Trampa a la vista 

Quisiera escribir y aplicar mi mediana capacidad reflexiva a cualquier otra cosa. Pero ahí está, insistente, obsesiva, la realidad política que se impone con su crudeza, su tozudez, su resistencia a ser analizada. El ejercicio de la razón tiene su ritmo, sus reglas en busca de cohesión y coherencia. El ritmo de los acontecimientos es otro, sigue otras reglas que apenas podemos captar y comprender porque no responden a la misma lógica, sino a esa otra invisible, inaprensible que es “la fuerza de los hechos”.

Dicho de otro modo: la fuerza de la realidad. Tan despreciada, tan arrinconada, tan ignorada, sin embargo, ahí está, imponiendo a todo lo demás la consistencia de su propia materialidad, su dinámica interna, algo así como el movimiento de las placas tectónicas, sometidas al empuje del magma en combustión, ese fuego que late en el corazón de la Tierra.

Que la realidad, al ofrecer su resistencia, se haya convertido en nuestra última esperanza, en salvaguarda de lo más valioso que tenemos, la unidad y la convivencia, no debe hacernos olvidar hasta qué punto es frágil el equilibrio y la cohesión social, el orden y la integración que un sistema democrático como el nuestro logra establecer.

En contra de lo que se está diciendo estos días, si logramos superar este momento de crisis profunda, no será por obra y gracia y decisión de nuestros gobernantes, sino a pesar de todo lo que han hecho y siguen haciendo. Me refiero a lo que podríamos llamar “efecto de realidad”, que poco tiene que ver con la voluntad y la intervención de nuestros responsables políticos. Ni Rajoy, ni Sánchez, ni Rivera (y no digamos Iglesias) han actuado con la claridad, la determinación y la responsabilidad que la situación pedía desde hace años, y me refiero, claro está, a la previsible evolución del proceso independentista catalán con las consecuencias que han afectado tan negativamente a toda España.

Dos factores han sido determinantes para que esa realidad impusiera un momento de cordura y pausa en el proceso de desmoronamiento del Estado y la convivencia en que todavía estamos sumergidos: el instinto de supervivencia de las empresas que viven del mercado, y la reacción espontanea de millones de españoles que han hecho resurgir el sentimiento nacional, superando el complejo franquista y la intimidación impuesta por los nacionalismos independentistas. Las decisiones de Rajoy nada han tenido que ver en la aparición de estos hechos. Al contrario, han sido también causa de su desarrollo.

Conviene tener esto en cuenta para no sacar falsas conclusiones: ni los empresarios se ha vuelto de pronto antiindependentistas (siguen siendo lo que eran, y nunca se han destacado precisamente por tener un compromiso claro y democrático contra del independentismo), ni los millones de españoles que gritan “España unida, jamás será vencida”, al mismo tiempo que “Puigdemont a prisión” (para cabreo del Borrell), son incondicionales de Rajoy, Sánchez o Rivera, quienes de modo descarado están tratando de aprovecharse de la ola de protesta y cabreo contenido que recorre toda España.

Nada sería más peligroso que esta crisis se cerrara en falso, con apaños, componendas, trampas y engaños, todo para posponer los verdaderos problemas que nos han llevado hasta aquí. No vemos a ninguno de estos dirigentes con capacidad ni voluntad para encarar las causas, las claudicaciones, la dejación de funciones y responsabilidades, la aceptación de desigualdades intolerables, el abandono de la defensa de la lengua común, de la historia común, del respeto a la verdad en los medios de comunicación, de lucha contra el supremacismo y la propaganda antiespañola, la utilización de la escuela como fábrica de independentistas, etc.

Es necesaria una profunda reforma del Estado y una nueva distribución del poder y las competencias de los distintos niveles administrativos, estableciendo un Estado único y descentralizado, que ponga fin a la actual dualidad (Estado central/Estado autonómico), que no ha servido más que para consagrar desigualdades, mantener y aumentar privilegios, desmoronar el sentimiento de unidad, crear una burocracia asfixiante, despilfarrar recursos públicos, estimular deslealtades y alimentar caciquismos de origen medieval.

Si no se aborda esto, si la reforma constitucional que pedristas y sorayistas y riveristas nos proponen, va en sentido contrario (“blindar competencias”, “reconocer hechos diferenciales”, “plurinacionalizar España”…), pronto volveremos a las andadas, a las pisadas y pisoteadas y manoseadas consignas y monsergas y trampas y engaños con que se pretenderá que esos millones de españoles hoy alarmados, acaben aceptando la consagración de privilegios; que los disgregadores, los cazafortunas territoriales, los embucadores de masas (esos que provisionalmente han  sido “derrotados”), vuelvan a la carga, a la crispación, al desasasiego del que todavía no hemos salido.

Y una última reflexión: ¿quién se hará responsable de tanto sufrimiento, de tanto dinero dilapidado, de tantas horas y días y años dedicados a apaciguar y transigir y envalentonar así a los antidemócratas, a los oportunistas, a los provocadores, que nos han metido en este agujero, del que sólo con mucho esfuerzo podremos salir? Pongan todo esto en la cuenta de los Marianos, Pedros, Albertos y Pablos, y no sólo en la de todos los Puigdemones y Junqueras que por Cataluña son y han sido y vivido (y muy bien) de este cuento, al que sólo la realidad ha puesto, de momento, freno.

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