Tabarnia o el fin del ‘apartheid’. Un análisis de Pau Guix

Recogen los periódicos que este martes 6 de febrero, en el Congreso de los Diputados, el jefe de los rufianes y otros especímenes de buen vivir a costa del erario público, Joan Tardà, ha comparado a la justicia española con la del apartheid sudafricano “por su crueldad” y ha denunciado “el abuso de poder” del Estado, que ha actuado en Cataluña “con violencia” y que alimenta el “prejuicio anticatalán”. Tardà, en su demente y cansina defensa de los políticos presos ─valga el orden de los vocablos─, ha tratado de equiparar al extinto régimen totalitario sudafricano con el régimen democrático español ya “que condenó a cadena perpetua a Nelson Mandela”. Sin embargo, esta actitud tardaniense no es nada nuevo, hace siglos que los humanos sabemos perfectamente que algunos a fuerza de decir necedades se las acaban creyendo.

Recientemente oí reflexionar en voz alta a cierta persona, en referencia al Estado de las autonomías, que si hay tres Castillas ¿por qué no puede haber dos Cataluñas? Es decir, la Cataluña gerundense e ilerdense por un lado, mayoritariamente nacionalista, y la barcelonesa y tarraconense por otro, mayoritariamente catalana, española y europea, ergo Tabarnia. Pues precisamente ahí radica el problema, que esas dos Cataluñas ya existen y son irreconciliables, y una de ellas nos ha helado el corazón. Nos ha helado el corazón con su corrupción y su corruptela; nos ha helado el corazón con su desprecio del Estado de Derecho y de las sentencias de los tribunales; nos ha helado el corazón con su propaganda mediática institucional e institucionalizada; nos ha helado el corazón con el adoctrinamiento de nuestros hijos en la escuela; nos ha helado el corazón con su desprecio étnico constante hacia el resto de ciudadanos españoles que vinieron a dejar su sudor ─y también afortunadamente su sangre fuente de sano mestizaje─ en nuestra tierra; nos ha helado el corazón con su desdén y su ataque diglósico contra la lengua común de todos los españoles; nos ha helado el corazón con sus políticas lingüísticas y legislaciones varias destinadas a construir una identidad nacional exclusiva y excluyente; en definitiva, nos ha helado el corazón con su espíritu totalitario y su voluntad de construir un ─verdadero─ apartheid contra los que ellos consideran castellans y miembros del estat espanyol.

Y yo sí que uso con propiedad el concepto apartheid. Pero creo que a ese subespécimen rabioso de nacionalista catalán que podríamos catalogar perfectamente como homo tardaniensis ─ya que a ellos les gusta tanto hablar de razas imaginarias supongo que me permitirán a mí también hacerlo─ habría que recodarle con claridad algunos pasajes de Historia Contemporánea y la correcta definición de sus conceptos. Apartheid es un término en lengua afrikáans ─lengua germánica derivada del neerlandés medio hablada en Sudáfrica y Namibia─ que se traduce por “separación” y que se refiere a la segregación de tipo racial que el minoritario pero poderoso supremacismo blanco de los afrikaanders impuso en Sudáfrica entre 1948 (fecha de la victoria del Partido Nacional) y 1992 sobre la mayoritaria población de color. El apartheid se construyó como una sucesión a sabiendas y a conciencia de leyes injustas, arbitrarias, supremacistas, xenófobas y excluyentes en contra de la población negra, que no podía compartir el mismo espacio público que los blancos ni vivir en los mismos barrios ni estudiar en las mismas escuelas ni acudir a los mismos hospitales ni usar los mismos transportes públicos… No tenían derecho a voto ni legalmente estaban aceptados los matrimonios interraciales. Para la población negra todo era peor, escaso, inexistente… y, sobretodo, vejatorio y denigrante. Los afrikaanders instauraron, a lo largo de 4 interminables décadas, el supremacismo como ley, la segregación como medio de vida y el odio como motor social.

Pero el apartheid, como concepto descriptivo de usos legalizados de segregación racial, no sólo se limitó a Sudáfrica: en Alabama y otros estados norteamericanos existieron leyes raciales que obligaban a los negros, por ejemplo, a ceder el asiento a los blancos en el transporte público o a instituir escuelas segregadas de blancos y negros. Ese mismo odio racial, generado por leyes injustas, llevó a que un grupo de ciudadanos blancos ─encabezados por el Gobernador del Estado de Alabama George Wallace─ quisiera impedir que Vivian Malone Jones y James Hood pudieran estudiar en 1963 en la Universidad de Alabama en virtud de una sentencia de la Corte Suprema de los Estados Unidos de 1956 que condenaba el segregacionismo.

El Papa Pablo VI en su encíclica POPULORUM PROGRESSIO (1967) denunciaba que dos obstáculos se oponían a la formación de un mundo más justo y más estructurado dentro de una solidaridad universal: el nacionalismo y el racismo. Del nacionalismo afirma que “aísla los pueblos en contra de lo que es su verdadero bien. Sería particularmente nocivo allí en donde la debilidad de las economías nacionales exige, por el contrario, la puesta en común de los esfuerzos, de los conocimientos y de los medios financieros para realizar los programas de desarrollo e incrementar los intercambios comerciales y culturales” (62). Y del racismo asevera que “es un obstáculo a la colaboración entre naciones menos favorecidas y un fermento de división y de odio en el seno mismo de los Estados cuando, con menosprecio de los derechos imprescriptibles de la persona humana, individuos y familias se ven injustamente sometidos a un régimen de excepción por razón de su raza o de su color” (63). Creo que queda más que patente que racismo y nacionalismo van siempre de la mano, que son las dos caras de una misma moneda y que, a pesar del paso de los años y de la evolución histórica, la definición sigue teniendo plena vigencia aunque trate de ocultarse bajo formas pseudodemocráticas como en la Cataluña nacionalseparatista.

Pero, ¿qué tiene todo esto que ver con nosotros? Todo y nada.

Todo porque en Cataluña el nacionalismo y su apartheid nos ha aislado a los catalanes en contra de nuestro verdadero bien, nosotros mismos: nos ha negado el uso institucional y administrativo de una de nuestras dos lenguas oficiales; nos ha privado de la veracidad informativa y de una cultura libre; nos ha robado nuestras empresas y ha malbaratado nuestra economía; ha destrozado nuestra sanidad; ha puesto en peligro nuestras pensiones; ha puesto en riesgo los valores educativos mediante su sometimiento a la ideología y la imposición de la inmersión lingüística; ha abandonado la construcción de infraestructuras necesarias para mantener e incentivar el desarrollo económico de nuestra región; ha promulgado leyes discriminatorias e identitarias que atentan contra los derechos de los ciudadanos que no pensamos como ellos; en definitiva, porque el nacionalismo ha tratado de imponer mediante la ingeniería social ─usando nuestro propio dinero para ello─ un apartheid de barretina, un verdadero régimen totalitario y legalizado de excepción social, cultural y lingüístico contra el concepto de España y la lengua común de todos los españoles.

Nada porque muchos catalanes ya no queremos vivir en esa región catalana ─antaño dinámica, integradora, respetuosa y productiva pero hoy por el peso del nacionalismo cansada─ y preferimos vivir en otra comunidad autónoma de España ─Tabarnia─ en donde se garantice que todo se regirá bajo el imperio de la ley; donde prime la libertad, el respeto, la pluralidad, el bilingüismo real y efectivo; donde la educación se entienda como valor y no como herramienta política, y los medios de comunicación como proveedores de información y no como transmisores de ideología, victimismo y cizaña; una región donde los creyentes puedan asistir a los oficios en beneficio de su alma y no a misas amarillas con oraciones por los presos y sermones del odio ─Pablo Planas dixit─; en definitiva, muchos catalanes queremos vivir en una nueva comunidad donde nadie nos imponga leyes discriminatorias ni quiera robarnos nuestra identidad ni ninguna de nuestras lenguas, y donde nadie dude que pertenece a España. Porque Tabarnia no es sólo la deconstrucción del esperpento nacionalista, no es sólo la reducción al absurdo del absurdo separatista: Tabarnia es el anhelo de libertad e igualdad que 40 años de nacionalismo institucional nos han robado.

Si conceptos totalitarios como el fascismo o el nacionalismo se curan leyendo y otros como el racismo se curan viajando, algunos nacionalistas ─que en sus futuros viajes de Cataluña a Tabarnia para visitar a la familia que allí haya quedado─ deberán hacer, a modo terapéutico, acopio de ensayos y novelas para el tren; e incluso, con el paso del tiempo, en un estadio más avanzado, deberán revisar su propia conciencia, a modo de medicina liberadora de endorfinas de seny que conlleven finalmente la ineluctable aceptación de la pluralidad emanada de la fehaciente realidad en sustitución del odio xenófobo surgido del sueño oscuro de la nació.

Mandela afirmó: “En el curso de mi vida me he dedicado a la lucha del pueblo africano. He combatido la dominación blanca y he combatido la dominación negra. He promovido el ideal de una sociedad democrática y libre en la cual todas las personas puedan vivir en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir, hasta lograrlo”. Y ese es, ni más ni menos, el espíritu de Tabarnia, que tantos catalanes y españoles comparten, porque Tabarnia representa el anhelo último de libertad de muchos catalanes que han vivido 40 años bajo el yugo del nacionalismo y han dicho ¡basta¡, porque Tabarnia es el fin del apartheid nacionalista catalán y de su execrable y ominoso modelo de sociedad étnica, clasista, corrupta, diglósica y adoctrinada.

Los versos finales del poema Invictus, del poeta inglés William Ernest Henley, que Mandela tenía escrito en una hoja de papel y que conservó durante su cautiverio, rezaban: “Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”. Los catalanes de seny también lo somos y por eso seremos Tabarnia; porque en la Cataluña del apartheid, Tabarnia es el único faro que emite la luz de la libertad que tantos ciudadanos anhelan, es el resplandor que acabará con la oscuridad del totalitarismo nacionalista, es el bien que acabará con el monstruo separatista destructor de la razón y es el marco que finalmente nos permitirá vivir bajo los auspicios de ese espíritu de libertad e igualdad que mostramos muchos catalanes el histórico 8 de octubre de 2017.

Y ese espíritu de libres e iguales será el que guíe la rosa de los vientos en Tabarnia desde ahora y para siempre, dejando paso el vetusto homo tardaniensis al evolucionado homo tabarniensis.

Pau Guix. 9 de febrero de 2018

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