El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, ha dejado claro desde el primer día cuál es su camino: pactar con Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Si no fuera por la crisis interna que atraviesa el partido de Junqueras, el gobierno municipal ya tendría tenientes de alcalde de la formación independentista.
La política lingüística de Collboni es un espejo del separatismo catalán más radical. El socialismo barcelonés está utilizando el idioma como una herramienta de exclusión y purga en el ámbito municipal. El alcalde ha llegado al extremo de despedir a trabajadores por no acreditar un nivel avanzado de catalán. Entre los afectados se encuentran empleados de la limpieza, un clarinetista y hasta su cocinero personal. Una muestra del fanatismo que impera en el consistorio.
La persecución del castellano en el espacio público es sistemática. La inmensa mayoría de carteles, señales y rótulos municipales de Barcelona están solo en catalán. La cerrazón lingüística alcanza niveles absurdos. El Ayuntamiento ha llegado a colocar carteles informativos en catalán, urdú, tagalo y árabe, omitiendo deliberadamente el español, que es lengua oficial y mayoritaria de muchos ciudadanos.
Collboni forma parte de esa facción del socialismo que ha adoptado el discurso polarizador del sanchismo. No dudan en calificar a la oposición de «derecha extrema y extrema derecha» para deslegitimarla. Es el mismo socialismo que aplaude los pactos con Bildu en Madrid, ignorando el historial de la formación abertzale. Es una muestra de que el fin justifica cualquier medio para mantenerse en el poder.
En definitiva, Collboni representa a la perfección la alianza estratégica tejida entre el PSOE y ERC. Una colaboración que abarca desde el poder local en Barcelona hasta la gobernabilidad en el Congreso de los Diputados.
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