El principal objetivo del Espanyol como club es existir. Sobrevivir y molestar al Barça. Porque el pensamiento único deportivo azulgrana se ha cargado el deporte catalán y lo ha convertido en un monocultivo culé. Sobre todo, en fútbol. Ni el Europa, ni el Sant Andreu, ni el Girona – ya le llegarán las vacas flacas –, ni el Lleida, ni el Sabadell ni ningún otro equipo ha resistido.
El fútbol catalán de elite se ha convertido en el equipo de la antigua Avenida de la División Azul (repasen los callejeros de los 70s y descubrirán que esta calle rodeaba al Camp Nou), con un apéndice que resiste, y que ha resistido todos los intentos de mandarnos al infierno del fútbol profesional: el RCD Espanyol.
TV3, El Mundo Deportivo, Sport, Catalunya Ràdio, La Vanguardia, El Periódico y el resto de grandes medios catalanes consideran al Espanyol una anomalía porque no nos hemos rendido desde hace 125 años y no rendimos pleitesía al Gran Equipo Nacional Azulgrana, el único que reparte a placer carnets de buenos y malos catalanes.
Durante nuestras dos recientes estancias en Segunda la gran mayoría de los grandes medios catalanes nos despreciaron, y usaron nuestra estancia en Segunda para intentar asesinarnos mediáticamente. Y disfrutaron reduciendo la información perica a la mínima expresión.
Nada que nos pueda sorprender, porque la historia viene de viejo. Siempre hemos sido los despreciados, los que no merecemos portadas, los que tenemos que mendigar unos minutos de radio o una página en el interior de la sección. Los poderes comunicativos catalanes han pasado de puntillas durante años de la condición del mítico 23 perico, Raúl Tamudo, como el máximo goleador catalán en la historia de la Liga.
Pasarán los años, Lewandoski se dedicará a anunciar yogures bio, Laporta seguirá arrasando los bufets de los hoteles y nosotros gritaremos «somos pericos, la mejor gente que hay». Y seguiremos molestando y disfrutando sabiendo que el mero hecho de seguir vivos es nuestra gran victoria.
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