Compraventa, permuta, mandato y gestión de negocios ajenos son las materias que regula el Libro del Código Civil de Cataluña (llamarlo Código Civil es algo ya «viejo», adoptado en la línea de concebir «estructuras de Estado») que ha sido validado por el Tribunal Constitucional (que lo haga o no por unanimidad no tiene el menor efecto jurídico).
Discrepancias constitucionales aparte, que merecerían un análisis detallado acerca de qué significa el art.149.1.8 cuando dispone que es competencia exclusiva del Estado la «legislación civil, sin perjuicio de la conservación, modificación y desarrollo por las Comunidades Autónomas de los derechos civiles, forales o especiales, allí donde existan. En todo caso, las reglas relativas a la aplicación y eficacia de las normas jurídicas, relaciones jurídico-civiles relativas a las formas de matrimonio, ordenación de los registros e instrumentos públicos, bases de las obligaciones contractuales, normas para resolver los conflictos de leyes y determinación de las fuentes del derecho, con respeto, en este último caso, a las normas de derecho foral o especial«, lo que quiero destacar es el hecho de que el TC no se sitúa en el marco del Derecho de la UE cuando analiza normas que pueden incidir y, de hecho, inciden directamente, en los derechos de ciudadanía europea, sobre todo en cuanto a la libre circulación de personas, mercancías y capitales.
Lejos de tender hacia la armonización, útil y necesaria que, en la Europa actual, impondría un acercamiento cada vez mayor de las legislaciones de los Estados miembros sobre los contratos regulados en esa nueva versión del «Código Civil» que ha sido validado, lo que se ha ratificado con la sentencia son los obstáculos a que una Europa cada vez más unida pueda operar positivamente en el marco de una globalización en la que, con la dispersión normativa, seremos cada vez menos competitivos. El principio de unidad de mercado y la libre circulación tienen, con este sentencia, una nueva barricada, fabricada desde un tribunal español, que no se cubre precisamente de gloria cuando no entiende el devenir del mundo.
Menos Madrid versus Barcelona y más Bruselas, es lo que necesitamos hoy mismo, cuando el Parlamento Europeo acaba de dar luz verde a la nueva Comisión Europea.
Teresa Freixes
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