El último viaje del Tramvia Blau o cómo en Barcelona desaparece todo lo que mola

Hace unos años escribí con otra persona un par de libros dedicados a bares curiosos de Barcelona, en los que contábamos nuestras experiencias en bares desubicados en la modernidad a la que nos conducían – y nos conducen – los diferentes mandamases de la ciudad.

Mucho local de barrio, de esos que años ha ganaban más dinero vendiendo casetes de Los Chichos en el expositor situado al lado de la máquina de tabaco, que con los cubatas de ginebra ‘nacional’, un eufemismo de marcas desconocidas, y que era mejor no conocerlas. Bares con fondo musical de jilgueros o canarios, o con pósters descoloridos de un equipo de provincias que consiguió su primer (y último) ascenso a Primera.

Una Barcelona que poco a pocos se nos ha ido muriendo y cuyos bares han sido sustituida por sandwicherías con productos irreconocibles para las generaciones pre baby-boom o hamburgueserías en las que por un par de bocadillos de nombre rimbombante y cuatro patatas fritas pagas más que por aquellas sesiones gloriosas de pulpo y lacón en cualquier mesón gallego.

Las cuatro bodegas con ‘sabor’ que quedan se van convirtiendo en refugio de modernos que a cambio de disfrutar del placer del falso ‘vintage’ rodeados de barricas de madera les meten unas clavadas considerables por unas anchoas con denominación de origen y un vermú de barrica. Una Barcelona en la que ya no cabe ni ‘La Maña’, que se retiró estas Navidades de los escenarios, ni ninguna ‘vedette’ que la sustituya, porque el teatro musical popular ha sido sustituido por los grandes musicales de gran presupuesto y grandes repartos.

Una Barcelona en la que ya no tiene sitio ni el Tramvia Blau, una antigualla cara, incómoda y que solo servía para que los turistas subieran al Tibidabo en un vehículo de inicios del siglo XX, pero que era casi inviable que un barcelonés con sentido común lo usará. ¿Por qué pagar 5,50 euros por un viaje de diez minutos cuando para subir al Mirablau hay un autobús en el que puedes usar la T-10 o cualquier otro título de transporte?

Por esa misma causa he esperado casi veinticinco años en montarme en el Tramvia Blau. Cuándo paseaba por Avenida del Tibidabo lo veía y me decía a mi mismo el “tengo que subir, ha de ser chulo”. Pero los casi diez euros que costaba subir y bajar da para un generoso aperitivo en los bares de barrios que no han sucumbido a la modernidad, y así semana tras semana esta visita se fue postergando. Pero me gustaba verlo ahí, subiendo al Tibidabo, obsoleto y entrañable, recordándonos que la ciudad tuvo un pasado, y que hay algo más que el futuro que los sucesivos gobiernos municipales ya han decidido para nosotros.

Hasta que Ada Colau, no voy a discutir los criterios técnicos, porque igual son acertados y todo, anunció hace unas semanas que el 28 de enero y hasta nueva orden – que puede ser que no llegue nunca – el Tramvia Blau dejaría de funcionar “para la renovación integral de esta infraestructura”. Como en mi vida todo es un caos, llegó el día 28 y servidor no había pagado esta deuda conmigo mismo.

Al final, cogí el antepenúltimo y el último tranvía del último día para despedirme de otra de esas antiguallas entrañables de Barcelona. A fin de cuentas, yo también soy otra antigualla que acabará apartada de esta corriente de modernidad sin fin en la que está inmersa la capital catalana. Y es que no tengo sitio en una ciudad en la que unos posmodernos encapuchados rompen a martillazos los vidrios de un periódico digital (Crónica Global), u otros pinchan ruedas de autobuses turísticos tras una campaña de desprestigio contra los visitantes del propio gobierno municipal. No los entiendo, ni los entenderé ni quiero entenderlos.

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