Fiodor Dostoyevski (1821-1881) es uno de los más grandes escritores de la literatura universal. Creía que cuanto más aprecie el pueblo a ‘los individuos de cultura’ tanto más real será su educación y mejor actuará ésta en la vida de los hombres y los pueblos. En 1848 escribió la novela corta Noches blancas que trata del amor que se pierde cuando creemos haberlo encontrado.
Luchino Visconti hizo en 1957 una muy bella y triste versión cinematográfica. Hace unos días, mi hijo mayor (llamado Miquel, escritor y guionista de cine) me puso desde París en la pista de algo que yo no recordaba en absoluto. Tiene un extraño interés. Vean.
Recorriendo San Petersburgo, el protagonista de Noches blancas encuentra una casita encantadora de color rosa, que le miraba, dice, con mucho afecto y orgullosa de su belleza, a él se le reía el corazón cuando pasaba por delante de ella. Cuenta que un día le oyó quejarse: ‘¡Que me han pintado de amarillo! ¡Qué bárbaros! ¡Qué perversos! ¡No respetan nada! ¡Ni las columnas ni las cornisas!’.
El alter ego de Dostoyevski sostiene que la casa estaba amarilla. Y que a punto estuvo de coger la ictericia, y que hasta hace dos días no se sintió “con valor para ver de nuevo a mi pobre amiguita, a la que los muy desalmados han puesto del color del Imperio Celeste”. Ironías risueñas de la vida pre procés. Es una lectura inspiradora.

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