Hace casi seis siglos un estudiante italiano, cuyo nombre ignoro, encontró en Constantinopla, ahora llamada Estambul, un códice con varios textos, uno de ellos dirigido a un tal Diogneto.
Parece que fue redactado entre los años 120 y 210 de nuestra era, pero se desconoce el autor. Es una pieza breve y brillante de la literatura griega cristiana. A Diogneto se le recomienda descartar el hábito mental que extravía y desprenderse de opiniones preconcebidas.
La epístola a Diogneto sostiene que los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres: “No residen en alguna parte en ciudades suyas propias, ni usan una lengua distinta”.
“Residen en sus propios países, pero solo como transeúntes; comparten lo que les corresponde en todas las cosas como ciudadanos, y soportan todas las opresiones como los forasteros”. Tienen su morada en el mundo, y aun así no son del mundo. Con este desapego no eran nacionalistas. “Los que los aborrecen no pueden dar razón de su hostilidad”.
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