandes complicaciones de la educación secundaria. Ni siquiera en un grupo cohesionado con alumnos de alta capacidad y fuerte motivación esta pedagogía podría dar resultados apreciables, dado que las aportaciones de cada individuo dependen de la aceptación del grupo, subsumiendo los efectos en una especie de rol asambleario que ignora lo individual para distinguir únicamente los logros grupales, si los hubiera.
  6. Tal sistema pedagógico rechaza, lógicamente, los resultados personales, con lo que hiere de muerte la motivación de los alumnos (siempre habrá alguien que haga las cosas, no yo, para qué), por eso es coherente con el sistema de notas que antes presentábamos, cuantos menos detalles mejor, al fin y al cabo, se trata de llegar al apto o al no apto. De ahí el rechazo a los matices, a los decimales, y el amor al brochazo.
  7. Por otra parte, los no aptos, con la enseñanza por proyectos, desaparecen necesariamente, quedando no ya rezagados, sino encargados por el grupo de tareas subsidiarias y hasta vicarias: buscar una web, realización de portadas, paginación, etc. No obstante, la nota, como el paraguas pedagógico del buenismo más amable, los acoge sin menoscabo: pertenecen al grupo, luego han colaborado, luego aprueban.

Semejantes circunstancias ya están dando fruto: no hay médicos, no hay jueces y los profesores carecen de conocimientos.

Lídia Llagosta Puigfrents


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