Small data

Me llega un anuncio ofreciéndome un curso para convertirme en “citizen data scientist”, un experto en “datos ciudadanos”. Es posible que este reclamo haya salido de uno de esos programadores del “big data”, los que trafican con nuestros datos y que, al parecer, es un suculento negocio. Conmigo, la verdad, pierden patéticamente el tiempo, porque soy para la publicidad como una piedra. Ya es hábito, no necesito esforzarme.

Basta que quieran venderme algo para que, como un autómata, lo rechace. Es como tratar de llamar la atención de una estatua poniéndose a hacer cabriolas delante de ella. Estos mercaderes, sin embargo, insisten, porque saben que, pese a todo, nadie controla las puertas de su inconsciente, nadie puede cerrarlas a cal y canto o piedra.

Me esfuerzo, en cambio, en recoger algún “small data”, pequeños datos, que son como la réplica a esa invasión de cifras y porcentajes que circulan por los medios con tanto desbarajuste como impunidad. Un solo dato, bien analizado, puede servir más que cientos de estadísticas utilizadas sin control ni sentido crítico.

La mayoría de los estudios cuantitativos son engañosos. Primero definen y deciden qué se quiere propagar o difundir, luego se busca la estadística que lo confirme; si no se encuentra, se manipulan y cocinan los resultados para que corroboren lo que se pretende.

Nos han convencido de que los números son la expresión máxima de la verdad y la objetividad. El número, el porcentaje, es el argumento supremo, el que marca el espacio de lo indiscutible e inapelable. Una décima arriba o abajo del PIB, puede marcar un cambio de rumbo del ciclo económico, ese monstruo gigantesco al que llamamos economía. Puro fetichismo. La realidad sometida al conjuro de los números.

La vida, sin embargo, está en otra parte, sigue otro ritmo: el que marca el dolor, la alegría, el miedo, la ansiedad, la humillación, la amistad, el disfrute y el sufrimiento cotidiano, el de millones de ciudadanos que vivimos influidos por leyes y normas que señalan nuestros derechos y obligaciones. Aquí es donde yo busco los small data significativos, los que sirven para entender esa realidad compartida, no para ocultarla o tergiversarla.

Pondré un solo ejemplo. Según el informe PISA, en Cataluña, el fracaso escolar de los niños hispanohablantes es el doble que el de los catalanohablantes y, en general, un 50% superior al de los alumnos de Aragón o Madrid. Analicen el dato, por favor, vayan un poquito más allá de la estadística.

¿Por qué se produce esta enorme diferencia? A cualquiera se le ocurren dos causas: la barrera lingüística y la condición económica. Que a un niño le impongan la sumersión en catalán, dificultando su aprendizaje (lo que no le pasa a un catalanohablante) y que sus padres sean obreros o trabajadores, debe influir decisivamente.

Doble discriminación. La lengua como el instrumento más eficaz para mantener la distinción de clases. Las élites catalanohablantes tienen asegurada su continuidad. Vean el porcentaje (otro small data) de apellidos de origen catalán en su Parlamento.

La inmersión, por tanto, es pura segregación y mantenimiento del objetivo fundamental: hacer posible la reproducción de esa barrera entre dos mundos, el de los catalanes “de verdad” y los otros, los que doblan la cerviz, o sea, los que necesitan reconocer la superioridad que otorga el apellido y la lengua “del país” para “integrarse” (el español, lengua impropia, aunque ya Boscán escribiera en castellano; lo hizo, al parecer, “a punta de espada”). Que la izquierda se haya prestado a este sucio trabajo, vendiéndolo como un éxito, instrumento indispensable para lograr la cohesión social, es puro cinismo, una muestra más de lo que es, el caballo de Troya del independentismo.

Nunca ha estado Cataluña más dividida y enfrentada. De poco sirve el repetir que no hay en el mundo un sistema educativo semejante, cuyo fin principal es promover la aculturación de los hispanohablantes y sembrar en su mente y su alma el desprecio a su propia lengua y a todo lo español. En Finlandia, que es el país con el modelo educativo de mayor éxito del mundo, existe una doble red escolar, la que se imparte en finés y en sueco.

En Cataluña, en cambio, no existe un solo colegio público en el que se pueda estudiar en español, la lengua oficial de toda España, también de Cataluña. Puede usted encontrar colegios subvencionados en inglés o alemán, pero no es español. Tendrá que irse a Andorra, donde hay tres. Y lo peor: ni el PP, ni Cs se atreven a desmantelar este perverso sistema. Va a resultar que esto de la derecha une mucho más que separa, tanto como el nacionalismo, que ha acabado haciendo desaparecer a la izquierda oficial en Cataluña.

Santiago Trancón Pérez es uno de los fundadores de dCIDE.

 

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