Viniendo de un periodo de calor que parecía que no tenía fin, hemos pasado a una nueva fase climática que parece de pura tropicalización. Lo que vemos a diario, con agua corriendo por poblaciones y ríos desbordados, se parece mucho a lo que hasta hace nada veíamos en documentales haciendo referencia a países acostumbrados a meses al año con lluvias continuas y adversidades atmosféricas.
En la actualidad, con unas lluvias que acumulan la friolera de 500 l/m2 en algunas zonas y lloviendo sin parar sobre mojado, ha habido un giro de 180º y tenemos incrementos en la capacidad de los pantanos y embalses del orden del 8% de una semana para otra. Parece que la sequía está en vías de dar paso a momentos con el suelo plenamente empapado y sin capacidad de más absorción de agua de lluvia.
Por eso, y teniendo muy en cuenta lo nefasto que es el Gobierno que nos administra, el peligro de que los embalses nos den un susto no parece descartable. La dejadez gubernamental ya la hemos vivido con otras infraestructuras, nada mejor que ver el estado del abandono ministerial del sistema ferroviario español, pero, a pesar del drama que supone en vidas y dificultades en la movilidad, el tema del agua nos puede dejar pálidos si la cosa no cambia y las tormentas siguen haciendo el recorrido que ha colapsado de agua muchas poblaciones y provincias españolas.
Mis dudas se sustentan en una conversación que mantuve este pasado verano, en la población turolense en la que paso mis vacaciones, referida al embalse que tenemos al lado. Uno de los más importantes de la provincia y que suele mantener un buen nivel medio de agua embalsada a lo largo del año. Me comentaba un vecino, recientemente jubilado y exempleado de la presa, que era horrendo el nivel de mantenimiento y de preocupación por el estado del equipamiento que no se ve desde fuera. Nos alertaba nuestro vecino, con un grado de incertidumbre que generaba cierto miedo, que parecía todo cogido con pinzas, que las jubilaciones no se reponen y que, como no pasaba nada ni era noticia, pues a vivir que son dos días.
A la vuelta a casa, tras la interesante conversación, uno empieza a analizar las posibles consecuencias de un reventón o un problema serio en la presa, consciente de la sensación de abandono y las consecuencias conocidas que hemos visto con una red ferroviaria carente de mantenimiento y cuidado. Dicha red, que hace nada era superguay y de la que alardeaba nuestro ministro tuitero con la posibilidad de incremento en la velocidad, ya nos ha roto el corazón, demostrando que viven de la publicidad engañosa y electoralista de un sanchismo que ya lleva demasiado tiempo rompiéndolo todo.
El dolor que ha ocasionado, con visos de que puede tener mucho que ver con las consecuencias derivadas de la negligencia, puede verse diluido si pasamos a otro nivel de desgracia metiendo en liza a los embalses. Con éstos olvidados, sin fotos e inauguraciones que los hagan noticiables –menos mal que las hubo el siglo pasado-, y sin importar en absoluto su cuidado diario, la tensión de la cuerda puede estar en niveles alarmantes. Ojalá me equivoque.
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